Dolores Vázquez, en el momento de ser detenida.

Radiografía de un circo mediático

El documental 'El caso Wanninkhof-Carabantes' recuerda cómo los prejuicios y la lesbofobia llevaron a la cárcel a Dolores Vázquez

Iker Cortés
IKER CORTÉS Madrid

El 9 de octubre de 1999 Rocío Wanninkhof, una joven de 19 años, desaparecía en La Cala de Mijas, un pueblecito a unos 40 kilómetros de Málaga. A los 25 días de su desaparición, hallaron el cuerpo escondido en un seto, junto a varias bolsas de basura con sus pertenencias, en una urbanización a 20 kilómetros del pueblo. Aquel asesinato sembró de miedo la Costa del Sol, pero se cobró otra víctima más. Dolores Vázquez fue enviada a prisión, donde pasó 18 meses, a pesar de que no había prueba alguna que la relacionara con lo sucedido.

Un documental, disponible en Netflix y dirigido por Tània Balló, repasa el circo mediático en el que se convirtió el caso y recupera también el asesinato de la joven Sonia Carabantes, ocurrido cuatro años después, cuya resolución acabó exculpando a Dolores del crimen.

Con una factura técnica y una sobriedad impecables, 'El caso Wanninkhof-Carabantes' arranca explicando lo sucedido aquella fatídica noche de feria. Cuentan los amigos de Rocío que aquel año habían instalado una caseta de heavy y que allí estuvieron esperándola toda la noche, pero nunca llegó. Su desaparición tuvo que producirse en la larga cuesta que separaba la casa de su novio de la zona de las fiestas.

Al día siguiente, su madre, Alicia Hornos, salió en su búsqueda y encontró en un descampado sus deportivas y rastros de sangre. En el lugar donde desaparecía el rastro, huellas de un vehículo y colillas. Balló recurre a testimonios de calado –faltan precisamente Dolores y Alicia– y de imágenes de archivo para describir cómo los vecinos seguían peinando la zona hasta que finalmente dieron con los restos.

Ni un solo órgano

En las bolsas de basura encontradas, había huellas, pero del cadáver no quedaba ningún órgano. La humedad, el calor y las lluvias habían acelerado su descomposición y tan solo se encontraron dos fibras. Francisco Álvarez González, uno de los seis médicos forenses que participó en la autopsia, asegura que solo se pudieron certificar ocho heridas incisivas en la espalda.

Dice la criminóloga Paz Velasco de la Fuente que el caso estaba permanentemente en los medios y la presión social para encontrar al culpable era enorme. El cadáver había sido encontrado con las piernas abiertas, pero como no se podía saber si había sido agredida sexualmente, «una de las teorías de los investigadores es que el sospechoso había simulado la agresión sexual, descartando esta como móvil y apuntando al de odio y la venganza», explica.

Fue entonces cuando empezó la pesadilla para Dolores. Tenía coartada y ni las huellas, ni el ADN de las colillas, ni las dos fibras apuntaban hacia ella, pero agentes y medios de comunicación comenzaban a construir una historia de celos, que los vecinos replicaban sin control. Y es que Dolores y Alicia habían tenido una relación sentimental –«amigas íntimas», decían los informativos–. Daba igual que para entonces llevaran cuatro años separadas.

«Características masculinizadoras»

Beatriz Gimeno, expresidenta de la Federación Estatal de LGTB, recuerda cómo los medios de comunicación dejaban salir su lesbofobia y sus prejuicios al hablar de su carácter agresivo y posesivo. «Decían que era calculadora, fría, y fueron añadiendo características masculinizadoras: que si hacía karate, que si tenía la voz ronca...», dice. En 2001, el jurado popular declaró a Dolores culpable y fue condenada a 15 años de cárcel, pese a que no había prueba directa alguna.

El caso dio un giro de 180 grados en 2003, cuando en circunstancias similares desapareció Sonia Carabantes en Coín. A los cinco días encontraron su cadáver. Cuando metieron los restos de ADN del posible sospechoso –aún no sabían quién era– en la base de datos, saltó la coincidencia con el ADN hallado en las colillas.

Para cuando detuvieron a Tony King, gracias a la declaración de su exesposa Celia y a las pruebas -la última parte del metraje del documental se dedica a detallar el pasado del victimario, cuyo nombre real es Tony Bromwich y al que se conocía en Londres como El estrangulador de Holloway-, Dolores había salido de la cárcel porque el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía había revisado la sentencia y había ordenado celebrar un segundo juicio a la vista de la falta de motivación detectada en el veredicto del jurado. Dolores Vázquez jamás recibió indemnización alguna, pero lo que más le duele es que nadie le ha pedido perdón.