Jeffrey Epstein, en una fotografía, junto a una de sus víctimas.

'Jeffrey Epstein: asquerosamente rico', retrato de un depravado sexual

La nueva serie documental de Netflix, disecciona la figura del millonario pederasta a través de los testimonios de sus víctimas

Iker Cortés
IKER CORTÉS Madrid

El 10 de agosto de 2019, Jeffrey Epstein aparecía muerto en su celda. El magnate de 65 años había anudado una sábana a su cuello, la había atado a la cama y, arrodillándose, había echado todo el peso hacia delante hasta romperse el cuello. Con su suicidio, se las arreglaba de nuevo para no hacer frente a las consecuencias de sus depravados actos, una posible pena de hasta 45 años de cárcel por traficar y abusar sexualmente de cientos de mujeres, en su mayoría menores, desde mediados de los noventa.

Ahora, 'Jeffrey Epstein: asquerosamente rico' (Netflix) repasa los atroces hechos de un depredador sexual, dando voz a decenas de víctimas que detallan su escalofriante 'modus operandi', desvelando por el camino una trama de corrupción que permitió al millonario burlar la ley durante años.

Estructurado en cuatro capítulos de una hora de duración cada uno, el serial comienza con una investigación, la que realizó la periodista Vicky Ward en 2003 para 'Vanity Fair'. Jeffrey Epstein era entonces un atractivo y misterioso soltero de Nueva York, propietario de lujosas residencias en Palm Beach, Nueva York y París, así como una isla de 30 hectáreas en el Caribe. Rodeado siempre de guapas mujeres, la publicación quería saber cómo había hecho una fortuna tal que le permitía costearse aviones y helicópteros privados y codearse con personalidades como Bill Clinton, Donald Trump, Kevin Spacey o Harvey Weinstein. En sus pesquisas, Ward dio con algo mucho más truculento. Maria Farmer, una artista, había sido violada por el millonario.

Farmer había conocido a Epstein y a su pareja, Ghislaine Maxwell, en una exposición en la que les vendió dos de sus cuadros. Dos meses más tarde, el magnate le ofreció trabajo como encargada de la puerta de su apartamento en Nueva York. Recibiría a los invitados y al mismo tiempo la pareja cubriría sus necesidades para que ella pudiera dedicarse a su pasión, la pintura. Hasta que un día, con la excusa de necesitar un masaje, fue abusada sexualmente, una actividad en la que Maxwell, según muchas de las víctimas, participaba frecuentemente -ella siempre ha negado conocer estos hechos-. Ni qué decir tiene que el artículo jamás se publicó. Aquello, sin embargo, solo era la punta de de un iceberg que el documental va desvelando de forma algo caótica, con saltos constantes en el tiempo.

Dirigido por Lysa Bryant, gran parte del metraje centra su atención en los hechos acontecidos en la mansión que Epstein tenía en Palm Beach. Con la colaboración de tres personas que servían como gancho, el pederasta recibió en casa a cientos de menores, normalmente de familias desestructuradas y con problemas económicos, para que le hicieran masajes a cambio de 200 dólares. Lo más sorprendente es que logró levantar una estructura piramidal en la que las propias víctimas iban llevando a amigas y conocidas a la vivienda. Lo que empezaba como un masaje, acababa con el millonario masturbándose, realizando tocamientos o, en el peor de los casos, penetrando a las menores.

Maria Farmer, en la fachada del apartamento que Epstein tenía en Nueva York.

Por la pantalla desfilan los testimonios incómodos de víctimas que aún no lo han superado lo que sucedió e imágenes del archivo de la Policía, que contrastan con las fotografías un Epstein ajeno a cualquier riesgo, rodeado de lujo y dando fiestas con invitados como Woody Allen o el príncipe Andrés que, acusado también de haber abusado de una menor, acabaría ofreciendo una entrevista a la BBC, ciertamente embarazosa, para tratar de lavar su imagen. Y se suceden casos escalofriantes como los de Haley Robson, que con 16 años llegó a llevar hasta a 24 jóvenes a la mansión, o Courtney Wild, que con 14 años convenció a entre 40 y 60 chicas.

La directora bucea en los orígenes de un estudiante brillante con tendencia a salirse con la suya. Tanto que, antes de adentrarse en el mundo de las finanzas, falsificó su currículo y estuvo dando clases en un colegio sin haber acabado carrera alguna. Timador y farsante, Epstein sabía leer a las personas y tenía una retórica y un carisma tales que empresarios como Leslie Wexner, dueño de firmas como Victoria's Secret, ponían sus cuentas financieras a su servicio.

La serie desgrana también un trabajo policial que se dio de bruces numerosas veces contra el poder, representado Alexander Acosta, por aquel entonces fiscal general de EE UU, que consiguió que el pederasta se escabullera de una acusación de tráfico sexual a cambio de 18 meses de cárcel. En este sentido, resulta escalofriante cómo, tras unos meses en prisión, recuperó fácil y rápidamente su antiguo estatus social. Hubo que esperar al #MeToo y a que Acosta fuese secretario de Estado de Trabajo, para que el caso se reabriera y Epstein acabara entre rejas. Dos días antes de suicidarse, movía todo su dinero a las Islas Vírgenes para complicar las compesaciones económicas a las víctimas, una prueba más de que no tenía remordimiento alguno.

'Jeffrey Epstein: asquerosamente rico' está disponible en Netflix.

Vídeo. El tráiler de la serie documental.