La memoria viva de la Casa Máquina

Se llamaba estación elevadora de aguas del Puerto. Luego fue conocida como Casa Máquina. Más adelante, Casa Colorada. Y hoy, Casa Roja. La señalan como posible foco de contaminación del Confital, pero Lorenzo Bolaños, que vivió allí desde que tenía un año, lo descarta. Y niega que haya okupas. Sus moradores son su familia, que tiene derecho «a perpetuidad» a vivir en ella.

Javier Darriba
JAVIER DARRIBA

Lorenzo Bolaños tiene una memoria prodigiosa, de ésas que el tiempo no daña. Al contrario, la enriquece. Los detalles de su vida en lo que hoy es la Casa Roja están frescos como la orilla del mar que le sirvió de escuela entre La Puntilla y El Confital.

Fue su padre, Santiago Bolaños Martín, el primer maquinista de la Casa Máquina, como se conocía entonces en La Isleta al edificio construido para bombear tanto las aguas residuales del Puerto como el agua del mar para baldear las calles del barrio.

Esta casa se hizo en 1930, que fue cuando su padre vino desde Tenerife, donde trabajaba en la Compañía Hidráulica. «Se vino de allí a hacer este trabajo», evoca Lorenzo, quien asegura que «solo recibía órdenes del alcalde, nada más».

La casa se hizo para cobijar los motores y la familia de Santiago se trasladó allí en 1931. Lorenzo Bolaños, que había nacido en las Cuarenta Casas de Guanarteme, se trasladó hasta la Casa Máquina cuando solo tenía un año.

En esta zona, que se conoce como la palma de la mano, creció, desarrollando un amor por el mar y por la mecánica que aún no le ha abandonado.

Desde muy joven se dedicó a ayudar a su padre en el cuidado de los motores. Había tres distintos: uno elevaba el agua del mar a una vieja construcción que era conocida como el torreón, situado entre las calles Bentagache, Faro y Coronel Rocha. Se trataba de un depósito de unos veinticinco metros de altura del que luego se nutrían los camiones del servicio municipal de limpieza para baldear las plazas. Este impulsor solo se activaba cuando se necesitaba agua para la limpieza de las calles de La Isleta. El torreón fue derribado porque estaba en estado ruinoso.

El segundo motor era grande y servía para llevar las aguas negras de la zona Puerto hasta El Confital, donde eran evacuadas al mar. «Había una tubería de Uralita que llegaba hasta La Punta, un poco antes de Las Salinas, donde aliviaba», recuerda. Se ponía en marcha por la mañana, se paraba a mediodía y se volvía encender por la tarde, cuando se llenaba el depósito de la Casa Roja.

Y el tercer motor era un auxiliar del que suministraba el agua al torreón.

Tres plantas.

La Casa Máquina tenía tres plantas: la primera era la vivienda de la familia Bolaños; la segunda era el taller; y la tercera era la sala de máquinas. «Allí había un botaolas», una portezuela para desaguar las olas cuando la marea estaba alta.

La familia de Lorenzo sigue viviendo en la Casa Máquina. «No hay okupas, como andan diciendo», aclara, «es propiedad del Ayuntamiento pero tenemos unos papeles que dicen que tenemos derecho a usarla en perpetuidad». De hecho, recuerda que ya intentaron echar a su hermana de allí, que es la actual inquilina, pero sus derechos prevalecieron finalmente.

En la orilla de esta zona creció Lorenzo Bolaños, para quien el litoral fue su aula. «A mí me encantaba pescar, pulpear y mariscar», señala este vecino, que cuenta ya 87 años. Con este conocimiento, considera que «los técnicos se equivocan» porque «si sueltas una bolsa ahí, va para Las Canteras». Por eso, descarta que la contaminación pueda venir de la Casa Roja. «Esto puede ser hasta del Sebadal porque la corriente viene dando la vuelta a La Isleta», apunta.