Historia viva de La Graciosa

Enriqueta Romero es uno de los muchos personaje que viven en La Graciosa. Esta auténtica isleña es una mujer llena de energía que atiende aún el teléfono de su popular pensión. Enriqueta hace un repaso de su vida, de sus batallas y la época que le tocó vivir en una isla donde no se pasaba hambre, pero las cosas se tenían que hacer «de otra manera».

MARÍA JOSÉ RUBIO / CALETA DE SEBO

En la isla de La Graciosa hay una mujer que todo el mundo conoce. A sus 77 años, Enriqueta Romero ya no regenta su imperio porque «estoy jubilada», dice. Sin embargo, ha dejado a su familia un legado conseguido a base de esfuerzo en una isla donde no se pasaba hambre pero se trabajaba más. «Mi vida no fue nada fácil. No fui al colegio porque mi padre no me dejó, ya que yo era la que más le ayudaba. Con 7 años cuidaba cabras, subía y bajaba el risco para ir a Haría con el pescado fresco en la cabeza e intercambiarlo por tomates, papas o gofio. Luego, para que viniesen a buscarme, hacía fuego debajo del risco y con la señal de humo venía un barco o chalana a recogerme. También ayudaba a mi padre a transportar canto. Como las piedras pesaban mucho, las deslizaba por mi cuerpo hasta depositarlas en el suelo».

Enriqueta comenta que en aquellos años «vivíamos unas 30 personas en la isla, y venían muchos más turistas que ahora. Venían en el María del Pino, El Chipirripi y José Manuel, que eran los barcos de entonces y que ni siquiera cobraban a los turistas», explica. Recuerda la primera vez que vio a una niño « garrapateando del hambre con sus padres. Le ofrecí potaje de lentejas y papas fritas. y no les quise cobrar. Meses más tarde, me llegó un paquete de Correos con galletas, chocolate y ropa de ese matrimonio. ¡Qué alegría fue!». Más tarde «vino Jorge Toledo, que tenía como una especie de parador, y me dijo que le ayudase. Di los almuerzos en el corral de las gallinas, que luego fue el casino y la discoteca. Tenía una cocina con tres fuegos y las mesas eran las ruedas gigantes de madera de los cables. Me ayudaban a colocar las mesas los mismos clientes».

Por último, vino la pensión, ahora la segunda más antigua. Primero con seis habitaciones y actualmente con doce. «Vino Juan Rosa y me dijo que hiciera más habitaciones y el bar», y manos a la obra. «Los peones se alimentaron a base de sopa de vieja y pollo». Ahora, la gente sigue visitando a Enriqueta, preguntándole si sigue haciendo paellas. «No, mi niño, ya no», contesta.