Adam Driver es Kylo Ren en 'Star Wars. El ascenso de Skywalker'.

Yo soy tu padre

Nueve películas y dos spin-offs despues, 'Star Wars' sigue arrebatando generación tras generación por su genuino sentido de la aventura

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

He visto dos veces 'Star Wars. El ascenso de Skywalker' la misma semana. La primera vez en la premiere de gala en San Sebastián, rodeado de devotos de la saga, en el mismo teatro Victoria Eugenia donde 'La guerra de las galaxias' se vio por primera vez en Europa hace 42 años. Fue una experiencia emocionante. La segunda vez no era para escribir la crítica de la película, sino para iniciar a mi hijo de cinco años en la epopeya de George Lucas. Huelga decir que disfruté más, mucho más en esta ocasión. Hasta he de reconocer que no parecía la misma película. Se apagan las luces, aparece el logotipo de Lucasfilm seguido de la frase introductoria «Hace tiempo en una galaxia muy, muy lejana», estalla la fanfarria de John Williams y, zas, justo en ese momento entiendes qué es eso de la transmisión de conocimiento de padres a hijos.

Nueve películas y dos spin-offs después, todos hemos perdido la inocencia, tanto los espectadores como el pesetero de Lucas, que vendió su mundo de fantasía a la más voraz empresa de la industria del entretenimiento: Disney. Y sin embargo, al escalofrío nostálgico se une la constatación de que el genuino sentido de la aventura que arrancó en 1977 sigue arrebatando generación tras generación. El héroe de mi hijo no es Han Solo, mi favorito, sino precisamente el hijo de este, Kylo Ren. Que sea el villano de la historia solo confirma por qué el disfraz de Darth Vader sigue siendo el más demandado si toca disfrazarse de algún personaje de 'Star Wars'.

Estreno de 'Star Wars. El ascenso de Skywalker' el pasado 18 de diciembre en el teatro Victoria Eugenia de San Sebastián.

Ya llevamos tres películas de la saga, tres Legos, una revista y en breve caerá el sable láser, que permite grabar voces y reproducirlas con los sonidos robóticos de R2-D2. Creo que construir el Halcón Milenario de 1.330 piezas me hace más ilusión a mí que a él. Ni yo mismo tengo claras las relaciones de parentesco entre los protagonistas del culebrón galáctico, retorcidas a lo largo de los años para seguir manufacturando secuelas. Solo sé que cuando mi crío se sube al sillón y grita «I'm your father!» vuelvo a ser un niño asombrado ante la inmensidad de una nave que se pierde por la pantalla y parece no tener fin, ante la respiración de un villano sin ojos, ante el rugido casi animal de los cazas del Imperio rasgando la negrura de la galaxia.