El director Carlos Saura y su hija Anna Saura, productora de 'Rosa Rosae. La Guerra Civil'. / J. Usoz

Carlos Saura: «Hay un fermento de Guerra Civil»

A sus 89 años, el director presenta un cortometraje experimental a partir de dibujos y fotografías suyas sobre la contienda: «Nunca vuelvo a ver mis películas, mi legado son mis hijos»

OSKAR BELATEGUI San Sebastián

Carlos Saura cumplirá 90 años en enero. Ha rodado más de cincuenta películas, estrena un cortometraje en San Sebastián, presentará nuevo largometraje en la Seminci de Valladolid y será homenajeado en Sitges. El autor de títulos esenciales de nuestro cine como 'Los golfos', 'La caza' y 'Cría cuervos' tiene siete hijos de cuatro mujeres diferentes. Y con uno de ellos, Anna Saura, la hija que tiene con su actual pareja, la actriz Eulalia Ramón, ha rodado una estremecedora pieza de seis minutos proyectada en la gala de inauguración del Zinemaldia.

'Rosa Rosae. La Guerra Civil' está dedicada «a todos los niños de la guerra» y consta de una treintena de fotografías, imágenes y dibujos del archivo personal de Saura, que viene desde hace años realizando lo que bautizó como «fotosaurios» (en la web fotosaurios.com están a la venta algunos de ellos). Esos materiales intervenidos por el cineasta funcionan a modo de videoclip de una canción de José Antonio Labordeta, otro aragonés tozudo como el director, titulada precisamente 'Rosa Rosae'. Y dice: «Rosa Rosae, y también el valor de Pi/Y el recuerdo final por los últimos muertos de la Guerra Civil/Así, así, así crecí».

«Yo viví la guerra de niño, de los cuatro a los ocho años», cuenta el director acompañado en la charla por su hija. «Y luego la posguerra, que no sé que era peor… La guerra es una experiencia inolvidable para un niño. Ver los muertos, los bombardeos por la noche, mi hermano llorando, los cristales rotos… Muchos de los supervivientes no quieren acordarse de la guerra. Yo pienso lo contrario: hay que recordar lo sucedido para que no vuelva a suceder». Saura también reconoce que fue una experiencia fascinante. «Durante la noche era terrible, porque puede suceder cualquier cosa. Pero de día… Yo vivía en Menéndez Pelayo, enfrente del parque zoológico de Madrid. Escuchaba barritar a los elefantes y aullar a las hienas… Un espectáculo extrañísimo».

Una imagen de 'Rosa. Rosae. La Guerra Civil'.

Los niños son la imagen más recurrente del cortometraje, que alude a la contienda del 36 pero puede verse como una denuncia del horror de todas las guerras. De fondo, la algarabía de voces infantiles en un recreo nos recuerda que los críos son siempre los damnificados de la violencia. Se intuyen en el blanco y negro trincheras, fusilamientos y refugiados a la carrera. La mayoría de los personajes tienen los ojos tachados, como si se les anulara su personalidad. Un maestro enseña latín a sus alumnos, el recordatorio de que solo la educación y la cultura puede salvarnos. «Salimos adelante/Nunca sé la razón», canta Labordeta.

No es la primera vez que el autor de '¡Ay, Carmela!' aborda la contienda española en su cine. «Ese recuerdo está presente en muchas películas mías y podía estar en más si hubiese tenido la oportunidad de hacerlas», asiente. «Tenía un guion, 'Esa luz', que se publicó en forma de novela porque nadie quiso hacerla». Como 'Rosa Rosae', advierte, tiene 30 o 40 «peliculitas», proyectos personales que aborda «cuando se aburre». «El tema de Labordeta era un pretexto para hacer un pequeño corto». Según Saura, la Guerra Civil puede no ser cosa del pasado. «Desgraciadamente sigo pensando que no es una posibilidad tan lejana. Si las cosas siguen como están… Hay un enfrentamiento y una violencia absurda que se está exacerbando. No deberíamos llegar a estos límites. Hay un fermento de Guerra Civil, estaría muy lejos de ser una cosa parecida, pero ese fermento de violencia habría que evitarlo».

Carlos Saura y su hija Ann Saura en San Sebastián.

La increíble actividad de este cineasta casi nonagenario se debe, según él, a que no sabe estar sin hacer nada. «Cuando escribo siento la necesidad de dibujar, o de hacer fotografías. Estoy todo el día ocupado. No es una obligación, hay que trabajar el presente y proyectarse hacia el futuro. Tener proyectos da vida. Hacer películas es una aventura que nunca sabes cómo va a acabar». Escribir y dirigir teatro y ópera no le satisface tanto como el cine, «el arte total». Para Saura, «trabajar es poner ladrillos o ir a una mina». El cineasta nunca se plantea el legado que va a dejar. «Mi único legado son mis hijos, algo de mi ADN tienen que tener… Todo lo demás se lo lleva el viento. No me gusta ver mis películas, las hago y nunca las vuelvo a ver. A veces, en algún homenaje que me hacen no me queda más remedio que verlas».

En la era de las plataformas, el ganador de una Concha de Oro honorífica en 2007 reconoce que es «un espectador egoísta», que disfruta del placer de un televisor enorme y un buen sonido en su casa. Su hija certifica que está suscrito a todas las plataformas y ve películas a diario. «Lo raro es ver una buena. Y cuando recurro al pasado, tengo un recuerdo tan maravilloso que me defrauda», lamenta el director. La debilidad de Carlos Saura, descubre, son ¡las películas de catástrofes al estilo de las de Roland Emmerich! «Un meteorito que arrasa Nueva York… Me encantan. '2012' es una maravilla».