Vista de la Mesa del Junquillo. / Julio cuenca

Tras la pista de los vizcaínos que cayeron en Ajodar

Arqueología. Un proyecto halla posibles indicios de que la Mesa del Junquillo podría ser la mítica fortaleza donde se produjo la mayor debacle castellana durante la conquista de la isla

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Tejeda

Un proyecto de investigación encabezado por el arqueólogo Julio Cuenca y financiado por el Gobierno de Canarias ha descubierto ciertos indicios que podrían probar su hipótesis de que la legendaria fortaleza de Ajodar, aquella en la que los antiguos canarios infligieron la mayor derrota que sufrieron los castellanos durante la conquista, sería en realidad la Mesa del Junquillo, un imponente promontorio de paredes muy altas que cierra por el oeste la Caldera de Tejeda . Entre esos posibles indicios figurarían restos de al menos seis empalizadas de piedras, herramientas clave para una estrategia de combate muy usada por los aborígenes, y varios solapones con terrazas artificiales en el exterior, sujetas por gruesos muros de piedra, que podrían albergar numerosas inhumaciones. En todo caso, apunta este arqueólogo, el trabajo es aún muy preliminar y requeriría de una segunda fase que incluya algún sondeo o excavación.

La tesis de Cuenca se sustenta en su conocimiento del territorio y en un análisis «interpretativo y profundo» de las crónicas históricas de aquel hecho de armas, acontecido entre el otoño y el invierno de 1482. Y es que tanto la ubicación geográfica como la descripción física que de la fortaleza aparece en aquellos textos encajarían, a juicio de este experto, con este edificio geológico de Tejeda, situado entre las presas de Siberio y El Parralillo.

Primero, afirmaban que estaba como a dos leguas del punto de la costa donde desembarcaron las tropas castellanas, que llegaron por mar desde Agaete. La hipótesis de Cuenca es que el contingente entró por el puerto de La Aldea y que subió Barranco Grande arriba, hacia la Caldera de Tejeda. La Mesa del Junquillo está a 11 kiómetros de distancia de ese puerto, que son apenas 3 kilómetros de diferencia de los 8.380 metros que suman las dos leguas de las que hablan las crónicas. Y segundo, el relato de los cronistas referían la existencia de un sendero que circunda la montaña, senda que también tiene la Mesa del Junquillo.

Estas son algunas de las acumulaciones de piedras que pudieron disponer los antiguos canarios para arrojárselas a los contrincantes castellanos. / Julio cuenca

Estas son, por tanto, las premisas que de partida vinculan ambos enclaves, pero Cuenca busca evidencias sobre el terreno. Para conseguirlo, durante el tiempo que duró el proyecto recurrió al empleo de drones, realizó prospecciones arqueológicas por una parte de las vertientes norte y sur de la montaña, y también por la cima, y entrevistó a los últimos pastores que trabajaron en la Mesa del Junquillo.

Entre las pistas que siguió figuran aquellas que podrían probar uno de los episodios más conocidos de este asalto que Pedro de Vera, gobernador de la isla, organizó para liquidar uno de los focos de resistencia indígena que quedaban en Gran Canaria, concentrados todos en la Caldera de Tejeda. Uno de ellos era el liderado en la fortaleza de Ajodar por el guayre Tazarte, convertido en jefe del descabezado guanartemato de Gáldar.

Cuentan las crónicas que en la logística de aquel conflicto, los castellanos llevaron consigo precisamente al que había sido guanarteme de Gáldar, ya rebautizado como Fernando Guanarteme, asistido a su vez por 400 canarios. Con todo, para el frente de batalla recurrieron a un contingente de entre 200 y 300 ballesteros vizcaínos liderados por el contino del rey, Miguel de Muxica, que, sin embargo, fueron sorprendidos en pleno ascenso a la fortaleza donde se hallaban refugiados los canarios por un alud de piedras y galgas (teniques de gran tamaño) que sembró la ladera de cadáveres, entre ellos, el del propio Muxica. La estrategia, muy empleada entonces por los indígenas, forzó a las huestes de Pedro de Vera a salir huyendo Barranco Grande abajo, hacia el mar, no sin que antes el gobernador pidiera a Fernando Guanarteme que diese sepultura a todos los cristianos que perecieron en aquel descalabro.

Una de las cuevas del Andén de las Brujas que pudieron ser usadas como depósitos de agua fortificados. / Julio Cuenca

Por lo pronto, el equipo de Julio Cuenca cree haber dado con restos de lo que pudieron ser aquellas empalizadas que usaron los canarios para acabar con los ballesteros. «Consistían en amontonamientos de piedras de gran tamaño, llevadas a ciertos puntos, generalmente en pendiente, donde eran sujetas con estacas de madera para, llegado el momento, hacerlas rodar montaña abajo para frenar así una ofensiva del enemigo». Aunque es obvio que ya no quedan restos de las estacas, han localizado hasta seis de esas empalizadas. Cinco de estas concentraciones artificiales de grandes piedras las hallaron en la cima, en el perímetro casi siempre cerca del borde de la cúspide de la montaña . Sus ubicaciones dan a las zonas por los que se podía ascender hasta la parte superior de la Mesa.

Este hallazgo de las empalizadas permite a Cuenca mantener viva la llama de su hipótesis, pero la prueba que resultaría definitiva sería descubrir los restos de los 200 o 300 ballesteros que murieron en aquella batalla. Las crónicas no solo dejan claro que se inhumaron cerca de la fortaleza, sino que detallan que para el rito de su enterramiento, celebrado en Gáldar, se recurrió a una copia de ellos, a figurillas realizadas en barro o madera que los representaban. Este proyecto, financiado con 14.000 euros, no dio para excavar, ni mucho menos para hallar esa hipotética sepultura colectiva, pero al menos sí les permitió dar con posibles lugares de enterramiento sobre los que Cuenca propone seguir indagando. Además de hallar cuevas funerarias que podrían ser de antiguos canarios porque en superficie afloran fragmentos de esteras de junco, localizaron también solapones, que se caracterizan por tener al exterior una terraza artificial sujetada por gruesos muros de piedra, alguno de más de un metro de altura. «En esos espacios, que se ve que fueron acondicionados, podrían caber numerosas inhumaciones», apunta este arqueólogo en sus conclusiones. Si fue para ese fin, para enterrar a los ballesteros, o para otro, solo podrá saberse mediante sondeos arqueológicos.

Además, el proyecto ha permitido también constatar la existencia de «evidencias arqueológicas del que podría ser un lugar de culto y ritual en cuevas excavadas y localizadas en La Mesa de La Punta». Son las llamadas Cuevas del Andén de Las Brujas, situadas en un lugar inaccesible y con manifestaciones rupestres. También hallaron cuevas naturales retocadas, ubicadas en otro lugar inaccesible de las paredes escarpadas de la vertiente este de la Mesa y que pudieron utilizarse como graneros. Y finalmente, dos estructuras tubulares artificiales.