Resurgiendo de sus cenizas

A Luis Pacheco se le quemó la panificadora hace un año, perdiéndolo todo, pero con tesón ha levantado el negocio y es de nuevo una de las industrias más punteras del sector en Canarias.

Carlos Sixto De Inza Serrano
CARLOS SIXTO DE INZA SERRANO

El 24 de noviembre del año pasado fue un día amargo para Luis Pacheco -panadero de profesión desde hace 35 años-, para sus dos hermanos, con los que compartía el negocio que heredaron de su abuelo, y para los 18 cabezas de familia a los que daban trabajo desde hacía lustros.

«Fue una noche aciaga», cuenta Luis -uno de los tres dueños de la panificadora familiar Hermanos Pacheco, que lo perdieron todo en un monstruoso incendio que calcinó por completo el edificio y su maquinaria.

Hasta entonces el negocio era santo y seña de las panificadoras de la isla, con sede en el pueblo de Tinajo -cuna del buen pan en Lanzarote, por tradición y porque cuenta con algunas de las industrias más importantes del sector- pero esa noche todo se perdió pasto de las llamas.

Sobre las 23.00 horas de ese 24 de noviembre explotaba uno de los hornos de gasoil y en apenas unos minutos el fuego se extendió sin remedio. El incendio fue tan tremendo que los bomberos tardaron cinco horas en poder apagarlo por completo.

Luis, que vio como se consumía todo lo logrado a lo largo de una vida de trabajo, cayó en una gran depresión que estuvo a punto de hacerle sucumbir y clausurar el negocio, despidiendo a 18 trabajadores. Pero con mucho esfuerzo, en apenas seis meses logró junto a su familia y empleados rehacer el edificio por completo, reponer la maquinaria y empezar desde cero. «Fue una labor titánica», explica el propio Luis, «tuvimos que adquirir de nuevo todas las amasadores y formadoras, los hornos, las cámaras frigoríficas y logramos en solo seis meses volver a hacer pan y a recuperarnos».

La trayectoria profesional de Luis, sus años de trabajo serio y riguroso, y la confianza que logró forjarse con sus clientes (en su mayor parte hoteles, restaurantes, supermercados y bares), le han permitido poco a poco ir recuperando a prácticamente todos, explica, «a pesar de que se trata de un sector con una enorme competencia, con la entrada de pan congelado venido de la península, que ha roto el mercado y dificulta mucho mantener una tradición de hacer pan artesanal de forma industrial como hacíamos nosotros desde siempre».

Cuando apenas falta un mes para que se cumpla un año del incendio -en el que por suerte no se vio afectado ningunos de los trabajadores- Luis y su familia empiezan a recuperarse del susto y del impacto psicológico. Han vuelto, logrando mantener a 13 de los 18 empleados con que contaban. Están cerca de llegar a la capacidad productiva de antes del siniestro (unos 35.000 kilos de harina al mes), y vuelven a abastecer a un importante número de hoteles, restaurantes, bares y supermercados, todos clientes muy exigentes en cuanto a calidad.

«Precisamente, de los hoteles», explica el propio Luis, «partió la especialización que con los años hemos ido adquiriendo hasta fabricar hoy más de 25 variedades de pan». Gracias a esa especialización y a las variedades que trabajan, (elaboradas todas de forma artesanal) es como han logrado recuperar la posición en el mercado y ser otra vez una de las industrias más importantes del sector en toda Canarias.

Desde sus orígenes en los que apenas fabricaban roscas y pan común para los vecinos, hoy elaboran más de una veintena de tipos y sabores, que distribuyen en hoteles, restaurantes y supermercados, además de a una boutique especial en el Hotel La Santa. La demanda se centra en pan común y en las variedades para clientes alemanes, franceses, noruegos o ingleses, en cuyos países existe una enorme tradición de tahonas y panaderías.