Exposición

El Centro Botín descubre a un Millares inédito

15/06/2019

Un teléfono, una reflexión, un apunte, un croquis... Cualquier cosa que queramos retener requiere de forma inmediata un papel: el soporte más simple y corriente con el que resolver cualquier urgencia. Quizá por ello las cien obras expuestas en El grito silencioso. Manolo Millares sobre papel que el Centro Botín exhibe en Santander hasta el 15 de septiembre tienen todo el vigor y el impulso de un artista que precisó de muchos papeles para buscar nuevas vías con las que expresar, de forma contundente y original, sus pensamientos y pulsiones artísticas.

Las Palmas de Gran Canaria

Esta fuerza arrolladora es la que se aprecia en una exposición que resume la estrecha relación de Manolo Millares (Las Palmas de Gran Canaria, 1921- Madrid, 1972) con el papel a través de un recorrido cronológico que se inicia a partir de su infancia. «Desde los siete años empieza a descubrir en la biblioteca familiar los libros de Goya. Los primero dibujos los hace del natural en Lanzarote. La exposición recoge obras de infancia y adolescencia donde se ve esa mano», comentó la hija del artista, Coro Millares, en la presentación de una exposición que da fe de esa pulsión inicial que, en muy pocos años, lo convertiría en un referente internacional de las vanguardias. Una evolución trascendente y arriesgada que solo su hija se atreve a cuestionar con un argumento contundente. «Su etapa de madurez es relativa. Su vida se vio truncada muy joven. Murió a los 46 años. Trabajaba sobre arpilleras, sobre papel y obra gráfica. ¿Y te preguntas qué hubiera pasado si hubiera vivido más? Quizá lo que llamamos madurez es una fase más de algo por venir», apuntó.

La exposición recorre de forma cronológica la trayectoria del artista a través de cien obras –dibujos a tinta china, bolígrafo y lápiz, acuarelas, pinturas sobre papel y collages distribuidas en cuatro salas.

El recorrido parte desde las obras iniciáticas de finales de la década de 1940 donde el artista va haciendo mano retratándose a sí mismo, a su pareja, Elvireta Escobio, y a sus parientes. Su inquietud lo lleva a impregnarse del espíritu de grandes creadores como Dalí, Joaquín Torres-García, Picasso o Miró y a coquetear con el surrealismo, el informalismo y el constructivismo. Muy pronto, sin embargo, aparecen los primeros indicios de una iconografía propia inspirada en los restos arqueológicos que frecuentó en El Museo Canario y que conoció a través del libro Historia General de las Islas Canarias (1881), escrito por su bisabuelo Agustín Millares Torres.

Cantabria decisiva.

Santander, que ahora redescubre a Millares, marcó un punto de inflexión en la trayectoria del artista. Fue en Santillana del Mar donde rompió las barreras insulares que habían limitado sus influencias artísticas en 1953, año en el que acudió a un curso de arte abstracto, del que surgió una exposición, que lo puso en contacto con los artistas de su generación, creando lazos de amistad que durarían siempre, según explica la comisaria de la exposición María José Salazar. «Para el artista, en cierto modo aislado en Canarias, el contacto y este primer viaje de 1953 resultan trascendentales porque conecta con los artistas de su generación con los que comparte ideales y también dificultades», explica la experta que lleva preparando esta exposición desde 2014, cuando la familia comenzó a inventariar los fondos del archivo de Manolo Millares. Por eso, gracias a esta estrecha colaboración con los parientes del artista, la muestra recoge documentos de carácter íntimo como un retrato del artista paseando con Elvireta Escobio durante su primer viaje a Madrid; el cartel de su primera exposición –realizada en 1945 en el Círculo Mercantil de Las Palmas de Gran Canaria– o una foto de grupo de su visita a la Cueva de Altamira.

Tras este punto de inflexión, Millares alcanza una temprana madurez artística en un periodo marcado por su decisión de instalarse en Madrid en 1955. En ese momento, emprende un camino irreversible hacia el expresionismo, a través de una depuración formal que se aprecia en sus pinturas sobre papel en las que juega con superficies blancas, negras y grises, donde las líneas delimitan grandes manchas que redistribuyen el espacio.

