«No pido más, al menos tener luz»

Sandra y Antonio viven a oscuras desde hace dos años. No tienen trabajo y la única ayuda que percibe él no les da para reenganchar la electricidad en casa. El gasto supera los 600 euros.

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO

A Sandra se la ve agotada. Está harta de que su vida vaya cuesta arriba. Sin esperanzas. Sin salidas. Y lo que peor lleva, a oscuras. Sandra Vega y su pareja Antonio Batista están sin luz desde hace dos años. Y no porque dejaran de pagar los recibos, sino porque ponerle un contador nuevo a la casa en la que viven en San José de Las Longueras les sale 680 euros. «Más otros 150», apostilla rápido ella. Ha estudiado una y mil veces cómo no quedarse sin comer y afrontar ese gasto con los apenas 420 euros de ayuda que cobra su pareja y que, por cierto, se le acaban ya mismo, en unos meses. En Servicios Sociales le han dicho que no pueden ayudarles. Hay para recibos impagados, pero no para enganchar la luz.

Es viernes, 12 y media del mediodía, y mientras en el pleno del Ayuntamiento aún duraba la resaca de un tenso debate entre concejales por si aprobaban o no 162.000 euros para pagarle horas extra a los trabajadores municipales, Sandra y Antonio aún no tienen claro qué van a comer. «Nena, ¿cuánto nos quedaba?». «20 euros y pico», le responde ella. Es 22 de febrero y todavía quedan 6 días para acabar el mes. «Seguramente nos comeremos un bocadillo», apunta él, optimista. Sandra hace encajes de bolillos. Como no tienen nevera, compra al día. «A mí me dicen en el Spar que soy una clienta VIP, porque voy todos los días y me gasto 10 euros, por poco que compre, se me van 10 euros». Esa mañana compró 60 céntimos de jamón y 62 de queso. Eso desayunaron. Sandra cuenta el dinero por céntimos. No son calderilla. Ni un estorbo. Para ella es dinero.

A esta casa le quitaron el contador hace años, en 2006 o 2007. Era la vivienda familiar de Antonio y al morir sus padres quedó cerrada y abandonada. Antonio estuvo preso y salió en 2017. Como no tenían a dónde ir, volvió con Sandra a su piso de toda la vida. Con sacrificio contrataron el agua. 150 euros que pagaron en 3 plazos. El reenganche cuesta mucho menos que el de la electricidad. Es una vivienda vieja, casi nada funciona. Tampoco el baño. Se asean en una palangana. También la usan para lavarse la ropa a mano. Los muebles están ajados. Usan linternas para las noches. Y el móvil, cuando pueden ponerle saldo, les sirven para ver alguna película.

«No es verdad que en España te ayuden a reinsertarte, cuando salí de la cárcel las puertas se te cierran». Era maquinista de una conocida constructora canaria, pero la crisis lo dejó en la calle. Luego vino la cárcel. Y el túnel en el que la vida ha metido a esta pareja. Antonio no encuentra trabajo, y Sandra, con 47, tampoco. Su cara y su rictus de amargura reflejan una vida difícil. Sufrió malos tratos de una pareja anterior que le dejó dos hijos ya mayores que han hecho vida fuera de la isla. Trabajó de vigilante en la misma empresa que Antonio, que además les dejó una casa. Pero después su mundo se vino abajo. Les despidieron, pero ella aguantó en aquella vivienda. Sin un euro. Solo un techo. Se dedicó a recolectar chatarra. «Me vi hasta las 4 o 5 de la mañana, sola, en la calle», solloza. No tenía para casi nada. Vivía en el barranco de Silva e iba y venía caminando a Salto del Negro a visitar a Antonio. Él trabajaba en prisión y le daba 50 euros para que fuera escapando. Tampoco tenía luz. Sandra lleva 6 años de noches en penumbra. «Ya no puedo más, estoy cansada, solo pido luz, ya nos arreglaremos luego para pagarla». Antonio la anima. «No te me tumbes ahora, encontraré un trabajo». Fue él el que hace días vio por el barrio a la edil del PP, Sonsoles Martín, y le preguntó si era asistenta social o algo. Le contó su caso y ella lo llevó al pleno del viernes. El gobierno local pidió sus datos. Quién sabe. A lo mejor les cambia el destino.