Exposición

Aldaz ‘okupa’ El Tanque y convierte su vida en arte

13/08/2018

La artista canaria reside en el espacio expositivo tinerfeño desde el pasado 22 de junio. Allí, rodeada de sus objetos personales, duerme, trabaja, cocina y mantiene encuentros con sus amigos a la vista del público.

Solo el 15% de los artistas puede vivir de la creación. Quizás este sea uno de los aspectos que ha empujado a Esther Aldaz (Gran Canaria, 1979) a ahorrarse el alquiler de dos meses instalándose en el Espacio Cultural El Tanque, en Santa Cruz de Tenerife, donde se ha mudado con buena parte de sus muebles y objetos personales. Siguiendo la estela de Juan Hidalgo, la artista ha convertido su vida en arte y el arte en vida, algo que ha sorprendido a los habitantes de las inmediaciones del depósito de crudo de la antigua refinería de Cepsa. «Varios vecinos del barrio alertaron a la policía en varias ocasiones de la presencia de alguien en El Tanque y vinieron reporteros buscando okupas. Eso es un síntoma de que este espacio necesita más publicidad y esfuerzo en el área de comunicación. Hay gente que vive al lado y aún no sabe que aquí pasan cosas relacionadas con el arte y la cultura», dice la nueva residente de El Tanque, que seguirá instalada en el interior de la vieja cisterna de petróleo hasta el 25 de agosto.

En total, serán 65 días con sus correspondientes noches en los que Esther Aldaz, haciendo su vida en este recinto con la mayor normalidad posible, ofrecerá un autorretrato «con forma de gran instalación y performance, en el que sigo ahondando en la precariedad de la idea de casa y lo frágil e inestable que es. Es un retrato contemporáneo; soy yo, pero podía ser, creo, cualquiera de nosotros», dice en la carta de despedida en la que comunicaba a sus amigos su mudanza temporal.

Su objetivo con esta intervención es doble: por un lado llevar a la práctica lo que decían los de la Bauhaus; elevar el hábitat a la categoría artística; y por otro, explorar la línea de búsqueda de lugares intermedios o imposibles; heterotopías, representaciones de la utopía; mirar a través del espejo y más allá del espejo», asegura la artista que, en este caso, indaga en la idea de casa y la presenta como algo «frágil, inestable, precario y mutante».

«Ya estoy totalmente adaptada. Al principio fue una experiencia bastante dura. Este espacio nunca estuvo pensado para ser vivido. Por las noches, escuchas el sonido del metal contrayéndose, hay eco, cualquier guijarro que caiga retumba de un extremo a otro. Hay ojos de buey por la parte de abajo, cerca del suelo. Están abiertos. Puede entrar cualquier animal. Solo entran gatos. Gracias a ellos no hay ratones ni ratas», explica Aldaz sobre el esfuerzo que ha tenido que hacer para deshacerse del miedo en su nuevo hábitat. «Si logras abstraerte, al final es una casa. El dormitorio es el espacio más cerrado. Mi cama mira a la pared. Tengo mi cama, mi almohada, mis cosas... Te sientes arropada con tus cosas. Para mí es importante esa acción de habitar, deshabitar y volver a habitar», señala la artista cuya casa real y vacía puede contemplar a través de la pantalla del televisor, conectada a una web-cam.

Normalidad.

La creadora hace vida normal en este espacio. Entra y sale de él cuando quiere, recibe visitas de amigos, va a la playa y monta alguna que otra fiesta. Además, para que su vida no se vea afectada, pide a los visitantes del espacio cultural que cumplan unos requisitos; no la pueden tocar ni hablar. «El horario de apertura es de 5 a 8 por las tardes y el sábado por la mañana. El resto de las mañanas estoy sola», comenta Aldaz, que a veces la presencia silenciosa del público la sorprende. Además, los visitantes que quieran hablar con la artista para saber en qué consiste el proyecto pueden concertar una cita a través de un correo electrónico o por whatsapp. «Pasan a la casa de una manera normal. Los invito a café y hablamos», apunta la residente de El Tanque que recibe las visitas de sus amigos que, de ese modo, se incorporan a la performance. El público también se comunica con la artista a través de libro de visitas. «Resulta interesante leer que la sensación es de sorpresa al encontrarme allí. También algunos dicen que se sintieron incómodos al invadir la vida privada de una persona de forma literal. También alguien me dijo que le parecía poético ver a una mujer, en escala, tan pequeña viviendo allí con sus plantitas, otros se conmueven porque les surgen un montón de preguntas que están en el aire en la actualidad sobre la gente que no tiene dónde vivir».

Su estancia en el depósito de crudo, que terminará en unas semanas, quedará plasmada en una serie de fotos realizadas por otros autores, un vídeo y una serie de textos. «Podría surgir otra exposición», comenta Aldaz que el próximo 26 de agosto volverá a empaquetar sus enseres, algunos heredados de sus abuelos y de su madre, para volverse a mudar. «Aunque aún me queda pasar un tiempo aquí, creo que lo echaré de menos», confiesa.