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Otra forma de entendernos

Comunicación. Más allá de las palabras, la distancia entre las personas, los gestos, la manera de hablar y los movimientos aportan información

MAURICIO-JOSÉ SCHWARZ

magine que en una reunión social la anfitriona presenta a dos personas que no se conocen. Uno es rumano y el otro, argentino. Tienen intereses comunes y simpatizan así que inician una animada conversación… mientras se desplazan por el lugar de modo extraño. El argentino se acerca buscando una distancia cómoda para conversar y el rumano se siente incómodo, invadido… así que da un paso atrás… el argentino siente que están demasiado apartados y da un paso al frente. Si se hiciera un 'time-lapse' del salón donde se lleva a cabo la reunión, se vería como si el argentino persiguiera al rumano.

Este es un ejemplo extremo a partir de un estudio con 9.000 personas de 42 países a las que se les preguntó a qué distancia se sienten cómodas de un desconocido, un conocido y un amigo. Los extremos (en promedio y sin que signifique una medida exacta) fueron quienes viven en la cultura rumana, que se sienten cómodos a 1,40 metros de los desconocidos, y los argentinos, que prefieren estar a 76 cm, casi la mitad. Esta es una medida cultural que más o menos todos respetamos en nuestro entorno, aunque siempre hay alguien que se nos acerca demasiado y de quien nos apartamos al sentirnos invadidos.

La distancia personal, el espacio que cada uno de nosotros lleva a su alrededor como una burbuja, es objeto de estudio de la proxémica, una de las especialidades del estudio de la comunicación no verbal. Fue Charles Darwin quien emprendió el estudio serio sobre las formas de comunicación que no usan el lenguaje estructurado, con su libro de 1872 'La expresión de las emociones en el hombre y los animales'. Darwin describió sus observaciones sobre las interacciones de distintos animales y la forma en que se comunicaban sin palabras, y cómo este fenómeno peculiar también estaba presente en el ser humano.

Hoy, algunos estudiosos consideran que la comunicación no verbal es responsable de entre el 60 y el 70% de la comunicación real entre los seres humanos. Y lo podemos ver en nuestra vida cotidiana, donde no solo confiamos en la palabra de otro, sino que estamos atentos a sus expresiones y gestos, al tono de su voz, a todos los elementos que nos dicen 'está siendo sincero' o 'está mintiendo'. Y, por supuesto, los profesionales de la mentira, como los estafadores, se especializan en fingirse sinceros con todos los elementos de la comunicación no verbal. En palabras de Groucho Marx: «El secreto de la vida es la honestidad y el trato equitativo. Si puedes fingirlos, ya la hiciste».

Además de la proxémica, el estudio de la comunicación no lingüística incluye al menos cuatro especialidades más. Está la háptica, que estudia el tacto y el contacto humanos. Por ejemplo, hay culturas en las que el contacto es totalmente casual y puede producirse entre extraños, mientras que en otras, tocar a otra persona puede ser interpretado como una grave infracción del espacio cultural… y donde además se estudian los efectos del contacto en distintas partes del cuerpo: hay amigos que abrazamos con efusividad, pero a los que no les toleraríamos el contacto con ciertas partes de nuestro cuerpo.

La kinésica es el estudio de los movimientos corporales y los gestos faciales, incluida la postura. Como ejemplo tenemos a los participantes en deportes de contacto, que se muestran agresivos en su pose y en su gestualidad y su mensaje nos llega clarísimo aunque no tenga palabras: 'Voy a machacar a mi oponente'. En el otro extremo están las actitudes corporales y faciales de amabilidad, de comprensión y de cercanía.

La paralingüística estudia todos los aspectos que acompañan al lenguaje hablado: el volumen, el tono, la velocidad con la que se habla, la respiración, risas, sollozos, jadeos o carraspeos que también nos dan grandes cantidades de información que enriquece o matiza lo que se dice. Incluso los silencios… como cuando a alguien se le hace una pregunta incómoda y hace una larga pausa como si buscara una respuesta poco comprometedora.

Finalmente, tenemos la cronémica, que estudia cómo las sociedades y las personas estructuran su tiempo, por ejemplo en cuanto a puntualidad, a la duración de nuestros gestos en otras especialidades, como la duración de un abrazo o el tiempo que le dedicamos a una tarea. La cronémica también estudia las relaciones sociales marcadas por el tiempo: quien puede perder el tiempo es usualmente alguien de mayor jerarquía que las personas de las que se espera que no lo hagan, o quién puede hacer esperar a quién, como forma de establecer su superioridad.

Es claro que ninguna de estas disciplinas se puede concebir aislada, sino que son simplemente enfoques para desentrañar una comunicación no verbal que permea nuestras relaciones sociales. Hay elementos que parecen ser comunes a todos los seres humanos, que podrían depender de la herencia de patrones de conducta que nos han resultado valiosos para la supervivencia, como la estrecha cercanía de la madre y su bebé, la forma en que se miran, la enseñanza que se produce cuando el bebé aún no entiende la primera palabra. Otros elementos, como el de la distancia interpersonal con la que iniciamos este artículo, son claramente culturales y se han desarrollado dentro de la evolución histórica específica de cada sociedad.

En el caso de la proxémica, el estudio al que hacíamos referencia encontró que la cultura rumana utiliza un espacio cercano, el que se tiene con amigos, casi tan estrecho como el argentino, mientras que quienes viven en Arabia Saudita son quienes más alejados desean que estén sus amigos, apenas 35 cm más cerca de los 125 que gustan de poner entre ellos y los desconocidos.

Algunas personas han pretendido, utilizando los conocimientos de la comunicación no verbal, hacer inferencias extremas como es el caso de quienes afirman que hay pequeñas indicaciones casi ocultas que se presentan cuando alguien miente, como llevarse la mano a la boca, apartar la vista o revolverse en el asiento. Sin embargo, después de décadas de investigaciones (un estudio revisó más de 1.000 estudios sobre el tema) lo único que sabemos es que no se han identificado de modo confiable indicaciones no verbales de una mentira. La búsqueda de esas indicaciones es tan inútil como los polígrafos, a los que es tan fácil engañar como a los seres humanos, animales sociales como somos. La detección de mentiras no está entre lo mucho que nos puede aportar el estudio de esta comunicación oculta.

Proxémica y Covid

La pandemia de COVID-19 cambió rápida y radicalmente nuestra proxémica, y los estudiosos ya están midiendo no solo cómo nos alejamos de otros por temor al contagio, sino cómo lo compensamos estando más cerca de nuestros seres queridos, de nuestra 'burbuja COVID-19', o cómo sufren más el cambio quienes tienden a ser espacialmente más cercanos a otros.

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