Canarias7
Ingrid Ortiz Viera

Paisaje y fotografía

Una aventura por rincones mágicos de Canarias

Rubén Alonso lleva viviendo en Tenerife desde 1997, cuando se mudó con su familia desde Asturias a sus 11 años. Por entonces ya mostraba una inquietud por el deporte y la naturaleza; cuenta que le gustaba ir a caminar y encontrar rincones nuevos cada vez que salía de casa. Actualmente trabaja en el Batallón de helicópteros de la unidad militar tinerfeña y dedica su tiempo libre a hacer pruebas de competición en distintas disciplinas como atletismo, ciclismo, senderismo o escalada.

«Me gusta la aventura, y eso es lo que trato de captar cuando hago mis rutas por la isla», explica el asturiano, que encontró la forma de aunar sus dos pasiones con el nacimiento de Instagram. «Muchos empezaron a compartir sus fotos con amigos, pero yo quería hacer algo diferente». Así empezó a retratar paisajes de su tierra natal, pero sobre todo de Canarias y, en especial, de Tenerife, donde confiesa haber tomado caminos algo extremos para acceder a algunos lugares.

«Para mí, los tres núcleos con mayor belleza de esta isla son Anaga, la conexión de Masca con Teno Alto y el Parque Nacional del Teide». Es precisamente en Anaga –«esa zona tan abrupta y marcada por acantilados que esconde demasiado»– donde afirma que están las dos mejores playas que jamás ha visto: el salvaje arenal de Pachila y la escondida Playa de Ocadila, en la vertiente norte. «Allí prácticamente solo se puede acceder en zodiac o en kayak, de resto son caminos muy complicados donde hay que escalar, pero las vistas son magníficas, y la sensación de estar allí, indescriptible».

Las imágenes en sus redes sociales hablan por sí solas. En Instagram acumula más de 10.000 seguidores y algunos de sus vídeos han sobrepasado las 25.000 visualizaciones. Una de sus últimas hazañas, que se convirtió en viral en 2016, fue escalar junto a su amigo Juan Cruz, los restos del edificio de La Gordejuela, la que fuera la primera bomba de agua de Tenerife. Una obra industrial abandonada en Los Realejos que se antoja en un frágil equilibrio en lo alto de un acantilado frente al mar.

«Fue una experiencia única. Cuando estás allí y ves la caída te impresiona, pero poco a poco vas ganando confianza», explica este aventurero que ve en esta afición un modo de «desconectar». Sin embargo, Alonso no se considera fotógrafo, aunque sí reconoce que tiene algo de «visión» y, quizás, por eso sus imágenes gustan tanto al público: «Creo que lo importante no es la persona que está allí, sino el lugar al que ha llegado», recalca.

Entre tanta postal, admite, es difícil quedarse con un único favorito. «Lo mejor de todo es ese momento en que llegas a un punto alto, solo, y disfrutas de la paz y la tranquilidad. La isla me la he recorrido prácticamente así, y ya luego lo comparto con algunos amigos». Lo complicado, en realidad, es explicar esa sensación: en la cima, uno se siente al mismo tiempo un ser diminuto en el vasto paisaje y el rey del mundo.