La actriz Rosa María Sardá, fotografiada en 2017. / Javier Cebollada

Muere Rosa María Sardà, cómica genial y ciudadana libre

La actriz fallece a los 78 años en Barcelona tras seis años luchando contra el cáncer | El cine, el teatro y la televisión se rindieron a una intérprete que demostró su compromiso cívico fuera de los escenarios

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Rosa María Sardà patentó fuera de los escenarios una actitud que bebía a partes iguales del descreimiento y el sarcasmo. Cuando un periodista trataba de hacerle alguna pregunta pretendidamente incisiva, la actriz le hundía en la miseria. Nadie le daba lecciones de desparpajo a una diva del teatro, el cine y la televisión, que en los últimos tiempos nunca se quitaba las gafas oscuras. «Me las pongo antes que las bragas», aseguraba para desarmar al entrevistador. La Sardà, que primero nos hizo reír en televisión antes de descubrir que podía hacernos llorar, rebajó el ritmo de su oficio hace seis años, cuando tenía 72, para luchar contra «el bicho», como llamaba ella al cáncer. «Yo no lucho contra nada, no se lucha contra el cáncer, el cáncer es invencible», confesaba a Jordi Évole el pasado mes de abril en una de sus raras entrevistas televisivas. «Es una cuestión de que los que se ocupan de ti tengan más o menos tino al programar unas ciertas medicaciones. No se trata de una lucha porque el cáncer siempre gana. Siempre».

Por desgracia, la actriz, showman, presentadora, cómica y artista total tenía razón. La Academia de Cine informaba hoy de su fallecimiento en Barcelona a los 78 años. El cine y el teatro catalán no se entienden sin Rosa María Sardá, que trabajó a las órdenes de directores como Fernando Trueba, Fernando Colomo, Ventura Pons, José Luis García Sánchez, Luis García Berlanga y Pedro Almodóvar. La mejor maestra de ceremonia de la historia de los Premios Goya (la condujo en tres ocasiones: 1994, 1999 y 2002) ganó dos estatuillas como mejor secundaria por 'Sin vergüenza' y '¿Por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo?'. Jamás repasaba ninguna de sus películas o series: «Es como las fotos: siempre falta alguien o piensas que ojalá estuvieras como estabas entonces», justificaba. Antes de que su adorado Ventura Pons la reclamara para 'El vicario de Olot', ya era una estrella de los escenarios barceloneses y había aparecido en el mítico 'Estudio 1' de Televisión Española.

Su padre fue un campesino que emigró a Cataluña y acabó de transportista de bidones químicos. Antes hizo la guerra como sanitario en el lado republicano. Su madre fue costurera y después enfermera. Una familia roja y humilde que crió a su prole con los curas del barrio jugando con pelotas de trapo. Ella fue la mayor de los cinco hijos que tuvo la pareja: Santiago, escenógrafo; Federico, empresario; Xavier, el popular periodista y tertuliano; y Joan, que murió de sida en los albores de la epidemia. Su madre enfermó siendo los hijos muy jóvenes y Rosa María se ocupó de sus hermanos. «Nunca nos soltó de la mano, ni siquiera ahora», ha dicho en alguna ocasión Xavier Sardà. Durante casi tres décadas estuvo unida a Josep María Mainat, miembro del trío cómico La Trinca y más tarde exitoso productor televisivo con la productora Gestmusic, de donde salieron formatos tan populares como 'Crónicas marcianas', 'Operación Triunfo' y 'Mira quién baila'. La pareja, que tiene un hijo también actor, Pol Mainat, se separó discretamente. Un hecho que se conoció en 2002, algunos años después de haberse producido su ruptura.

Rosa María Sardà junto a Fernando Fernán Gómez en 'Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar; en el programa 'Ahí te quiero ver', con su marido Honorato (Enric Pous) y en la obra teatral 'Wit', donde dio vida a una enferma de cáncer.

A los siete años ya apareció en un escenario vestida con el traje de su Primera Comunión. Llegó a vender enciclopedias mientras intentaba vivir como actriz. Tras triunfar en los teatros barceloneses interpreto en Madrid obras como 'Esperando a Godot', de Samuel Becket, y 'Madre Coraje y sus hijos', de Bertold Brecht. Terenci Moix, Josep Maria Benet i Jornet, Lluís Pasqual, Adolfo Marsillach, Josep Maria de Sagarra y Mario Gas, entre otros, la quisieron en sus funciones. De los espectáculos de La Trinca en los años 70, Rosa María Sardà supo cruzar la frontera a territorios dramáticos en obras como 'Wit'. Aquella obra, en la que interpretaba a una intelectual que se enfrenta a un cáncer de ovarios en fase terminal y que decide ser un conejillo de indias para los doctores pensando que todo en su vida puede seguir siendo racional y exento de sentimiento, le reportó el Max a la Mejor Actriz Protagonista, el Fotogramas de Plata y el Ercilla de Teatro.

«Yo no suelo mostrarme demasiado, sólo me conocéis a través de la imaginación de otros, de personajes de los que me fío más que de mí misma. Bah, el olvido me aguarda a la vuelta de la esquina», contaba a este periodista en el Festival de Málaga, que le homenajeó hace diez años. Nunca daba consejos sobre su oficio. «No sabría enseñarlo, sólo sé que es imprescindible tener sentido común. Ah, y los ojos verdes también ayudan». La Sardà se arrepentía de haber llegado tarde al cine para haber sido mujer objeto, bromeaba, y nunca hablaba de su hermano Xavier ni de la televisión que le brindó popularidad en los 80 con programas como 'Vídeos de primera' y 'Ahí te quiero ver', donde además de demostrar su carisma como presentadora bordaba personajes como la esposa del sufrido Honorato, un hombre anulado por su mujer que se limitaba a ver zombi la televisión.

Rosa María Sardá jamás ocultó su simpatía por el Partido Socialista y en los últimos años dejó clara su postura contraria a la independencia de Cataluña, llegando a intervenir como oradora en una marcha de Sociedad Civil Catalana, denunciando la deriva del 'procés'. En 2015, dio vida en 'Ocho apellidos catalanes' a la 'iaia', la patriarca independentista de una familia del Ampurdán. Recostada en un sillón, se despertaba sobresaltada y exclamaba: «He tenido una pesadilla, he soñado que volvíamos a ser españoles». En julio de 2017, la actriz devolvió a la Generalitat la Cruz de Sant Jordi que recibió en los años 90 por «sus méritos y servicios destacados a Cataluña en la defensa de su identidad, especialmente en el plano cívico y cultural». Antes de abandonar el Palau, rebosante de 'seny', pidió expresamente al funcionario que la atendió que se ahorraran la esquela que ponen en los periódicos cuando mueren los premiados.