Dokoupil, pintura al borde de lo imposible

A Jirí Georg Dokoupil (República Checa, 1954) le gusta sorprender de múltiples maneras: hablando un correcto español con cierto deje alemán y brasileño; desvelando su apego al archipiélago y, sobre todo, con su modo de entender el arte; un ejercicio arriesgado con el que rompe los límites de la pintura para expandirla por territorios inexplorados.

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA

La Fundación Canaria para el Desarrollo de la Pintura, en la calle Domingo J. Navarro de la capital grancanaria, expone su muestra Lara’s Bubbles, que reúne catorce cuadros de gran formato y un mural de 8 metros de alto pintados con pompas de jabón.

Este estilo de pintura es solo una de las 150 técnicas que ha ido desarrollando en una carrera en la que realizado todo tipo de obras con impresiones fotográficas, imágenes arrugadas, libros pintados, leche materna, neumáticos, espuma, su propia saliva o humo de velas. «Lo que tienen en común las series es que no tienen nada en común. Desde el principio he intentado que no haya un hilo rojo», dice este artista al que solo se le puede etiquetar como postconceptual. «Estoy convencido de que si un artista encuentra un estilo que lo identifique, a partir de cierta cantidad de obra, el trabajo se vuelve invisible. Ya no se ve el arte, sino la marca del artista. Se produce un automatismo. Si vemos los cuadros de los clásicos del siglo del siglo XX, por ejemplo, un Léger, lo reconocemos rápidamente, pero ¿vemos el cuadro o vemos la marca?», comenta Dokoupil.

Ese asunto le preocupó desde sus comienzos en el arte. «En principio, todos los días, intentaba inventar un estilo diferente. Esa era mi meta. El problema de esto es que uno se vuelve totalmente invisible como artista. Es preferible trabajar en bloques. Podemos tomar la pintura con pompas de jabón como ejemplo: me interesan los caminos que son casi imposibles. Si es demasiado fácil, ya no me divierte. Tiene que ser algo único y difícil de hacer, porque así puedo investigar más. La burbuja es un proyecto casi imposible», cuenta este artista cuyas obras se incluyen en las colecciones del Centre Pompidou, en París; de la Nationalgalerie, de Berlín, o del Reina Sofía, en Madrid.

Llenar una pompa de jabón de diamantes artificiales que le den color, procurando que no se desplomen y que se repartan sobre la superficie con una especie de pegamento, es todo un reto en el que ha invertido 30 años. «Todos estos cuadros tienen un punto en común: están en los límites de lo posible», comenta el artista. «Si alguien hace 20 años me hubiera enseñado esta obra, -dice señalando uno de sus cuadros- no me lo hubiera creído. El principio de las pompas fue imposible. Era horrible. Un desastre continuo. Una chapuza. No había precedentes. Nadie lo había hecho», confiesa sobre un desafío que empezó en Tenerife en 1986, aunque en aquel entonces estaba centrado en otra de sus series más famosas, pinturas hechas con el humo de las velas.

Quizá, precisamente porque nadie como él sabe lo mucho que le ha costado pintarlo, el artista se queda asombrado mirando el mural de 8 metros de alto por cuatro de ancho que se despliega en el patio de la Fundación. «Se titula Diagonal Bubbles. Me recuerda una de las canciones más conocidas de Led Zeppelin, Stairway to Heaven», comenta sobre la pieza.

