En la imagen, Lorenzo Pérez durante su charla en el IES Ingenio. / Arcadio Suárez

Aplastó el bicho y se hizo la magia: un rojo carmín que tiñó su piel

Cochinilla. El emprendedor Lorenzo Pérez enseña el insecto y el colorante que se extrae de él en institutos de Ingenio. Busca divulgar un cultivo con gran potencial en Canarias

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Ingenio

Les pasó un bote lleno de unas bolas de color grisáceo y como peludas. Las miraron con cierta curiosidad. Antes se las mostró adheridas a una penca de tunera. Son insectos, les había explicado Lorenzo Pérez, un señor que les vino a dar una charla al IES Ingenio sobre la cochinilla. Unos solo miraban. Otros daban un paso más y se aventuraban a tocar una de esas bolas, pero tampoco sin mayor entusiasmo. Hasta que el profesor, Manuel Álvarez, se dio cuenta de que sus alumnos tampoco tenían muy claro cómo se sacaba de aquellos bichos el tinte del que les estaba hablando el ponente. ¿Podemos aplastar una para que vean en qué consiste?, le preguntó el docente. Y Lorenzo usó la palma de su mano como lienzo. Cogió una, la apretó y la extendió. Se hizo la magia. De aquella bola anodina brotó un líquido color carmín que vistió de rojo su piel.

Hasta aquel momento Lorenzo Pérez, gerente de Canaturex, empresa especializada en la producción de cochinilla, había dado por hecho que los escolares de aquella clase de 4º de la ESO compartían ese legado de memoria colectiva vinculada al mundo agrícola en el que se crio él y la mayor parte de su generación. Pero varios de aquellos adolescentes de entre 14 y 15 años no habían visto en su vida ese bicho, no sabían que parasita las pencas de las tuneras ni que de su cultivo, o de su cuidado, se extrae un colorante natural que, por cierto, hasta que lo desplazaron los de tipo sintético, dio de comer a miles de familias canarias durante buena parte del siglo XIX, cuando se exportaban miles de kilos desde las islas, pero también durante parte del XX. «Seguro algunas de sus abuelas llegaron a usarlo como carmín para los labios», les contó Lorenzo. «Mi abuela se lo ponía directamente».

Los labios no se los pintaron, pero sí pudieron comprobar de la mano de este profesional algunas de sus múltiples aplicaciones. Aparte de usarse como colorante alimentario, como ingrediente cosmético o como tinte para telar, también sirvió para fabricar colores para pintar. No en vano, les contó que muchos tonos del rosa al púrpura de los cuadros que cuelgan del Museo del Prado salieron de este insecto. Y comprobaron esa utilidad con sus propias manos. Ayudados por reactivos naturales como ácido cítrico, bicarbonato o sulfato de hierro le cambiaron el PH al carmín de la cochinilla y sacaron una amplia gama de colores, desde el naranja al negro, con los que hicieron prácticas de acuarela.

La experiencia de Lorenzo Pérez en estas primeras sesiones de su masterclass sobre la cochinilla ha venido a probar la necesidad de que las administraciones públicas impulsen la divulgación de una actividad que puede convertirse en un nicho de empleo y de emprendeduría de cara al futuro, ahora que se reivindica la vuelta al producto natural. Las bases están puestas. No en vano, Canaturex logró que la cochinilla canaria se convirtiera en el primer tinte natural del mundo con denominación de origen protegida, sello de calidad del que tampoco, por cierto, habían oído hablar nunca mucho de los alumnos. Precisamente para romper esta inercia, el Ayuntamiento de Ingenio llegó a un acuerdo con Lorenzo Pérez, que tiene su cultivo de tuneras en este municipio, para acercar a los escolares esta curiosa gama de la ganadería canaria. Primero le tocó varios días en el IES Ingenio, con 162 alumnos de 4º de la ESO, 1º y 2 º de Grado Medio y 1º y 2º de Bachillerato. En 2022 seguirá con centros de Carrizal. Queda mucho, pero el caso es sembrar la semilla.