Los falsos históricos que también son San Francisco

El origen de este núcleo data de los siglos XV y XVI, pero no todo en él, ni siquiera algunos de sus emblemas, viene de aquellas centurias. El cronista oficial de la ciudad los señala, pero advierte de que ya son parte de su identidad

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO

Un paseo por sus calles implica la sensación de un viaje en el tiempo, hacia una forma de arquitectura popular y de protourbanismo canario que se hunde en los confines del pasado. Una trama estrecha y sinuosa, sin planificación aparente, pero al mismo tiempo sin artificio, adaptada a la orografía del terreno sobre el que se asienta, y un tipo de construcción humilde, de viviendas en su mayoría bajas, albeadas, y con poca cantería son marca de la casa del que sigue siendo uno de los núcleos urbanos más antiguos de cuantos se conservan en Canarias, de entre los siglos XV y XVI. Pero San Francisco son también sus grandes cruces de madera en las fachadas, la sencilla pero icónica fuente de la plaza de su iglesia, su pavimento empedrado de canto redondo... Lo curioso es que nada de esto último estaba entonces. No era así. Ni cuando nació y era conocido como Santa María de la Antigua ni cuando tras la llegada de los franciscanos, en 1610, adoptó el nombre del santo italiano. Es a estos elementos a los que el cronista oficial de la ciudad, Antonio González Padrón, se refiere como falsos históricos. Algunos son casi una referencia en y del barrio, y han sellado su identidad paisajística, pero lo cierto es que apenas han formado parte de los últimos 150 años de su historia.

Entre los que más llaman la atención figura, por ejemplo, la fuente de la plaza de San Francisco, diseño del teldense José Arencibia Gil. Es muy reciente, apenas de 1967, y sin embargo hoy casi nadie concibe este rincón urbano que data del siglo XVII sin esa referencia central. Tampoco responde al original la empalizada de madera que cierra por el naciente este emplazamiento público al que se abre la iglesia de San Francisco. Durante siglos hubo un muro, pero al mismo Arencibia Gil de la fuente, un artista plástico de primer orden enamorado de este enclave, se le ocurrió abrir un poco la plaza a lo que en tiempos fue la huerta-jardín del antiguo convento de los franciscanos. Aquella feliz iniciativa, adoptada en la segunda mitad del siglo XX, dio aire a este entorno arquitectónico y, como también advierte González Padrón, hizo posible que desde este punto se pudieran contemplar las torres de la basílica menor de San Juan.

Otra característica de San Francisco son las tapias almenadas que dan un acabado de fortaleza a la parte superior de muros y viviendas. «Había almenas, pero en el 60% de las edificaciones donde hoy pueden contemplarse son nuevas, han sido construidas o levantadas desde los años 30 hasta la actualidad», apunta el cronista de Telde, que además de historiador, es vecino del barrio y que todos los años organiza un recorrido histórico-artístico por sus calles con motivo de las fiestas patronales. El de esta edición lo dedicó precisamente a estos falsos históricos.

¿Y qué mayor icono de este antiguo entramado urbano que el llamado Árbol Bonito, un valor seguro en cualquier postal que quiera venderse de San Francisco? Pues no lo verá en ninguna foto anterior a los años 30 del siglo XX. Para empezar, el árbol es un impresionante y monumental laurel de Indias que fue plantado por una vecina entre los años 1937 y 1938. Le ayudaron dos residentes más. Hoy es un referente visual en un estratégico punto donde confluyen cinco calles. ¿Y el pequeño altar o crucero de terracota color amarillo que descansa junto a él? Es incluso más reciente, de mediados de los años 60 del siglo XX. Hoy no se concibe uno sin el otro. Se complementan en este rincón. Lo diseñó Arencibia Gil, lo empezó a esculpir otro teldense, Plácido Fleitas, y lo acabó el aruquense José Luis Marrero.

Pero hay otro tipo de falsos históricos. Son aquellos que sí existieron hace siglos, pero que desaparecieron y han sido recuperados para que no se pierdan en el olvido. Entre los más llamativos están las cruces de madera. Las hubo desde antaño. Durante siglos sirvieron para orientar el camino del Vía Crucis que organizaban los franciscanos en el barrio. Sin embargo, todas, menos dos, desaparecieron. La mayoría, según el cronista, fueron retiradas en tiempos de la segunda república española. Una escuela-taller municipal entre los años 2000 y 2002 las hizo nuevas y las devolvió a sus emplazamientos de siempre. Y un último ejemplo son las monteras. Eran unos escalones adosados a las fachadas para que las señoras pudieran subirse con comodidad a los caballos o burros. No quedaba ninguna, pero a finales del mandato anterior, en 2014, se reconstruyeron cinco.