La cementera, última gran fábrica del sur

La industria del cemento de El Pajar, una gigantesca silueta metálica que ahora emborrona las estampas de los visitantes a San Bartolomé de Tijarana y Mogán, es desde hace 60 años un motor económico fundamental para el desarrollo del archipiélago. En los últimos años se ha planteado su posible traslado a otro lugar de la isla.

Alberto Artiles Castellano
ALBERTO ARTILES CASTELLANO

La dependencia económica al turismo tiene pocas excepciones en el sur de las islas, y concretamente en Gran Canaria. La más señera se levanta en El Pajar de Arguineguín, junto al pequeño núcleo poblacional y turístico de la bahía de Santa Águeda, con más de sesenta años de historia.

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Lo que ahora supone una silueta que afea las estampas de los visitantes a San Bartolomé de Tijarana y Mogán ha sido durante décadas un motor económico fundamental para el archipiélago, que contribuyó al desarrollo de las islas, y supuso un pilar indispensable para la explosión de la industria turística del sur en los años de 1960.

De capital hispano portugués, la cementera de Ceisa (Cementos Especiales de las Islas) ha sufrido una profunda transformación en los últimos años, tratando de reducir el impacto visual que la fábrica causaba junto al mar. La mole que se asienta en Arguineguín se construyó en la década de 1950 para abastecer la fabricación de la Presa de Soria con la extracción de puzolana natural en la cantera de San José con la que se elabora el cemento y, posteriormente morteros, prefabricados y hormigones. En un entorno despoblado aún, la cementera creció junto a la explosión turística de los sesenta, convirtiéndose en una industria indispensable para el avance económico de Gran Canaria y de otras islas.

Precisamente el crecimiento de visitantes y la necesidad de suelo para mejorar la oferta turística de la isla abrió el debate en los últimos tiempos sobre su desmantelamiento y traslado de la zona para dedicar la parcela que ocupa a complejos vacacionales y un muelle deportivo. Un futuro que está condicionado por el fin de una concesión administrativa y la presión popular de quienes ya no quieren la industria cementera cerca de sus casas.

Convivencia con vecinos

Aunque la fábrica se instaló hace más de 60 años cuando no existían apenas edificaciones en su entorno, Ceisa se ha preocupado en la última década en modernizar sus instalaciones. Esta inversión ha intentado minimizar los efectos de su industria en El Pajar a pesar de las quejas de los vecinos.

La empresa ha invertido en un cambio de imagen, mejoras en los accesos a la fábrica, así como en su repercusión en el medio ambiente para reducir la contaminación y los ruidos que producen su producción. Sin embargo, la idoneidad de la ubicación después de más de seis décadas de vida y el traslado de la última gran fábrica del sur es cuestionada precisamente por la presión de la industria que dio vida, la turística.

Su traslado depende de una concesión

Durante la última década, por la incomodidad que supone para los vecinos y, sobre todo, por el potencial turístico que tiene el solar que ocupa limítrofe entre San Bartolomé de Tirajana y Mogán, se ha especulado sobre el posible traslado de la fábrica al puerto de La Luz y Las Palmas o al de Arinaga. Los planes territoriales del Cabildo de Gran Canaria contemplan la posible recuperación de ese lugar en el año 2020, cuando finalizará la concesión a la empresa Cementos Especiales de las Islas. De ejecutarse el traslado de la cementera se podría construir en el lugar un puerto deportivo que potencie la oferta turística de la playa de Santa Águeda.

De hecho, en la parcela situada más al sur de la fábrica ya hay movimientos de tierra, asfaltado, canalización e instalación del alumbrado para una futura urbanización. Mientras, los vecinos de El Pajar admiten a este periódico que, a pesar de los puestos de trabajo que genera la fábrica, la presencia de la industria cementera les incomoda por los ruidos, el trasiego de camiones y el polvo, por lo que abogan por el traslado.