Miguel de Unamuno, durante la manifestación del 1 de mayo de 1931.

'Palabras para un fin del mundo', relato de los últimos años de Unamuno

El documental de Manuel Menchón arroja luz sobre el final del escritor bilbaíno, en una España convulsa y polarizada

Iker Cortés
IKER CORTÉS Madrid

Hay decisiones artísticas en 'Palabras para un fin del mundo' sencillamente sublimes y una de ellas es el tratamiento audiovisual. Porque el documental que repasa los seis últimos años de vida de Miguel de Unamuno -y por ende de la convulsa España de los años treinta-, desde su regreso a Salamanca, tras unos años en el exilio, y hasta su muerte el 31 de diciembre de 1936, no es una pieza, a priori, fácil. No hay apenas entrevistas, tampoco mucho material rodado en la actualidad, y es la voz en off de Marian Álvarez la que va descubriendo, como si de una investigación se tratara, esta historia de confrontaciones ideológicas en torno a los discursos, artículos y cartas que escribió el literato, a los que da voz un José Sacristáncavernoso y rotundo, y las palabras que pronunciaron generales como José Millán-Astray ( Víctor Clavijo) y Emilio Mola ( Antonio de la Torre).

Resulta fascinante y, al mismo tiempo, árido, pero el director Manuel Menchón tenía claro que en aras del rigor, «debía dejar que fuesen los verdaderos protagonistas quienes contasen la historia». Por eso es brillante que haya tratado con tanto mimo cada fotograma y cada fotografía original de la época, que sirven de soporte visual a los documentos, muchos de ellos inéditos u olvidados, y los recortes de periódicos que inundan todo el metraje.

Comienza 'Palabras para un fin del mundo', de forma hábil y directa, plantando una semilla que no florecerá hasta el final del documental, con la muerte de Unamuno y las últimas palabras que, se supone, pronunció antes de morir al joven falangista Bartolomé Aragón: «¡Dios no puede volver la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!». Contrastan con otras cartas de la época en las que el escritor, confinado en su casa, convertida en una suerte de celda, se muestra sorprendido por que aún no le hayan disparado y está convencido de que jamás volverá a pisar las calles de Salamanca. «Esta gente está en contra de la inteligencia. Si triunfa, España va a convertirse en un país de imbéciles», llega a decir.

Y pasa después, con una estructura narrativa sencilla pero vibrante, a relatar los complicados años de la Segunda República. Unamuno representaba de tal forma los ideales de la población, tras el exilio del dictador Primo de Rivera y del rey Alfonso XIII -«arrojando fuera de España a Alfonso de Borbón, comienza una nueva era y termina una dinastía que nos ha empobrecido», señala-, que un grupo de intelectuales llegó a proponerlo como presidente de la República. Aquello no cristalizó. A lo largo del documental, los textos del bilbaíno dan buena cuenta de una personalidad compleja, que mostraba una sensibilidad y empatía con los problemas y la división ideológica que atraviesa el país brutales. Mientras tanto, las imágenes de la época, restauradas, y para las que se ha recuperado material filmado por cineastas amateurs en los años de la República y la Guerra Civil, sobrecogen. Menchón ha añadido algunos toques de color en las banderas y en las llamas que, en las épocas con los ánimos más exaltados, hicieron arder conventos o libros de forma indiscriminada, dejando un fuerte poso dramático.

Tres fotogramas del documental.

Recupera el documental discursos tan polémicos como los que el bilbaíno pronunció en 1932 en el Ateneo de Madrid, mientras la cámara se pasea en la actualidad por los mismos espacios, sin perder el formato cuadrado, que ocupa el grueso del metraje, y el blanco y negro. «Me dolía España y hoy me sigue doliendo y también su República», admite Unamuno, azuzado por una de las cartas que su hermana Susana, monja en un convento, le hizo llegar. A partir de ahí, Menchón, dando voz a personajes como Manuel Azaña, Queipo de Llano o los generales Mola y Millán-Astray, describe el ascenso de la derecha, los miedos y preocupaciones del escritor al fascismo italiano, al nacional socialismo alemán y al militarismo que, cada vez más, parecen invadirlo todo y atraer a la juventud -Unamuno describiría a Millán-Astray como «aspirante a Mussolini» y «despechugado héroe de cine»-, se detiene en el error que cometió el literato al pensar que la toma de Salamanca daría pie a unas elecciones y describe el comienzo de la Guerra Civil.

Hallazgos

Pero el documental resulta aún más interesante cuando se pone la indumentaria de investigador y destapa unos documentos con los que III Reich maniobró para que el varias veces candidato al Nobel de literatura, jamás recibiera su galardón. No es el único hallazgo. Menchón apunta varias veces a cómo el llamado bando nacional y su servicio de propaganda explotó la presunta adhesión de Unamuno al movimiento, sacando de contexto en medios extranjeros algunas de sus palabras y reconstruye, por vez primera, la discusión que protagonizaron él y Millán-Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936. Lo hace gracias a un catedrático de Derecho Civil, Ignacio Serrano, que transcribió las interlocuciones de los presentes con acotaciones. «Solo escucho voces de odio y ninguna de compasión. Vencer no es convencer y conquistar no es convertir. La antiespaña es tan España como la otra», pronunció Unamuno, visiblemente enojado, ante un Millán-Astray que acabó gritando «muera la intelectualidad traidora».

El final del documental reconstruye pormenorizadamente las últimas horas de vida del escritor bilbaíno. Sin autopsia, a pesar de que la muerte había sido por una hemorragia bulbar, y con varias contradicciones en las horas de los documentos oficiales, Unamuno fue enterrado al día siguiente con honores falangistas, mientras la máquina propagandística del régimen seguía utilizando su imagen. «Se apoderaron de él hasta el final intentando presentarlo como un fascista», dice su nieto, Miguel de Unamuno Adarraga.