Pero, a pesar del hallazgo, sigue investigando y justamente es eso lo que le hace retomar esta serie. «Hay un cuadro pintado con jabón y cochinilla. El resto está hecho con diamantes artificiales que existen hace menos de 25 años. Se usan en la industria y en la cosmética. No conozco a nadie que pinte con ellos. Es difícil encontrar colores así. No se pueden comparar con nada. Eso es lo que me interesa mucho de esta pintura. Hacer algo donde no haya conexión con la historia del arte ni con nada», explica el artista que, sin embargo, juega a encontrar referentes en la historia del arte para sus composiciones. De hecho, dos de las obras expuestas están dedicadas al artista nipón de ukiyo-e (grabado japonés) Hokusai. Asimismo, reconoce que los creadores, sin quererlo, beben de sus predecesores. «Durante toda mi vida he querido usar eso o escapar, crear algo que no tenga referencias», comenta Dokoupil, que dedicó a finales de los 80 una serie a John Cage. «Era un monstruo, pero creo que todos los artistas postconceptuales estamos marcados por Duchamp. Intento evitarlo. Siempre estoy intentando hablar mal de Duchamp. Digo que era un artista muy malo, un idiota que no sabia pintar. Llevó el dadaísmo a lo más alto. Era un dadaísta. Cuando uno tiene un estilo desarrollado y pinta, está sometido a la esclavitud de la pintura. Él no quería ser esclavo de la pintura, se quería divertir. Evitaba estar sentado trabajando. Me imagino al pobrecito Dalí ahí con el pincel ocho horas al día y con ganas de pegarle un sartenazo. La pintura es esclavitud. No quiero ser un esclavo de la pintura. Cada cuadro tiene que ser un experimento», dice este contradictorio desertor y heredero de Duchamp que salta de la pintura a la fotografía pasando por la escultura o el arte objetual. «Eso de los soportes no es un problema. «En la Academia en Nueva York empecé como artista conceptual; mis profesores fueron Joseph Kosuth y Hans Haacke, y Walter De Maria era uno de mis héroes, pero yo imaginaba un objeto, una tela puesta en la pared y que todo el mundo lo reconocería como arte, y pensé: eso existe, es la pintura. Como artistas conceptuales, hemos llegado a enseñar un objeto que se parece mucho a la pintura pero que, en el fondo, no lo es. Es otro concepto de lo que es el pintor, por eso es tan diversa», comenta Dokoupil que también entiende sus composiciones como el registro de una acción y sus fotografías de instalaciones o acciones como una pintura. «Todo termina colgado en la pared. Incluso en el caso de los artistas más extremos, al final, todo termina plasmado en un documento de dos dimensiones. En última instancia, todo es pintura», sostiene el artista cuyas pinturas casi imposibles se podrán apreciar en la capital grancanaria hasta el 22 de noviembre.

El nomadismo estilístico y formal de Jirí Georg Dokoupil responde a una búsqueda personal más que a la necesidad de romper ciertos encorsetamientos. «La libertad está tan desvirtuada que prefiero usar la palabra emoción», explica acerca del impulso que lo hace cambiar de tercio en cada serie. Una circunstancia que, según cuenta, no fue muy bien entendida en la exposición que protagonizó en el año 2000 en el Reina Sofía. Bajo el título Dokoupil. Querido amante del arte, soy un artista centroeuropeo presentó 29 series muy dispares. «Ahora, si hago una exposición en un museo, intento reducirla a cinco series para evitar saltos. Pero pienso incluir más series porque hoy la gente, por el modo de informarse y de usar internet, está más preparada para ver muchas cosas distintas en poco tiempo».

Envuelto en la polémica.

También ahora los tinerfeños están más acostumbrados a enfrentarse a la polémica escultura de El muñeco de nieve de Dokoupil, situada en la rotonda de Los Majuelos, entre Santa Cruz y La Laguna. «Lo pasé bastante mal. Desde alguna radio y alguna televisión quisieron ayudarme, pero no lo consiguieron. La gente decía que era un muñeco de mierda. Todas las ideas buenas empiezan con una especie de chiste. ¿Qué es lo menos visto en las islas de la eterna primavera? Un muñeco de nieve. En el Teide quizás cabía, pero tenerlo al nivel del mar, es un chiste. Ahora alguien lo intenta quitar de allí y le matan. Todo el barrio se llama muñeco de nieve. Está entre los monumentos más feos del mundo, pero yo creo emociones. No me gustan los artistas modernos que ponen un palo en una rotonda», explica el creador que está preparando una obra pública para las Ramblas de Santa Cruz de Tenerife dedicada a Jacques-René Mesrine, un famoso y violento gánster francés, casado con una tinerfeña, que en sus memorias confesó que le gustaban tanto las Ramblas «que por eso decidió no robar ningún banco en Santa Cruz», explica el artista que con ese monumento quiere agradecer el gesto de no haber delinquido en la capital tinerfeña.

Dokoupil, que vivió en Tenerife en los años 90, está aquí y allá. En Río de Janeiro vive en una casa maravillosa que fue de Carmen Miranda; también reside en el centro de Praga y no puede desprenderse de su taller de Madrid, ciudad de la que dice estar enamorado. Su estudio más amplio lo tiene en Berlín. Además, tiene un taller vacacional en un ático en Las Canteras. «Me va bien. No me puedo quejar», dice este nómada contemporáneo.