Jonathan, Will, y Mike, gritando aterrorizados.

'Stranger Things' se aferra al terror

El primer volumen de la cuarta temporada hunde sus raíces en cintas como 'Pesadilla en Elm Street' para dar continuación a una historia de amistad y madurez que ya se acerca a su final

Iker Cortés
IKER CORTÉS Madrid

Decía Charlie Heaton la pasada semana cuando visitó España para presentar la cuarta temporada de 'Stranger Things', que si la primera era un homenaje a películas como 'Los Goonies' o 'Cuenta conmigo', esta nueva entrega se mira en 'Pesadilla en Elm Street'. Es un resumen perfecto.

'Stranger Things' nunca ha sido de ocultar sus referencias. Es más, a menudo la exhibición y exposición de música, vestimenta, juguetes y cachivaches de los ochenta estomagaba por excesiva, como si los creadores estuvieran enseñando al espectador un álbum de cromos en el que reconocer su infancia o, mejor dicho, la infancia que mamó a través de películas como 'E.T., el extraterrestre' o 'El secreto de la piramide'. Y en ese sentido es justo señalar que los hermanos Duffer, creadores de la ficción, no parecen ya tan obsesionados con completar ese catálogo de la cultura ochentera. Si bien las referencias siguen ahí, ya no actúan solo como guiños, sin ton ni son, sino que tienen un sentido.

La nueva temporada de 'Stranger Things', organizada en nueve episodios, llega divida en dos partes. La primera, con siete capítulos, se estrenará este viernes, 27 de mayo; mientras que para la segunda, con los dos restantes, habrá que esperar hasta el 1 de julio. La serie ha sido ya noticia, antes incluso de su estreno, por la duración de sus episodios -el último capítulo llega a las 2 horas y media, pero es que la mayoría están por encima de la hora y cuarto-. En resumen, son más de doce horas de temporada. ¿Se nota? La respuesta corta es que sí. La serie se toma más tiempo para perfilar a sus personajes, aunque no siempre lo hace bien -sorprendentemente, algunos de ellos están tan desdibujados que casi no tienen razón de ser, como luego veremos-, desarrollar los diálogos y potenciar la atmósfera de misterio. Y sí, también hay cierta sensación de que se han estirado las tramas, pero hay un punto que juega a favor del exceso de metraje: hacía tres años que el público no lograba conectar con los chavales de Hawkins, que estrenaron su última temporada en junio de 2019. Así que lo más seguro es que las ganas puedan con esta terrible tendencia que de un tiempo a esta parte se vive en la industria audiovisual.

Separados

Comienza el primer volumen de la nueva entrega de 'Stranger Things' seis meses después después de la batalla en el centro comercial de Hawkins, que tanta destrucción y terror trajeron a esta localidad de Indiana y que acabó con la muerte del hermano de Max (Sadie Sink). Por vez primera, el grupo de amigos está dividido y, de la misma forma, las tramas también lo están. Once (Millie Bobby Brown), que ya no tiene poderes, y la familia Byers han abandonado Hawkins y se han trasladado a Lenora Hills, en California. Allí la joven trata de pasar desapercibida bajo el nombre de Janet, junto a Will (Noah Schnapp), Jonathan (Charlie Heaton) y su madre, Joyce (Winona Ryder), que se gana la vida vendiendo enciclopedias por teléfono. Pero a Once la realidad del instituto no se lo está poniendo fácil. Algunos de los estudiantes la tienen tomada con ella y vuelca sus esperanzas en las vacaciones de primavera, donde después de varios meses por fin podrá ver a su novio Mike, con quien se cartea a menudo.

Arriba, Dustin, Steve, Robyn y Max; debajo, Eddie y Once.

En Hawkins, en cambio, las cosas siguen más o menos igual. Los pequeños Mike (Finn Wolfhard) y Dustin (Gaten Matarazzo) ya son todo unos adolescentes y están inmersos en una gran partida de rol a 'Dragones y mazmorras' que está dirigiendo Eddie, un excéntrico repetidor de curso, al que da vida Joseph Quinn, que, además de tocar en una banda de rock, trapichea con drogas. Lucas (Caleb McLaughlin), por su parte, ha entrado a formar parte del equipo de baloncesto del instituto y parece cada vez tener menos tiempo para sus viejos amigos. Sumida en el luto está Max, la que fuera su ex. Rota por la muerte de su hermano, se apoya en la música de su walkman para pasar unos días que cada vez se le hacen más cuesta arriba. Tampoco pasa por su mejor momento la relación a distancia que mantienen Jonathan y Nancy. No se verán en primavera porque ella tiene que trabajar y él debe cuidar de su familia y está esperando la carta para ver si es admitido en la universidad. Mientras tanto Steve (Joe Keery) y Robin (Maya Ray Thurman-Hawke) siguen trabajando en el videoclub; el primero, con una intensa vida sexual; la segunda, con dificultades para entablar una relación con alguien de su mismo sexo a la que ya ha echado el ojo.

