Dolores Campos Herrero. / nacho gonzález

«La cicatriz es un trazo vigoroso que no se detiene ni siquiera al alcanzar la boca»

CANARIAS7 celebró el Día del Libro con un adelanto del primer capítulo de 'La ciudad de los hombres solos', novela inédita de la escritora y periodista Dolores Campos-Herrero.

DOLORES CAMPOS HERRERO

CANARIAS7 celebró el Día del Libro con un adelanto del primer capítulo de 'La ciudad de los hombres solos', novela inédita de la escritora y periodista Dolores Campos-Herrero, protagonista del Día de las Letras Canarias en 2022.

El volumen está previsto que vea la luz el próximo otoño, dentro de la Biblioteca Básica Canaria, que edita el Gobierno de Canarias. El extracto integra el capítulo titulado 'La cicatriz', que se enmarca en la primera parte, denominada 'No digas que los buenos mueren'. Así comienza:

La cicatriz comienza en el nacimiento del pelo y le atraviesa la cara de parte a parte.

Es recta, sin derivaciones ni rodeos.

Los días de frío deja de ser una simple señal fea para hacerse notar de forma abrumadora, hostil.

Entonces, aquella línea adquiere una tonalidad rosada y, sobre todo, duele; duele tanto que cualquiera sentiría ganas de desprenderla como una costra. De arrancarla como quien se quita una máscara en carnaval.

La cicatriz es un trazo vigoroso que no se detiene ni siquiera al alcanzar la boca.

Por el contrario, en la superficie de los labios forma una pequeña hendidura.

Por raro que parezca, el ojo ha quedado indemne. Aquel heroico superviviente y su compañero muestran una dulzura medrosa. Los ojos son pardos, con reflejos verdes y motitas de desconsuelo.

Aquel agosto tendría que haber quedado en su memoria como cualquiera de los que luego se recuerdan con agrado.

Se parecía a los días perfectos que imaginaba cuando atravesaba las calles en las que olía la sal de la playa y sentía la brisa del verano.

Había un cielo limpio y esa calma de una mañana con poco calor. Un paréntesis, tras meses de muchas tareas y agobio.

Y estaba aquel viento burlón, que jugueteaba sin furia con las platinas de caramelo.

¿Cuántos años tenía? Doce: lo recuerda perfectamente. Tenía doce años, cuatro semanas y dos días.

¿Podría acaso llegar a olvidarse algo así?

Probablemente tan solo ganando una nueva patria.

Un territorio que alcanzaría con un acto de conversión semejante al de muchos de sus héroes antiguos.

Abrazaría la locura como otros abrazaban la religión verdadera o una guerra justa.

Guerras justas eran todas las que emprendía el Capitán Trueno.

A los doce años le hubiera gustado parecerse al Capitán de mandíbulas más cuadradas del mundo; al trueno más estruendoso y afortunado.

Pero a los doce años, cuatro semanas y un día, a él aún le quedaban su Crispín privado, su Sigrid y su reino brumoso. Aquellos sueños de arena tan fáciles como la inocencia.

Era el final de las vacaciones y la mañana comenzó con ese rebullir nervioso de cuando hay que recogerlo todo. Con los gestos de los lunes o los martes más que de unas vacaciones. Con su padre bebiéndose deprisa el primer café; con los labios de sonreír de su madre, ligeramente fruncidos; con el sueño a prueba de cualquier ruido de su hermana; con su emoción y su impaciencia.

Más tarde, cuando cada cual ocupó su sitio en el automóvil ya ni se notaba que era domingo.

¿Iban cantando o es su memoria perversa la que se empeña en traerle el recuerdo de una familia feliz?

Puede que no cantara, pero en cualquier caso le sorprendió el grito de su madre y, después, el dolor, la sorpresa y el miedo. Todo mezclado.

Se despertó en una cama desconocida y estaba solo.