Víctor Manuel Martínez. / RUB-ÉN ACOSTA

Obituario

En recuerdo de Víctor Manuel Martínez Abolafio

CANARIAS7 ARRECIFE.

Hay un dicho africano, cuando muere un anciano es una inmensa biblioteca la que arde, que este viernes se ha vuelto a repetir con la marcha del empresario Víctor Manuel Martínez Abolafio. Su fallecimiento nos deja huérfanos a quienes le conocimos y, también, a Guinea Ecuatorial de un enorme y profundo conocimiento de sus etnias, lenguas, costumbres, del papel que jugaron algunos miles de españoles intrépidos y valientes, y de cómo fueron violentamente castigados por el régimen de Macías, mientras el Gobierno español miraba hacia otro lado.

Víctor Manuel Martínez Abolafio había nacido 78 años atrás en Bata, el mismo año que Paul McCartney, Joe Biden y Teodoro Obiang. Su abuelo, Manuel Martinez Fernández, había sido comerciante de kapis en Filipinas. Un día dejó su puesto en la pequeña central eléctrica de Socuéllamos, cerca de su Munera natal (Albacete) y partió a los territorios españoles de Guinea, animado por sus cuatro hijos, Manuel, Antonio, Fernando y Víctor Martínez Solana. Los dos primeros enseguida entendieron aquel país y con algunos errores (como elegir café robusta y no arábica) y muchísimo esfuerzo y penalidades (poca comida, enfermedades y todo tipo de bichos e inclemencias meteorológicas) fundaron Martínez e Hijos, luego Martinez Hermanos.

En Guinea nacieron los tres primeros hijos de Manuel y María Dolores Abolafio Rodríguez, Víctor Manuel, Fernando y Marco Antonio Martinez Abolafio y en Valencia otros cinco, Guillermo, Julio César, José Luis, María Dolores y Marisol.

Víctor Manuel Martínez Abolafio

En aquel país de NODO, en blanco y negro y a la vez de blancos y negros, creció Víctor Manuel Martinez Abolafio, saboreando frutos maduros del egombe egombe cerca del paseo marítimo de Bata, bajo la atenta mirada de sus cuidadores, boys guineanos y nigerianos, como Atani, Beccer o Miguelón.

La familia mudó de nuevo a Valencia y lo educaron en La Salle hasta los 17 años cuando murió Manuel Martinez Solana, su padre. Ese día, Víctor Manuel, el primogénito de los Martínez Abolafio prometió a su madre que jamás le faltaría nada ni a ella ni a sus otros siete hermanos. Regresó a Guinea y cumplió su promesa hasta el último día de su vida. El joven aprendió con enorme disciplina todos los procesos de la finca, jamás exigió nada a nadie que él no pudiera hacer por sí mismo. Aquella parcela se llamaba Fincha Machinda y la convirtió en su Tara particular, como la hacienda y tierra de Lo que el viento se llevó. Providencial fue la llegada de su hermano Fernando, con quien hizo un tándem indivisible durante toda la vida.

Entre ambos, un idealista volcado en la naturaleza y la cultura de Guinea (Víctor Manuel) y un pragmático lleno de números y estrategia (Fernando) decidieron dar un empujón a la empresa que resultaría providencial. Las plantaciones de cacao y café no daban por si solas. Así que, durante años, Víctor Manuel se adentró por las pistas, la maleza y la jungla y pactó con los jefes de cada aldea más materias primas con las que las factorías vivirían su edad de oro y a las que se añadieron una fábrica de aceite de palma y otra de jabón, con la marca comercial Marsol (Martinez Solana). Mucha hambre de la España de postguerra se aplacó con el esfuerzo de los guineanos, los colonos como Martínez Hermanos y miles de braceros nigerianos.

Un día que Víctor Manuel bajó de Finca Machinda a Bata sobre su moto Lambretta y conoció a una flacucha de piel canela (como ella misma se definía con respecto a otras chicas de su edad, más exuberantes), con unos ojos enormes y sonrisa deslumbrante, nacida en la aldea de Rio Campo (frontera con Camerún). Catalina Memba Mpanga, la hija de un comerciante y un ama de casa, siempre le acompañaría toda la vida. A pesar de tratarse de un colono muy joven, ella vio en Victor Manuel alguien con mucha más madurez y fuerza física que los chicos de su edad.

