La escritora Edurne Portela, en la pequeña localidad de Gredos donde reside desde 2019.

«El silencio es otra forma de violencia sobre las víctimas que no han obtenido reparación»

Tras novelar sobre la violencia terrorista y la de género, explora el alcance de las heridas de la Guerra Civil aún abiertas y su dolorosa herencia

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCI Madrid

Con misterios, recuerdos, olvidos y muchos silencios ha construido Edurne Portela (Santurce, 47 años) 'Los ojos cerrados' (Galaxia Gutenberg). Tras explorar la violencia terrorista y la de género, novela ahora sobre las heridas mal curadas de la Guerra Civil en el imaginario Pueblo Chico, donde se cruzan el presente y el pasado a través de las historias del viejo Pedro y de Ariadna. La articulista de este periódico habla de la violencia de los gestos, del desprecio y del silencio. Pero también de la generosidad y la capacidad de cuidar del otro.

-¿El silencio puede ser una forma de violencia?

-Es un arma de doble filo. A veces es la única forma de encontrar una convivencia. Otras, una forma de violencia sobre las víctimas, una revictimización de quienes no ven reconocido su daño y se ven más aislados. Tiene un efecto retraumatizante.

-¿Cerrar los ojos acentúa el silencio, como sugiere el título?

-Suele ser un acto voluntario para no ver lo que tienes delante. Si los cierras ante la violencia, la silencias. Y en la novela, en el sentido más metafórico, se cierran los ojos a una violencia que puede molestar en sí misma, pero que te obliga a actuar si la ves bien poniéndote del lado del verdugo o bien amparando a la víctima. El testigo de la violencia no se puede quedar al margen. La omisión es un posicionamiento.

-¿Enlaza esta con sus anteriores novelas sobre violencia terrorista y de género?

-Sí. Hay un hilo conductor que nace de una preocupación constante: entender cómo se generan las violencias, cómo se permiten y, sobre todo, cómo marcan al individuo y a la sociedad. Es un tema complejo y me siguen faltando respuestas. Me temo que será una indagación constante. Como profesora universitaria, ya investigaba diferentes manifestaciones del tema.

-¿La violencia habita en todos nosotros?

-Es parte de la condición humana. Hannah Arendt lo estudió en profundidad y decía que por mucho que queramos ver la violencia cómo monstruosa, en el fondo es muy humana. Actuamos con violencia porque, consciente o inconscientemente, queremos conseguir algo. Debemos aceptar que el ser humano es violento e intentar y ver cómo se puede paliar esa particularidad.

-¿La violencia es más dañina en un lugar como Pueblo Chico, que podría ser cualquier pueblo?

-No sé si es más dañina, pero está claro que se siente más. Y no porque las pequeñas comunidades sean peores o más malvadas. Huyo de la idea que tenemos de los pueblos como un infierno. También hay en ellos lazos de solidaridad y de cuidados muy fuertes, como se ve en la novela. Pero todo se sabe, y por eso es más difícil hablar de ello y reconocerlo. La violencia no se diluye. Se condensa y se intensifica.

-¿Haciendo más difícil el olvido y el perdón?

-Sí. Y más complejo. Se conocen los pasados de cada familia, quién estuvo implicado en qué, y por eso a veces el silencio es la única opción para lograr cierta convivencia. Eso no significa que sea bueno y necesario, pero es una salida frente a las historias cuyas heridas siguen muy abiertas. En las ciudades las cosas se diluyen, lo que no significa que la gente sufra menos.

-Hacer memoria, hablar, ¿palía los efectos de la violencia?

-Es sanador. Dicen que la memoria reabre heridas, pero lo que hace es remover culpabilidades y responsabilidades. Y eso es lo que da miedo de la memoria. Para quienes han sufrido un daño, sobre todo cuando hablamos de décadas, hacer memoria y visibilizar esos daños e injusticias tiene una función reparadora. Quizá para quienes la vivieron es demasiado tarde, y por eso algunas víctimas eligen el silencio por no poder afrontar tanto dolor. Pero si hablamos de segundas y terceras generaciones, la memoria de lo que pasaron los tuyos, relacionada con la historia y la recuperación de partes silenciadas, es fundamental. Y si nos metemos en el ámbito político, es necesaria para crear una memoria democrática.

-¿Siguen abiertas las heridas de la Guerra Civil?

-Sí. Es triste, y tiene que ver con esas memorias silenciadas. Se dice que se ha escrito mucho sobre la guerra, que hay muchas películas y seguimos hablando de ello. Pero toda una generación no tuvo la oportunidad de hacer pública la memoria privada de todo lo que sufrieron. Muchos no lo podrán contar. Se nos han ido y su memoria es irrecuperable. Quizá los hijos y nietos pueden rescatarla. Pero si la herida sigue abierta es porque no ha habido ningún intento de reparación para ellos. Sus hijos y nietos heredan ese agravio, sus memorias truncadas.

-¿Los estragos de la violencia se heredan?

-Sí. Hay muchos estudios sobre narrativa de memoria de segunda y tercera generación, sobre todo en el contexto del Holocausto. Las memorias truncadas y los silencios pasan de padres a hijos a través de narrativas incompletas y comportamientos traumáticos. Padres y madres que tuvieron experiencias terribles que cambiaron sus vidas y su carácter y que sus hijos maman. Heredamos sus silencios y montamos rompecabezas con rumores y recuerdos vagos. Las familias más activas, las que buscan los cadáveres de los suyos en cunetas o fosas comunes, sienten reparación cuando recuperan un pedacito de memoria, un objeto a partir del que pueden imaginar cómo fue su muerte, con quién estaba o cualquier cosa que reconstruya esa memoria significativa. Ahí han quedado muchas cosas sin resolver. Sabes que tus padres y tus abuelos sufrieron una violencia radical que acabó con sus vidas o las destrozó. Que no ha habido justicia, ni reparación ni verdad, y heredas esa condición. No quiere decir que seas víctima directa, pero padeces esa injusticia que sufrieron tus padres o tus abuelos. Ahí también hay una transmisión.

-La violencia se ceba con las mujeres. ¿Hace de su cuerpo una diana?

-Ocurre en todos los conflictos en los que la población civil sufre la violencia organizada o sistemática, como fue la represión franquista. El cuerpo de la mujer se convierte en ese espacio en el que proyectar el odio al enemigo, vengarse, humillarlo y castigarlo a través de la mujer que se atreve a tomar el espacio público y protestar contra esa fuerza.