Miguel Pérez.

In memoriam: profesor señor Pérez

José Juan González Batista y Alicia Salmah Díaz son padres de los ex alumnos del Colegio Heidelberg, José Juan y Jaime

JOSÉ JUAN GONZÁLEZ BATISTA

Como se fue el maestro,/ La luz de esta mañana / Me dijo: Van tres días /

que mi hermano Francisco no trabaja.

(Antonio Machado).

A lo largo de mi vida y más ahora en la senectud, he venerado esta suerte de trilogía de menesteres: políticos, empresarios y maestros. Ellos son, en mi parecer, los pilares de la sociedad y, sin ellos, no es hay «proyecto sugestivo de vida en común».

Excluidos los pestilentes sucedáneos suplantadores de estas tres especies, es a estos vocacionales, los auténticos, a los que todos les debemos todo. L a política hace posible lo necesario; la iniciativa empresarial encauza el trabajo en comunidad para el logro del bienestar social; los maestros -en su más amplio espectro pedagógico- constituyen la columna vertebral que sustenta la convivencia social en paz y felicidad.

Hoy toca hablar de estos últimos, hoy toca hablar de Orencio Miguel Pérez Alonso, un recio castellano que aterrizó felizmente por estas tierras y aquí plantó su vida, escribió el libro del amor en estas Islas y formó familia con su esposa Victoria Ferreras, compañera en la casa y en la escuela, madre ejemplar de Minerva y Victoria, compañeras de pupitre de mis hijos y orgullo de sus padres por su recíproca entrega a ellos y sus sólidos fundamentos morales y profesionales . «De casta le viene al galgo», buen trabajo el de Miguel y Victoria, como pudimos constatar el pasado jueves los que acudimos a su funeral en nuestra Parroquia de San Francisco de Asís. La brillante oración civil pronunciada desde el estrado por Minerva y el abrazo filial de consuelo de Victoria a su madre durante toda la ceremonia, lo dicen todo.

El sábado anterior charlé cara a cara con Orencio Miguel Pérez Alonso por última vez. Hago aquí un inciso para aclarar de mi amigo Miguel que desconocía su nombre de Orencio, jamás se lo oí decir a nadie que me hablara de él; debía ser que se lo reservaba para uso personal y en la más estricta intimidad, como el otro el catalán.

Pues bien, tal como citaba, topé con él, cosa frecuente pues ambos éramos convivientes y paseantes de los mismos aledaños. Hablamos una vez más «de la mar y de los peces»; de la escuela y D. Joaquín Costa; de los hijos de nuestros hijos, que son los nietos; de las figuritas que íbamos coleccionando con la edad: diabetes, tonturas, dolores múltiples y variados por todo el cuerpo; de los amigos comunes postrados o caídos en combate; y todo con el animus jocandi que a ambos nos caracterizaba, pues «para amarguras, con las que da la vida basta». Abordado este cambio de impresiones, cada mochuelo a su olivo: encomiendas de nuestras santas (de chicos llamados 'mandaos'), entrega y recogida de nietos y otras obligaciones propias de nuestro estatus de 'jubiletas'.

El martes lo visité por última vez. En su despedida Miguel dibujaba sus rasgos de hombre, en el buen y poético sentido de la palabra, bueno. Aproveché para reiterarle mi gratitud por el trabajo de tutor que hizo con mis hijos dentro de la comunidad escolar de nuestro querido Heidelberg. Su rostro envuelto en lino que no tosco sudario, exhalaba la serenidad del hombre que deja este mundo con la santidad del deber cumplido: f iel esposo, generoso padre y ejemplar maestro de generaciones de profesionales hoy integrados en la sociedad isleña.

Aprovecho este diálogo para recordar nuestro Colegio, a sus compañeros de oficio, que a todos ellos cito encarnados en tus hermanos Alejando y Bárbara, en Victoria, tu compañera en la vida y en la escuela, y en tu alma gemela Miguel Solaesa. Todos ellos para mí muy queridos pues los tuyos son los míos en esta hora y para siempre.

En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería. ¡Compañero del alma, compañero!