Montiel-Soto y su distopía tropical venezolana

Las palmeras, las aguas cristalinas, las playas vírgenes, la vegetación exuberante y el verano perpetuo contribuyen a la construcción de una utopía tropical. El artista Marco Montiel-Soto (Maracaibo, Venezuela, 1976) hace saltar por los aires todo este imaginario cargado de color y placidez en su proyecto Mal de mar hacia un triste trópico: notas sobre la otra isla, que se exhibe desde hoy y hasta el 20 de octubre en la sala de San Antonio Abad del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM).

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA

«La exposición habla de la muerte del paraíso», comenta el creador venezolano considerado persona non grata por los mandatarios de su país.

Montiel-Soto propone una experiencia inmersiva en un ambiente tropical poblado de plantas y estructuras realizadas con caña, con el fondo sonoro de aves exóticas, tambores y maracas. En este marco despliega un arsenal de objetos con un doble objetivo: plantear de manera crítica el conflicto social, económico y político que actualmente sufre Venezuela y proponer un imaginario que ilustre la conexión del país caribeño con Canarias.

Para ello se vale de todo tipo de objetos: fotos de fauna tropical, postales, páginas de periódico parcialmente censuradas con capas de colores, estatuillas africanas montadas en barquillas de madera, fotos antiguas, mapas o billetes. A través de este cúmulo caribeño, el creador articula un discurso, no exento de ironía, en el que nos habla de la violencia social, política y económica que sufren los venezolanos, de las huellas de un sueño desarrollista o de la desertización y decrepitud del paisaje urbano de su Maracaibo natal. El colonialismo y el trasiego migratorio que comparten las islas y Venezuela también quedan en evidencia a través de imágenes, mapas, collages y vitrinas donde el artista, a modo de explorador decimonónico, manipula y reinterpreta a su antojo símbolos de la identidad canaria, como las pintaderas.

«Marco trabaja siempre a través de objetos y cosas que encuentra en sus viajes, es un explorador del siglo XXI», indicó la comisaria de la muestra, Lidia Gil Calvo. «Cada obra simboliza aspectos concretos de esa problemática que afectó a todos los que emigraron a Venezuela y tuvieron que retornar, y a los millones de venezolanos que están teniendo que salir de su país», abundó la comisaria que entiende que, a través de la resignificación de estos objetos, «vamos a comprender cosas que son difíciles de ver en un libro de historia o en los periódicos».

Entre las piezas más impactantes que alberga la sala de Vegueta está Barroso II, una torre petrolífera hecha con bambú y cuerda de ocho metros de altura, levantada sobre una especie de jardín canario inspirado en el artista César Manrique. La obra, instalada en el patio, alude al primer pozo que evidenció el potencial petrolífero de Venezuela. En 1922, en Cabimas, el pozo reventó y soltó una columna de petróleo de 40 metros de altura. «Tardaron dos semanas para contener el chorro, pero allí se dieron cuenta de la cantidad de petróleo que había en Venezuela», apuntó el autor.

También en este jardín, realizado con picón y piedras volcánicas, una hamaca suspendida a una altura suficiente como para convertirla en inalcanzable recuerda la imposibilidad de ver realizado el sueño caribeño, explica Montiel-Soto. «Esa idea de descanso conlleva una frustración porque llegas y no puedes alcanzar la hamaca», abunda.

Otra de las piezas más llamativas es el mural titulado Papel tapiz, de 6,5 metros de ancho por 2,4 de alto, compuesto de billetes de 100 bolívares. «Este fue el billete de mayor rango. Llegó a ser unos 80 euros. Ahora, al cambio, 13.000 bolívares son un euro. En esta pared hay 8 euros. La gente va con pacas de billetes en los bolsillos. Llevan el dinero en maletas. Ya no quedan cajeros porque, como la moneda ha perdido valor, no pueden lanzar tantos billetes», explica el artista que con esta obra quiere mostrar el valor decorativo de los bolívares.

La dureza de la vida en Venezuela también se aprecia en uno de los vídeos donde circula en coche por la arteria principal de Maracaibo, una ciudad ruinosa. «Cuando fui hace poco, visité a mi hermano que vive en un piso 14 y, como no hay electricidad, siempre toca subir y bajar las escaleras. Le compré una bolsa de hielo y me dijo que hacía tres meses que no veía un hielo. Como no hay electricidad, no puedes meter nada en la nevera porque todo se termina dañando. Solo en Maracaibo hay seis o siete horas de electricidad al día. No hay semáforos, no hay luces en las autopistas, no hay internet», indica el artista. «Ni el Gobierno ni las noticias cuentan lo que pasa en Venezuela, el día a día de las personas. Allí la gente se levanta a las 4 de la mañana, cuando hay agua. En ese momento, te bañas y riegas las plantas, mientras esperas a que llegue la luz para ir al banco o a la ciudad, y después del mediodía se va la luz y la ciudad se convierte en un pueblo fantasma», relata Montiel-Soto, quien abandonó su país hace 16 años y ahora reside en Berlín.

Con esta muestra, además de la residencia artística que protagonizará próximamente la venezolana Nela Ochoa, y la reciente donación de una obra del creador caraqueño Jesús Matheus, «Venezuela se incorpora al proyecto genérico del CAAM», señaló el director del museo, Orlando Britto.

Datos para la visita.

La muestra Mal de mar hacia un triste trópico: notas sobre la otra isla, del artista Marco Montiel-Soto, se inagura este viernes 9 de agosto con una visita guiada por el propio artista a las 19.00 horas. A las 20.30 horas, tras la inauguración, sonará la música de Nationalx Dj. La muestra, comisariada por Lidia Gil Calvo, se puede ver hasta el próximo 20 de octubre en la sala de San Antonio Abad del CAAM, en horario de 10.00 a 21.00 horas, de martes a sábado, y los domingos de 10.00 a 14.00 horas. La entrada es libre y gratuita.