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María Rodríguez / Arucas

El Puertillo, una playa de fábula

Desde el paseo marítimo se puede ver una paronámica que, lejos de ser monótona y llana, guarda una riqueza natural extraordinaria. A la derecha, la playa de dorada arena fina invita a la comodidad y a la seguridad, sobre todo, para los más pequeños. Entrando en la parte central, lo que los vecinos denominan «el callao», el escenario cambia automáticamente, pues en esta zona la arena ha sido sustituida por un manto de piedras, que crea una sintonía particular cuando la marea baja y el agua baila entre las piedrecitas. Con esta descripción, el lector ya ha sido testigo de la «riqueza» anteriormente nombrada, sin embargo, la naturaleza en el barrio de El Puertillo ha sido sumamente generosa y ha permitido la adaptación de piscinas naturales, un lujo de agua salada y al aire libre.

Esta playa del municipio de Arucas, abrazada a su alrededor por casas que casi besan el mar si no fuera por la avenida, no solo cuenta con una belleza nata, sino que también guarda una serie de particularidades que no todos saben. Su nombre viene dado porque, antiguamente, como cuenta el vecino Luis Padrón: «Esta zona tenía un pequeño puerto donde desembarcaban barcos con alimentos, como fruta», y, de hecho, se pueden divisar en la playa algunos amarres de embarcaciones.

Por otro lado, los vecinos de la zona han decidido, desde hace tiempo, adelantar las fiestas de Santa Lucía para el próximo día 15. Todos saben que esta festividad tiene sus orígenes en el mes de diciembre, pero la han cambiado para poder disfrutar ese día del buen tiempo y no sufrir el clima frío del norte. Cabe destacar que, en estas fiestas, y aprovechando que es un barrio con puertas al sonoro Atlántico, se animan con los fuegos artificiales acuáticos. Su gente, como la misma playa, tan singular.

Bien es cierto que, si se echa la mirada a la playa de arena, sorprenderá a la vista, por su poca naturalidad, un levantamiento de cemento. Según Celso Déniz, vecino de toda la vida, hace algo más de treinta años «se organizaba en esos cimientos un mundial de salto», en el que los participantes, procedentes de todo el mundo, saltaban con valentía al mar bravo, demostrando sus cualidades y destrezas.

En este paisaje de leyenda, cómo no, no podía faltar el buen acompañamiento gastronómico que ofrecen los diferentes restaurantes de la avenida. Muy útiles para aquellos días en los que la pereza domina al visitante playero y no se lleva nada de comer a la playa, o bien para disfrutar cenando y, luego, caminar por el paseo.

El héroe.Caminando por las callejuelas de este barrio, no es difícil encontrar la morada del que muchos consideran «el rey del mar». Manuel Sosa Medina, más conocido como Sandokán, coloca él solo cada mañana una rampa entre su casa y la calle, sale con ayuda de su silla de ruedas, y se sienta en un banco del paseo, observando y admirando lo que fue y sigue siendo su vida, el mar.

Con 64 años, una trombosis y dos ictus a su espalda, este pescador de hombres sigue recordando aquellos años en los que era un muchacho y se encargaba de limpiar su tan querida playa. En sus horas de servicio, muchos imprudentes se enfrentaban cara a cara con la marea salvaje que caracteriza a esta costa. Evidentemente, cuando el bañista estaba en apuros, se daba cuenta de que la situación eran incontrolable y, muchas veces, lo era hasta para los propios sistemas de salvamento. En ese preciso momento, Manuel Sosa saltaba a la acción de pie en su barca. Así, danzando con las fieras olas, consiguió rescatar a más de 350 cuerpos, entre los que, afortunadamente, los vivos superan a los muertos. De esta manera, esta playa de fábula tiene a su héroe, una leyenda viva.

Sandokán conoce «la mar», como él llama, pues «tiene vida» y afirma que «cuando alguien se mete en el agua, ella da un primer aviso, pero si este no se va, la mar se lo lleva».

A pesar de que, como buen dios del mar la sal corre por sus venas, Manuel Sosa no quiere reconocimientos de ningún tipo: ni salir en la televisión ni que su barca, Las tres hermanas, se exponga en el paseo marítimo como conmemoración. Tiene una pequeña calle en su nombre, aunque sus vecinos y más fieles admiradores, como el antes nombrado Celso, se quejan de que «desde que entras a la calle estás saliendo, es muy pequeña». Ellos luchan por que el paseo tenga el nombre de Avenida Manuel Sosa, Sandokán.

Este altruista desinteresado, que ayuda a la gente y cuyo honor es «tener la conciencia tranquila», permanecerá en la historia de Gran Canaria para toda la vida. Los que lo conocen lo recordarán para siempre solo con echar un vistazo al mar, pues no es dan diferente a él, su mirada azul, cristalina y, a la vez, impetuosa, no deja duda de que Sandokán es un ser excepcional.