También aparecen dibujos en tinta china, a pincel, donde el trazo vigoroso deja entrever la violencia de unos tiempos oscuros que denunció con fuerza e ironía en su serie de Los curas (1962-1963), un total de 50 obras de la que se exhiben dos ejemplares. «A través de la tinta china y las acuarelas logra expresar sus sentimientos y los antepone a las apariencias. Siempre fue luchador, libre e intransigente. No estaba conforme con la sociedad del momento ni política ni socialmente», explicó la comisaria María José Salazar respecto a un camino que tomó en 1964 y que ya no abandonaría hasta el final de sus días. «La obra de Manolo es siempre de protesta. Su obra contiene el grito, el desgarro y la fuerza de la comunicación a través de la línea. Esta exposición revela su forma de transmitir sus pensamientos y de gritar ante la realidad del momento utilizando el papel, el dibujo y la línea», abundó Salazar sobre esta constante en un artista que, tras alcanzar una precoz madurez, logró su plenitud en el periodo 1964-1968 cuando llevó al papel las claves compositivas de su principal hallazgo pictórico: el de sus cuadros realizados con arpilleras.

En este periodo, el artista usa la potencia y la fuerza del trazo, intensificado por la agresividad del negro, los ocres y rojos, para rebelarse ante la situación política y social del momento. De esta etapa son las pinturas sobre papel Adán y Eva (1966) y Homúnculo (1964), en la que añade trazos con tinta china y el collage. En ellas, representa la opresión a través de la negación y la falta de libertad sexual, indicó Salazar. Fue en este periodo cuando creó la obra Artefactos para la paz, coincidiendo con la conmemoración de los 25 años del golpe de estado franquista maquillados en nombre de la paz, y la serie Mutilados de paz, dedicada a su padre y a las víctimas de la dictadura. Esa misma rabia contenida se puede apreciar en dramáticas pinturas en papel Sin título.

Poesía y luz.

La última de las etapas que aborda la exposición abarca el periodo 1969-1971, cuando sus piezas se llenan de luz y dramatismo influido por la contemplación del paisaje del Sáhara.

De este periodo se exhiben los dibujos originales de la carpeta gráfica Descubrimientos en Millares. Diario de una excavación arqueológica imaginaria y barroca, donde superpone caligrafía inspirada en los textos de la Inquisición custodiados por El Museo Canario sobre un poema de Manuel Padorno, empleado en la serie gráfica Torquemada (1970).

En este periodo, la caligrafía y la poesía –que aparece de forma intermitente en toda su trayectoria– irrumpen con fuerza. «Esta exposición reivindica la faceta de Millares como escritor y como poeta. Hay mucho trabajo que hacer en ese sentido, aunque Alfonso de la Torre hizo una aproximación al asunto en un libro», recalcó su hija Coro.

También en este periodo su voz contestataria se alzó con rotundidad en obras como las tintas chinas de la serie Mussolini (1971), en la que plasma la ejecución del dictador en la plaza del Duomo de Milán.

«Mi madre dice que nunca fue un guerrillero, un activista de puertas afuera... Pero sí quizá lo fue dentro de las paredes de su estudio, utilizando como armas los pinceles, los lienzos y las arpilleras. Nunca, nunca –a pesar del complejo momento político– abandonó la denuncia», comentó su hija Coro.

Este compromiso quedó patente en 1959 cuando, al igual que el resto de los artistas del grupo El Paso, entendió que había «sido utilizado por el régimen político para dar internacionalmente una imagen de aperturismo» por lo que tomó la drástica decisión de no volver a participar en ninguna muestra oficial en representación de España, quedando al margen de las grandes bienales, explicó la comisaria. Eso no fue óbice para convertirse en uno de los primeros artistas españoles que expuso en los años 60 en el Guggenheim de Nueva York y en el MoMa.

Además de los documentos y fotografías de carácter privado de la colección de Elvireta Escobio, casi la mitad de las piezas no han sido exhibidas en público hasta ahora.

La familia ha aportado 80 de las cien obras que se muestran en el moderno edificio suspendido sobre el mar, diseñado por Renzo Piano. El resto ha salido de los fondos del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de la Fundación Juan March, del Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), de la Fundación CajaCanarias y de colecciones de particulares. «Para nosotras –apuntó su hija Coro– esta exposición nos supone un descubrimiento. Aunque vemos sus obras en casa y en exhibiciones, es una forma de redescubrir a Millares, mi padre». Una revelación que podrán apreciar quienes se asomen a ese rincón de la cornisa cantábrica.