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La Sorrueda se encoge, de presa a charco

Ayer llovió, y el jueves también, pero aún no lo suficiente. La presa de Tirajana es una simple charca. Hace más de un año que los agricultores no prueban su agua. Y la Gran Canaria turística se queda, por ahora, sin una de sus postales más icónicas.

Gaumet Florido y Santa Lucía de Tirajana

Jueves, 1 de enero 1970

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borja suárez

La presa, en datos

Esta singular obra de ingeniería hidráulica fue construida entre 1966 y 1974 con materiales sueltos y núcleo de arcilla. Ocupa 18 hectáreas y su capacidad es de 3,1 hectómetros cúbicos. El muro, de 160 metros de largo, tiene una altura de 74 metros sobre los cimientos y 44 sobre el cauce.

La presa de Tirajana da pena. Está vacía. O casi. Se parece más a una charca que a un embalse. Sus agricultores la lloran. Hace más de un año que no riegan de sus aguas. El líquido que le queda almacenado no llega siquiera a la altura de la bomba que la extrae para canalizarla a las tierras de cultivo de la zona. Pero tampoco viste ya tan bien en las fotos de los turistas, antaño seducidos, cuando tenía agua, por aquella piedra que emergía, casi en el centro y a modo de isla, sobre una laguna verde rodeada de palmeras. Tantos meses de sequía ha roto la magia de la postal y ha convertido la isla imaginada en un vulgar puente de tierra y piedras que acaba en un roque que se antoja desnudo.

La estampa encoge el alma casi tanto como lo ha hecho la presa, menguada y como asocada al pie de la singular escollera de roca natural que le hace las veces de muro. Allí se quedó su reducto de vida, al menos, aunque sea así, apta para la rica variedad de aves que han hecho de este embalse su propio paraíso. Pero a los ojos de la costumbre, de aquellos que no solo la visitan cuando se llena, sino que la usan para regar sus tierras, el drama no es nuevo. Juan Bolaños, profesor jubilado, amante de la historia y vocal de la Heredad de Aguas de Acequia Alta de Sardina del Sur, advierte de que no es ni mucho menos la primera vez que la presa está tan seca. Es más, apunta que los más de 300 partícipes de la heredad han terminado por acostumbrarse a estos ciclos de alzas y bajas del embalse.

La presa se terminó en 1974 y desde entonces, subraya, se repite la historia. «Tenemos cuatro años buenos, con agua, y tres muy malos». Los registros medidos de su primera etapa, entre 1974 y 1991, cuando estuvo bajo la gestión del Cabildo, revelan una aportación media anual de la cuenca a la presa de 0,74 hectómetros cúbicos, es decir, 21.000 horas de agua. «Y desde su construcción se ha rebosado cuatro veces, en 1979, cuando registró su mayor entrada de agua, 6,9 hectómetros cúbicos (la presa tiene capacidad para 3,1), en 1991, en 2005 y en 2010», señala Bolaños. Ahora les ha tocado vivir la fase baja del ciclo.

Desde 1991 la gestión, y la propiedad del embalse, la comparten la heredad de Acequia Alta, a la que pertenece Bolaños, y la de Aldea Blanca, aunque esta última solo tiene tres partícipes, los herederos del Condado de la Vega Grande. El caso es que ni unos ni otros pueden beneficiarse ya de sus aguas. No por ahora. Es más, las tierras de Sardina y su entorno sobreviven gracias a las aguas desaladas que les suministran la Mancomunidad del Sureste. En 2015 recibieron 77.217 metros cúbicos, y en 2016, 44.247.

Pero no es la sequía el único problema que lastra el futuro próximo de la presa de Tirajana. Hay otro, y grave. El abandono del bonito palmeral que la rodea. Alberga dos núcleos con 2.431 ejemplares, según el último censo oficial, con una altura media de 8 metros, que le han hecho merecedor de protección como Hábitat de Interés Comunitario de la Red Natura. Doctores tiene la iglesia, pero no parece que la alfombra de hojas secas que sepultan su suelo sea, precisamente, garantía de su conservación.

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