Víctor Manuel aprendió ndowé, la lengua de su querida Memba, su amor de toda la vida con la que tuvo seis hijos, dos de las crías fallecieron muy pequeñas.

Los hermanos Víctor Manuel y Fernando Martínez Abolafio se granjearon el respeto de sus trabajadores, hasta tal punto que éstos salieron a defenderlos en una emboscada de patrullas alentadas cuando Macías ganó las elecciones y fue proclamado primer presidente de la Guinea recién independizada, en 1968.

Como los protagonistas de la novela Palmeras en la nieve, Fernando y Víctor Manuel creyeron que podrían convivir en aquel nuevo país, hasta tal punto que solo quedaron una decena de colonos por abandonar Guinea. Pero tuvieron que huir del régimen violento que instauró uno de los considerados presidentes más crueles y sangrientos de toda África.

Fernando salió primero y encontró en Lanzarote una oportunidad de empezar otra etapa, esta vez construyendo los primeros apartamentos en Puerto del Carmen, entonces una tierra baldía en la tierra de los mil volcanes, un paisaje sin fauna, árboles frondosos, con mucho frío, comparada con su querida Guinea. A ambos hermanos les pilló la crisis del petróleo y se quedaron sin nada en los bolsillos. Fueron años de mucho sacrificio y penurias. Nadie quiso visitar aquel lugar en mitad del Atlántico, hasta que el turoperador Neckermann confió en ellos. Con la llegada de turistas y la liquidez económica recuperada, ambos hermanos levantaron cientos de apartamentos, villas, hoteles y viviendas.

El 3 de agosto de 1979 Teodoro Obiang derroca a Macías. Pocos días después, Víctor Manuel recibe un telegrama: «La casa y las fábricas están en pie. Todo preparado para que ustedes regresen, por favor. Julián Yecue». Era uno de sus capataces que en nombre de muchos de los trabajadores guineanos le pedían que volvieran. ¿Qué hacer? Su corazón en Guinea y su cabeza y vida actual en España. Ambos hermanos decidieron enviar como primer ojeador a su leal encargado sindhi Lachu Chelani, quien les certificó que podían reiniciar el negocio. Entre los primeros contenedores de productos básicos y ayuda humanitaria que desembarcaron en Guinea Ecuatorial de principios de los ochenta se encontraban los de Martínez Hermanos, a quienes la población recibió como suyos. A pesar de esta apuesta, donde los hermanos fabricaron hasta lejía, hubo muchos años en los que no salían las cuentas, hasta que en 1991 un tejano descubre petróleo y multinacionales americanas y su personal encuentran en Martínez Hermanos una empresa asentada desde hace años en el país, respetada y con capacidad de respuesta ante cualquier necesidad.

Con los años, el tándem que conformaban Víctor Manuel y Fernando Martínez Abolafio fue cediendo el testigo a los dos hijos menores de Víctor Manuel, José Antonio y Fernando Martínez Mpanga, quienes, educados en Madrid y Estados Unidos, revolucionaron tecnológicamente la empresa, siempre con dos pilares (Guinea y Lanzarote) hasta llevarla a los más de 2.000 empleos actual, liderando el sector de alimentación, importación, congelados, restauración, hostelería, transportes y tanto en Malabo como en Bata dispone de uno de los centros logísticos más modernos de todo el continente.

Como si estuviera escrito desde el principio de los tiempos, igual que siempre estuvieron unidos en vida, ambos hermanos Martínez Abolafio se han ido con muy poco margen de tiempo, Fernando el pasado 3 de agosto y ahora el primogénito, Víctor Manuel, a quien esta semana han velado su esposa Memba Mpanga, sus cuatro hijos Manuel, Katy, José Antonio y Fernando Martínez Mpanga y sus nietos y nietas.

Por todo ello, este viernes no solo dejó de latir el maltrecho corazón de un hombre. Ardió para siempre una biblioteca entera sobre la historia más reciente de Guinea Ecuatorial.