Vista parcial de la necrópolis con túmulos de Arteara, en San Bartolomé. / C7

Tumbas que hablan de los aborígenes

Arqueología. Una ponencia de Verónica Alberto en las Jornadas de Patrimonio de San Bartolomé pasea por los paisajes funerarios y por lo que dicen de los antiguos canarios

G. FLORIDO

El poblamiento o la llegada de pobladores a Gran Canaria no se produjo de una sola vez. O al menos no solo en una misma época o momento histórico. Los antiguos canarios aquí afincados recibieron varias arribadas de gentes llegadas del Norte de África, que no tuvieron por qué ser numerosas, pero sí en diferentes etapas. Esta es la hipótesis que maneja un grupo de arqueólogos canarios a partir del estudio de los distintos tipos de paisajes funerarios prehispánicos que se conservan en la isla y que ayer resumió Verónica Alberto en la ponencia que ofreció en una de las dos sesiones de apertura de las primeras Jornadas de Patrimonio Histórico que organiza el Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana.

Alberto y el equipo de arqueólogos que, como ella, están embarcados en este proyecto, que son Teresa Delgado, Javier Velasco y Marco Moreno, identifican al menos tres momentos a partir de tres categorías de paisajes funerarios: el de los primeros pobladores, que recurrían exclusivamente al enterramiento en cuevas colectivas (aunque esta modalidad nunca se abandonó del todo a lo largo del tiempo); en torno a los siglos VII y VIII, que es la época en la que están datadas las inhumaciones en túmulos, y sobre el siglo XI, en que aparecen las necrópolis en fosas y cistas.

¿En qué se basan para, a partir de los cementerios, sostener esta tesis? En dos claves. Primero, en que una necrópolis no es solo un almacén de cuerpos. Es un escenario social que aporta mucha información de cómo vivían y pensaban los allí enterrados, que no depende solo de la época en la que se haya usado, sino del tipo de desarrollo y de organización del grupo humano que lo usó. Y segundo, en que no hay una evolución progresiva de un tipo a otro de enterramiento. El cambio es tan radical que les lleva a deducir que fue el fruto de una práctica nueva introducida por pobladores recién llegados. «Los paisajes funerarios no cambian solos, cambian como reflejos de cambios de gran calado en todo el sistema social», apuntó.

Con esas premisas de partida, lo que hizo ayer Alberto en su charla 'Paisajes funerarios para conocer a los antiguos canarios' fue llevar de la mano por esas necrópolis a los presentes y a los que la siguieron vía telemática, analizar la gestión de la muerte como una práctica social y aportarles pautas para asomarles a descubrir cómo pensaban y cómo vivían las personas que se enterraban en ellos. Para hacerlo, usó como guía las prácticas funerarias a las que recurrían, la tipología de los cementerios en cuestión, dónde estaban emplazados geográficamente y su relación con los espacios de habitación, y el tiempo histórico en el que fueron usados.

Así las cosas, la modalidad sepulcral que utilizaron los primeros pobladores fue la cueva funeraria colectiva. Vivían y morían en cuevas, en zonas del interior de la isla, con una economía ganadera y de pastoreo, en grupos donde el peso de la comunidad era alto y no había grandes diferencias entre los individuos, homogeneidad que se trasladaba al mundo de la muerte. Se enterraban todos juntos, en una misma cueva.

Durante cientos de años esta es la única forma de enterramiento hasta que, a mediados del siglo VII y principios del VIII, de forma un tanto súbita, surge un nuevo paisaje funerario, el de los cementerios de túmulos, que se ubican en coladas de fondos de barranco y de la costa. La necrópolis está enfatizada. Se hace muy visible la muerte, pero no está asociada a poblados concretos, como antes, ahora las tumbas son individuales y sí hay diferencias entre ellas, por el tamaño y por el lugar que ocupan. Esto revela un cambio en la forma en que se organizaban los vivos: empieza a intuirse el auge de los roles personales.

Coexisten varios siglos túmulos y cuevas (aunque estas últimas con menor prevalencia) hasta que con el cambio de milenio, sobre el siglo XI, se produce otro cambio «rotundísimo» en el paisaje funerario. Se mantienen las cuevas, empieza el declive lento del túmulo hasta casi extinguirse y se hacen protagonistas los cementerios de fosas y cistas, sin antecedentes hasta ahora en las prácticas funerarias. Aparecen los poblados de casas de piedra, los más importantes se ubican en la franja costera, y los muertos vuelven a convivir con los vivos. «Se sitúan próximos o muy imbricados con el poblado». Y se mantienen las diferencias individuales en el enterramiento, la asimetría. Es una sociedad jerarquizada, en la que cada miembro tiene un rol y es de corte sobre todo agrícola.

Esta fue la modalidad sepulcral que existía cuando la conquista. Del enterramiento en cuevas no hay registros en el siglo XV y solo se recupera, ya como tierra conquistada, como una forma de resistencia cultural de algunos canarios. Se enterraban de forma proscrita en cuevas, como si quisieran reivindicar su identidad perdida.

«De los cambios funerarios inferimos que cambió la sociedad», apunta Alberto. Y fueron tan rotundos que les sugieren, junto a otras pistas, como los cambios en la economía y a ciertos picos en la violencia letal, que fueron el resultado de la entrada de nuevas ideas por nuevos grupos llegados de la misma zona norteafricana.