Un okupa en el castillo que nadie quiere

Duerme en un castillo, pero no es millonario. Está de okupa, pero su casa no la quiere nadie. Y nació en la Europa de las libertades y, sin embargo, vive en la jaula de la burocracia. Kalman Racz es el único morador de la casona de San Rafael, en La Higuera Canaria, y busca con ansia un puesto de trabajo.

GAUMET FLORIDO y / TELDE

Es húngaro y lleva como tres años en España, un tiempo en Málaga, y el resto, en Gran Canaria. Aquí vino porque un amigo le habló de la Isla. De eso hace ya casi dos años. Y no quiere irse. «Esto es lo que siempre soñé», chapurrea en un español que aún no domina. Pero Kalman se ha topado con una frontera infranqueable en la Europa del espacio Shengen. Se llama NIE y viene a ser como el DNI del extranjero. ¿El problema? Que para que se lo expidan, según Kalman, le exigen tener una dirección de residencia en España.

Quizás por eso lo primero que pregunta, en un vano intento de hallar una salida a su túnel, es si alguien conoce al dueño de su castillo, que es como él llama a esta mansión abandonada, por si le dejan empadronarse aquí. No sabe que estuvo envuelta en un largo litigio judicial y que hoy tanto el Ayuntamiento como la empresa Santana Cazorla (los que la metieron en este lío por una permuta urbanística luego anulada) se han desentendido de la finca y de lo que en ella pase.

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«A veces paso miedo». La descubrió por una amiga hace tres meses y aquí se escapa de la bulla y las peleas del edificio en Santa Catalina, en la capital, que comparte con otros okupas. «Por las noches se mete gente, dan golpes, destrozan todo, pero yo salgo y entonces se van». Montó su caseta de campaña en un bajo de la casona. Allí se siente seguro. Aunque sea mientras duerme. Por el día lo abandona temprano y se marcha a la capital. «Camino 25 o 30 kilómetros cada día». Y siempre con su mochila. En ella carga con su vida. «Todo, la comida que me hayan dado, la ropa, mi documentación, aquí no dejo nada, que me lo roban». Patea y patea, pero no consigue nada. Pide ayuda y de eso sobrevive.

Pero quiere trabajar. «Sé hablar seis idiomas (los recita: húngaro, inglés, holandés, algo de belga, alemán, y español), y me gusta hacer de todo, no soy fino, señor, lo que sea». Esta coletilla, la de señor, la repite como un mantra. Su trato es cortés y sus pesares no le apagan la sonrisa. «Soy feliz, señor, solo me falta un trabajo». Y a su sueño de trabajar le falta un NIE, el suyo propio. Una trampa.