Así están las cosas cuando comienza la nueva entrega de la serie, ambientada en 1986, que vuelve a tomar a Hawkins como epicentro del horror. La referencia más clara aquí, insistimos, es la de 'Pesadilla en Elm Street', aunque también hay guiños a otros slashers de terror de los ochenta como 'Halloween' o 'Viernes 13'. Pero es en la obra de Wes Craven en la que los hermanos Duffer parecen mirarse con fruición y no solo porque Robert Englund, el actor que dio vida a Freddy Krueger en ocho películas y una serie de televisión, tenga un papel en el reparto, sino también por el contexto y la forma en la que fallecen las víctimas, en algunos casos casi calcadas. A Craven se le ocurrió la historia después de leer en el periódico que varias personas habían fallecido en extrañas circunstancias mientras dormían e imaginó a una suerte de hombre del saco que mataba a sus víctimas en sus sueños. Le puso nombre, unas cuchillas en la mano derecha, un jersey y un sombrero roídos y lo imaginó con la cara y el cuerpo desfigurados por un incendio.

Más oscura y terrorífica

En Hawkins también hay un hombre del saco que, además de garras, tiene tentáculos y se aprovecha del oscuro pasado de sus víctimas para acecharlas hasta que ya es tarde. Primero llegan las migrañas y las noches en vela, después las alucinaciones y finalmente las pesadillas. Como hacía 'Pesadilla en Elm Street', 'Stranger Things' juega a mezclar realidad y ensoñación, en una marcha más baja, claro, para infundir desconcierto entre los espectadores, que no saben bien qué es real y que no. Incluso musicalmente, las notas de los sintetizadores se acercan a la música entre infantil y chirriante que Charles Bernstein compuso para la película de Wes Craven. Se alimenta así la entrega más oscura y terrorífica de la serie. No aterra, pero los más proclives al susto y al miedo lo pasarán un poco mal. Pese a ello, sigue habiendo espacio para la fantasía, las aventuras y el humor, esta última faceta está muy personificada en la trama que protagonizan Joyce y Murray, que seguirán una pista que apunta a que Jim Hopper (David Harbour) podría estar vivo. La cuarta es también la entrega más cruda y visceral. Arranca con un reguero de niños muertos y cuenta con algunas secuencias violentas que la alejan de lo que en principio debería ser una serie familiar.

Arriba, Joyce y Murray; debajo, el actor Robert Englund y el hombre del saco de Upside Down.

Pero lo más sorprendente de estos nuevos episodios de 'Stranger Things' es su gran factura técnica y su exquisitez visual. La fotografía de esta nueva temporada es la más cinematográfica de todas y raya lo sublime, al igual que los contundentes efectos especiales. A ello ayudan, sin duda, las variadas tramas ambientadas en distintas localizaciones geográficas, pero también la buena planificación detrás de unas secuencias de acción, con tiroteos y fugas de lo más espectaculares, más dinámicas y mejor escogidas. Los treinta millones que el Wall Street Journal dice que ha costado cada episodio se notan, vaya.

No está, eso sí, exenta de fallos. De su excesivo metraje ya hemos hablado, pero quizá lo más grave es que uno tiene la sensación de que no saben qué hacer con tantos personajes. Once y Mike siguen siendo los grandes protagonistas, pero en esta ocasión Nancy se planta como el motor principal de la investigación para tratar de frenar a este particular hombre del saco. Resulta también interesante el duelo por el que pasa Max que, al igual que Lucas, se está alejando de sus amigos, o la excelente pareja cómica que siguen formando Steve y Dustin -es increíble lo buenos actores que son Joe Keery y Gaten Matarazzo-. Sin embargo, al menos en los seis primeros episodios de la temporada, cuesta encontrar la razón de ser de Jonathan, Will o Robyn... ¡Si hasta Eddie, que es nuevo, tiene más relevancia! Nada que ver con Argyle, el nuevo amigo de Jonathan, aún menos interesante que este.

Once, acompañada de Will, Mike, Jonathan y Argyle.

Así las cosas, 'Stranger Things' ha optado por acercarse más al terror y al miedo para seguir tratando temas que ya se habían tocado en anteriores entregas como la amistad, el paso de la niñez a la adolescencia, la pena o el luto. Al mismo tiempo, la serie habla de asuntos que preocupan y afectan a los jóvenes y no tan jóvenes como el bullying, las relaciones a distancia, las cargas del pasado, los prejuicios e, incluso, la necesidad que todos tenemos a veces de construir una realidad alternativa e idílica -¿alguien dijo redes sociales?- frente al terrible día a día. Un día a día donde el villano no es un monstruo, sino el capitán del equipo de baloncesto o la pandilla de mocosas de la clase. No nos acordábamos de lo mucho que la echábamos de menos.

El primer volumen de la cuarta temporada de 'Stranger Things' estará disponible el 27 de mayo en Netflix.

Vídeo. El tráiler de 'Stranger Things'.