13 familias llevan 18 meses sin agua ni luz

Están desesperados. «Ya no puedo más», llora Vanessa Carmona. Le duele por ella, pero sobre todo le duele su hijo, de 10 años. Lleva 18 meses de okupa en un piso de Ingenio en el que no tiene agua ni luz. Su hermana Miriam la escucha y le apostilla. «Mis hijas me dicen: sácanos de aquí». Piden una vida digna.

GAUMET FLORIDO | INGENIO

Vanessa, de 32 años, no percibe ningún tipo de ingreso. A Miriam, de 26, la contrataron gracias a un convenio laboral. Cobra 600 euros. Una ayuda, admite, pero no lo suficiente como para salir del infierno. «Quiero una casa digna para mis niñas, con este sueldo y este plazo no me puedo ir de alquiler a ningún sitio. ¿qué hago dentro de seis meses? ¿dejo de pagar para que me echen?», se lamenta. Para colmo, sobre ellas pende la espada de Damocles del desahucio. A Vanessa ya le cayó sentencia, pero ha ganado tiempo. Ha recurrido. No sabe cuánto le queda dentro.

Las dos mantienen solas a sus hijos. Y las dos comparten caja de escalera con familias en similares condiciones. A todos ellos, todos de etnia gitana, no les quedó otra que entrar a okupar dos bloques de pisos deshabitados en la calle Pablo Neruda, junto al centro de salud de Ingenio. Son de la Caixa, que tramita sus desalojos. De las 9 viviendas de uno, están okupadas 8. Una ya fue desahuciada semanas atrás. Y de las 6 del otro, hay 5 con familias dentro. Por haber, hay hasta bebés, de 3 y 19 meses, los hijos de Esther Molina Heredia.

«Empezaron a meterse en estos edificios para desvalijarlos, y algo se llevaron, cables y hasta piezas de los baños, pero entramos nosotros y pararon los robos», se explica Gaspar Santiago. Su mujer sufre trastorno bipolar y tienen una hija en común, de 17, que también vive en estas condiciones. Su caso personal no es menos dramático. Está ostomizado (vive con una bolsa que recoge sus heces) y la higiene que precisa no es fácil en una casa sin abasto público. Su vecina Isabel tiene dos críos, y los dos con dermatitis atópica.

Grupo de afectados. /

«Somos okupas, pero no somos animales, a los perros en el albergue les dan agua y comida, y tienen luz, ¿por qué a nosotros no? solo pedimos una casa de alquiler que podamos pagar», apostilla Miriam, que antes de aquí vivió en un albergue de Melilla para mujeres víctimas de violencia de género. La escucha Encarnación Ángeles Molina, que suelta indignada: «¿Sabes por qué estamos así? Porque somos gitanos, por eso..., pero que sepan en el Ayuntamiento que tenemos los mismos derechos que el resto de los canarios, yo soy canaria, de 56 años, de Tenerife, pero me crié en Carrizal, ¡somos seres humanos!», grita.

Para suplir la falta de luz se ayudan de linternas de pared que van a pilas. Y el agua la piden a los vecinos o la cogen prestada. «Le pedimos una cuba al Ayuntamiento y nos la denegó, así que estamos yendo a cogerla a una obra municipal». En el portal del edificio conservan un carro de la compra repleto de garrafas. En sus casas las tienen por decenas. A Miriam se le saltan las lágrimas. «Mi niña salió del cole llorando el otro día; sus amigos se rieron de ella por no tener agua ni luz».

La edil de Servicios Sociales, Elena Suárez, deja claro que el Ayuntamiento hace todo lo que puede, por normativa y recursos, para ayudar a estas familias, y subraya que la solución no puede ser colectiva. Y niega tajante la discriminación. «La comunidad gitana está muy integrada».