La transgresión de la mirada monótona

03/09/2018

La colección más reciente de Félix Juan Bordes nace del deseo de entrar en el desafiante mundo de lo ambiguo. «Pinto lo que existe con voluntad de transmutar la realidad», explica. Con un trato vanguardista de los colores, las texturas y las técnicas, consigue plasmar las sensaciones de lo que es, lo que no es, de lo que vemos y no vemos, y lo que queremos o creemos ver.

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De este modo, la exposición será todo un juego analógico para el visitante e invitará a sacar nuestra mirada más infantil, perceptiva y creativa. «Tienes que engañarte a ti mismo» y conseguir ver, así, infinidad de significados ante una misma pieza, porque «no hay nada peor que una mirada adiestrada, monótona y racional», comenta el pintor.

Su visión del mundo como artista es esquinada y busca romper con la obviedad para convertir un lienzo en algo mágico. Es un amante de quebrantar las reglas para crear un lenguaje moderno y actual, aunque parte del oficio tradicional para que se genere la simpatía y conexión entre el cuadro y el público.

La evolución de la obra del arquitecto ha desembocado en esta colección, que tiene detrás de cada lienzo un pensamiento lento y estudiado de un momento congelado, y una manufactura rápida, aunque delicada en cuanto a posicionamiento y estrategia de los trazos, colores y materiales. Todo tratado con una mirada perversa, insinuante y divertida.

Pintar lo invisible está plagada de recuerdos de viajes: algunos han sido, otros están por venir, otros, quizás, no lleguen nunca. Y es que para Bordes, no hay nada más importante que el «viajar sin ir» para dibujar las sensaciones que se imagina sin haberlas vivido, como ya hizo Julio Verne con sus libros de viaje y de viajeros. El alma de las cosas o los «djinns» (los «genios» de la tradición islámica) ya no se ven tan claramente como al comienzo de su carrera con la serie de Escenarios Astrales de la década de los setenta, que recuerda a un estilo bosquiano, pero nos deja igualmente anclados a sus espectaculares y polisémicas propuestas.

El contraste de la experiencia perceptiva del tacto es inevitable en la creación de Bordes. El juego del relieve, la lisura, el brillo, la opacidad, lo áspero, lo blando... supone una tentación para el dedo, que quiere tocar la intencionalidad del autor. Ha suprimido el pincel «por lo erótico de tocar y sentir la presión de las manos contra el lienzo». Así, encontrar tierra, barniz seco, limadura de hierro, o esqueletos vegetales es habitual en sus trabajos.

Las técnicas del dripping, el batik, el spray, la acuarela, el collage, o la presión con la mano (su imprescindible) se entremezclan en cada lona de algodón con raíces, esparto, conchas, y otros desechos que acaban conformando piezas sorprendentes. Por ello, «hay que mirar con tranquilidad» y dejar que la mirada se entretenga con todo lo que va encontrando en el recorrido del cuadro.

Entre los títulos que encontramos en la colección, destacan Panza de burro, inspirado en el común fenómeno atmosférico de la isla, o Nocturno en el Sáhara, que revela un cielo impregnado de estrellas en el desierto, aunque los títulos son meras pistas y los significados son infinitos. El último cuadro de esta colección todavía está por pintar: un díptico más grande y oscuro que el resto de la colección con temática nocturna en la que primarán los rayos eléctricos, para que sea un contrapunto cromático con el resto de la colección. Así demuestra que aunque cada cuadro es distinto al otro, todos parten de una misma razón de ser: que el observador complete la visión del mundo del autor. Porque «hay otros mundos, pero todos están dentro de este» y se trata de que todos aportemos lo que el arte nos sugiere desde la llaneza, el ingenio y el desmadre de la creatividad de nuestra mente inquieta y curiosa.