Canarias7
Ingrid Ortiz Viera

Reencuentro

Chile y Canarias: una unión de 108 años

Si hoy estamos aquí es porque amamos esta tierra donde están nuestros orígenes». Apenas hace falta preguntar para que los Molina de Chile, de origen guiense, abran el baúl de más de 100 años de recuerdos, anécdotas y emociones de su familia, que se ha reencontrado esta semana en la Isla. A un lado y otro del Atlántico se ha establecido un vínculo que, a pesar de la distancia, se mantiene hasta en la cuarta generación de descendientes de aquellos emigrantes que llegaron al país latino con promesas incumplidas de tierras y prosperidad. En esta ocasión, el trayecto ha sido de vuelta con quince de sus miembros.

A principios del siglo XX, 400 canarios se embarcaron a Chile ante el reclamo de llenar de colonos europeos las nuevas conquistas

«En aquella época no había sino bosques, nada de caminos, y se toparon con un clima en el que hacía mucho frío y llovía durante periodos muy largos», explica Sergio Molina Jiménez, el segundo mayor de esta saga familiar. «Querían regresar, pero se habían convertido en presos del país, porque no tenían dinero». Entre las 88 familias canarias que respondieron a la llamada del gobierno chileno para poblar la zona austral se encontraba la de su madre Isabel, los Jiménez, del municipio de Telde –que se asentaron al completo en una región cercana al Lago Budi– y la de los Molina, de la que solo partiría su padre Ignacio, el hijo mayor. El matrimonio inculcaría a sus siete hijos la tradición de las islas, haciendo un fuerte hincapié en la importancia de la educación. De hecho, Sergio recuerda los potajes canarios, la música y los cantares de la tierra que le transmitieron sus padres. «Se notaba la diferencia con respecto a otras familias, donde los niños no podían hablar en presencia de adultos», relata el más pequeño de los hermanos. «Nosotros podíamos rebatir, siempre desde el respeto, pero lo peor que podías decirle al papá era mentiroso. Por eso una hermana nuestra se inventó el verbo noverdear, y él solo podía reírse de la ocurrencia cuando la usaba».

Sin embargo, aunque la familia fue creciendo, la nostalgia del progenitor, que se había embarcado solo, no cesaba. «¡Ay mi madre! Cuando el papá suspiraba y decía esto, nosotros corríamos», afirma Sergio, recordando que de niño solía preguntarle inocentemente si debía armar una fiesta para animarle. «Lo pasaba muy mal porque en esa época apenas llegaban noticias por carta y la comunicación por cable no estaba extendida».

Los viajes de ambas ramas de la familia se han sucedido a lo largo de los años como tradición

Ignacio Molina, una vez casado con Isabel Jiménez, consiguió montar una pequeña tienda a la que llamaría Las Palmas antes de prosperar a un negocio mayor que entonces sí llevaría el nombre de la familia. «Se podía vender desde un alfiler hasta un camión», apunta Sergio. Su padre, dice, tenía un gran ingenio, de ahí que, tras un trágico accidente que le provocó la pérdida de ambas manos, él mismo diseñara unas nuevas. «Los tíos canarios le enviaron lo mejorcito de la época, unos muñones con unos garfios de hierro que venían de Inglaterra, pero no eran para él», cuenta. Fue en un viaje cuando acude a un carpintero y juntos consiguen hacer unas manos de madera con un mecanismo de pinzas que le permitió tener cierta independencia.

Los elogios y el cariño que desprenden las palabras de Sergio, a veces con voz quebrada por la emoción, son compartidos por su hermana Mirta, que se ha apuntado también al viaje. Es la cuarta ocasión en la que visita la isla y guarda numerosas anécdotas de aquellos días en los que el trayecto se realizaba en barco y tardaba un mes. La primera vez fue, precisamente, para su puesta de largo en el Gabinete Literario. «Llevaba un traje de tul rojo que causaba sensación», recuerda ella divertida por la idea de destacar entre los asistentes a pesar de su carácter tímido. «Luego encargué que me hicieran un montón de vestidos a esa modista, tenía hasta uno con los escudos de equipos de fútbol». Entre risas surge otro nombre, el del escultor Martín Chirino, con quien entablaría una gran amistad (y un amor platónico). «Con él aprendí a nadar en Las Canteras», cuenta Mirta.

En esta ocasión, afirman las nietas, el viaje surgió de la reunión en Santiago de Chile de quince primas que no se veían desde la adolescencia. La velada fue tan agradable que decidieron repetir al año siguiente en Canarias con «tío Sergio y tía Mirta». En apenas una semana han podido visitar las antiguas casas y plantaciones de la familia Molina en Guía, la cueva pintada de Gáldar, Telde y el museo de calado de Ingenio. «Aún poseemos 17 manteles calados de la época», explican. Igual que las telas, la familia atesora las historias de sus antepasados y por eso, de regreso a Chile, volverán a planear el siguiente reencuentro.