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África y Yago dan de comer a una de las cabras. c7
Una ventana al mundo rural en La Jaira de Ana

Una ventana al mundo rural en La Jaira de Ana

Granja escuela. Una joven de Agüimes busca acercar a las familias al sector primario. Estos días organiza un campus de Navidad. Niños y niñas en contacto directo con animales

Gaumet Florido

Agüimes

Domingo, 3 de enero 2021, 00:00

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A Cira se la ve muy activa. Es de las mayores del grupo y eso se nota. Bartolo ya tiene ganas de 'desayunar'. Ella, a la que no le intimidan sus embistes, fue decidida a por la carrucha, cargada de forraje. Con ayuda de Yago, Juan y José trató de saciar su apetito. Bartolo es un macho cabrío y tiene algo de mal genio. Los niños van con precaución, pero sin miedo. Ya le han cogido el truco.

Es la hora de dar la comida a Josefina de la Torre, Lolita Massieu, Calufa o Alcancía, las cabras de La Jaira de Ana, la primera granja escuela en Agüimes. Cira y el resto de sus compañeros de faena forman parte del grupo de chiquillos que participan en el primer campus de Navidad que organiza Anabel Calderín Castro, alma mater de este proyecto, que nació casi a la par que la pandemia como fruto de un sueño de su madre, Benedicta, hace casi 20 años. Su padre. Diego, asumió la parte práctica.

Este campus, con el que colabora Social Good, es flexible y las familias han podido dejar a sus hijos los días que han querido o podido. Tienen entre 4 y 14 años, que es la franja de edades que contempla la granja para este proyecto y que se pasan la mañana en esta finca de 6.000 metros cuadrados.

Cira, José Antonoio, Laura y Óscar desayunan en un alto en las tareas de la granja. Disfrutan de magníficas vistas de Agüimes. c7

Una vez aquí no paran, siempre en grupos burbuja y respetando con celo las normas sanitarias anticovid. Anabel y su equipo tratan de que pasen unos días divertidos en contacto directo con los animales. Les limpian sus habitáculos y les dan de comer. Aprenden a valorarlos y, de paso, se acercan a la naturaleza y al mundo rural. Además de la sesión de yoga de primera hora, hacen actividades tanto relacionadas con la ganadería, atendiendo a las cabras, las gallinas, los conejos y los burros enanos de la finca, como con la agricultura.

Pero Anabel, que se formó como trabajadora social y estuvo durante años en varias ong, busca siempre un hueco para, de la mano de divertidos talleres, trabajar valores relacionados con la sostenibilidad, a través del reciclaje, la cooperación o la igualdad entre hombres y mujeres.

Óscar y Sofía, en plena faena, en uno de los talleres del campus. c7

En esta granja todos los animales son protagonistas, pero la estrellas son las cabras, las que, de hecho, dan nombre (jaira) al proyecto. Mamella, Cana y Mararía centran estos días las miradas de los chiquillos. Son los últimos baifos nacidos en la finca y también son, sin que ellos lo sepan, la prueba más palpable de la buena marcha de un proyecto que empezó a gestarse en 2002, cuando se movieron los primeros papeles.

Aunque todo se originó fruto de una necesidad, porque un hermano de Anabel no toleraba bien una proteína de la leche de vaca y un médico recomendó a su madre comprarse una cabra, esta granja surge del profundo amor a los animales de una familia que siempre ha estado muy ligada al mundo rural. Así fue como, casi sin quererlo, fue cobrando forma lo que iba a ser una granja al uso.

En esta granja niños y niñas tienen contacto directo con los animales. Cira y José Antonio se meten literalmente dentro del gallinero. C7

No ha sido fácil. Al poco de comenzar las obras llegó la crisis de 2008 y tuvieron que pararlas. Luego las retomaron en 2015 y no fue hasta 2018 cuando les llegó el último papel para ponerla en marcha. Pero otra vez se cruzó en su camino un lance fortuito. Sus padres pensaban arrendar la finca para que la explotase un tercero, pero Anabel sufrió un accidente de tráfico a finales de 2017 que le llevó a replanteárselo todo. De aquella reflexión surgió esta granja escuela y con ella, una nueva actividad de emprendeduría vinculada al sector primario. Anabel pasó dos años formándose y ahora está al frente de un proyecto que aspira a convertirse en otro motivo más para que la gente visite Agüimes y se acerque a disfrutar del campo. Ofrece visitas de dos horas a las familias en las que incluye sesiones para la degustación de productos kilómetro cero, y también organiza catas y eventos relacionados con la gastronomía local. Es una ventana ideal para reconectarse con el campo y con los animales.

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