Martín denuncia en Madrid la sinrazón de la guerra

El desgarro de las guerras y los éxodos no tiene fin. A pesar de que son la mayor lacra de la humanidad, los conflictos crecen y se reproducen de forma cada vez más cruenta. La artista Paqui Martín no entiende por qué se siguen produciendo estos asesinatos masivos y usa su arte para interpelar al público. Esta vez, invitará a la reflexión en Madrid.

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA

El Centro Cultural Casa de Vacas, situado en el madrileño parque del Buen Retiro, acoge desde mañana el proyecto Bis de un mismo espectáculo, de la artista Paqui Martín (Las Palmas de Gran Canaria, 1959).

Aunque su obra se ha visto en Suecia y en algunas ciudades de la Península, esta será la primera muestra individual de la creadora en la capital del reino.

Este trabajo, que ya se pudo ver en 2016 en el Centro de Artes Plásticas del Cabildo de Gran Canaria, estará disponible para los madrileños a partir de mañana, si bien será el día 6 de abril, a las 19.00 horas, cuando se inaugurará en un acto que contará con la presencia del presidente de la Sala Penal del Tribunal Supremo, Manuel Marchena. «Paqui no es indiferente ante el sufrimiento de sus semejantes», dice el jurista en la hoja de sala acerca de este proyecto en el que la creadora expresa a través del grabado, la seda y los alambres el espanto cotidiano del que somos testigos a través de la televisión.

Su objetivo es invitar al espectador a detenerse y a reflexionar sobre estas tragedias que vemos desde la distancia de la pantalla. Para ello usa imágenes históricas de conflictos y otras actuales en un proyecto que, por desgracia, no ha parado de crecer alimentado de nuevos conflictos. Así, si en 2016 el proyecto constaba de 24 piezas -incluidas un políptico formado por 30 grabados, un vídeo y una instalación-, ahora su versión madrileña se ha ampliado con un conjunto de 48 retratos de 30x30 centímetros y una decena de obras de mayor formato en las que se ha centrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Esta galería de retratos arrugados y desechados, cosidos por alambres y quemados por la metralla se acompaña por el sonido de un vídeo donde los rostros aparecen al ritmo de la señal acústica de un detonador que, poco a poco, se acelera hasta cesar con una explosión final.