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Canarias7 / Las Palmas de Gran Canaria

Reflexión viral sobre Sara Carbonero y su éxito

María Jiménez, periodista y redactora en Tribus Urbanas (Atresmedia), es la protagonista de la carta viral que ha generado miles de comentarios estos últimos días en redes sociales. La periodista escribe sobre cómo su vida es tan diferente a la de su compañera de pupitre en la universidad, Sara Carbonero. «Aunque yo terminé la carrera y ella no, lo cierto es que su vida ha ido muchísimo mejor que la mía», explica, en una carta en la que no intenta desprestigiar a Carbonero sino mostrar cómo ella ha alcanzado su éxito, y como los caminos de ambas han acabado siendo tan distintos.

Esta es la carta:

Sí, lo confieso. Yo fui testigo del paso de Sara Carbonero por la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid (y ella del mío, aunque no se acuerde, todo sea dicho de paso). Y aunque yo terminé la carrera y ella no, lo cierto es que su vida le ha ido muchísimo mejor que la mía.

No mentiré cuando digo que no ha sido hasta que he cumplido los 34 años cuando me he dado cuenta de cuan distintas pueden ser las trayectorias de dos personas que compartieron pupitre en la universidad.

Aunque Sara -así la llamamos los que nos codeamos un día con ella ;-) - lleva años siendo una de las periodistas más populares de nuestro país, fue hace unas semanas paseando por la Gran Vía de Madrid cuando vi una imagen de ella en bikini ocupando toda la fachada de uno de los edificios.

Estupenda, delgadísima y presumiendo de ‘pelazo’, Sara anuncia una nueva línea de bikinis, como si de un ángel de Victoria’s Secret se tratase. Me quedé absorta mirándola y me vino a la cabeza el siguiente pensamiento: “¿Qué narices he hecho yo con mi vida para no estar ahí colgada a su lado (o en su lugar)?”.

Porque Sara no solo anuncia bikinis, no.

Sara es periodista. Sara tiene una marca de ropa sostenible junto a su amiga Isabel Jiménez convirtiéndose así también en empresaria. Sara se casó con Iker Casillas y es madre de dos hijos. Sara está a punto de llegar a los dos millones de seguidores en Instagram. En definitiva, Sara es todo lo que yo no soy.

Y lo digo desde la más profunda admiración y envidia. ¿Sana? No estoy segura. Aunque quizá no sea envidia y lo que siento sea frustración y enfado conmigo misma. ¿Por qué ella y yo no? ¿Qué paso dio Sara que yo no di o viceversa?

No sé si algunos de los que leéis ahora mismo estas palabras coincidisteis en clase con alguien que años después se convirtió en una celebridad. Cierto es que no soy guapa como Sara, ni poseo esa magnética mirada que encandila a la cámara. Tampoco cuido mis redes sociales y no tengo ninguna intención de montar una marca de ropa, pero envidio su éxito. No por el hecho de ser famosa, sino por haber sido capaz de estar a todo. En serio, ¿cómo lo ha hecho para llegar a TODO?

Yo estoy agotada y no he hecho ni la mitad de lo que ha conseguido Sara. Cuando miro atrás y repaso mi vida, solo veo saltos de trabajo en trabajo por la maldita crisis, clases de inglés para intentar no quedarme atrás con el maldito (y demandado) bilingüismo, mudanzas en busca de un alquiler asequible, relaciones sentimentales fallidas y auténticos malabarismos para llegar a fin de mes.

Es más, a lo largo de mi carrera profesional he escrito más de un artículo sobre Sara y su guardarropa. Ni os imagináis lo que es redactar sobre el estilo de alguien que era una universitaria más a tu lado en clase de Historia del Periodismo Español.

Nunca fuimos amigas. Ni siquiera conocidas. Pero yo sí la conocía. ¿Y quién no? ‘Pocahontas’ la apodaron desde primero de carrera los que no tenían el placer de ser de su círculo de amigos. Su pelo largo y lacio, su tez morena, sus ojazos y su esbelta silueta hicieron fácil la elección de su mote.

Yo nunca supe el mío, aunque quizás nunca tuve. Recuerdo un día, esperando para hacer un examen en septiembre, que entró por la puerta con un top básico y un vaquero. Se hizo el silencio en la clase y todos la miramos. A eso me refiero. Yo no dejo sin respiración una clase entera ni ilumino una habitación con mi presencia. Tampoco cubrí un Mundial de Fútbol ni me besó mi novio delante de toda España, tras ganar la Copa del Mundo.

Repito, ¿en qué me he equivocado? Antes me preguntaba si era envidia lo que siento respecto a ella. Para nada. Conforme avanzo tecleando estos pensamientos, cada vez estoy más segura de que lo que me pasa es que estoy decepcionada conmigo misma.

He hecho todo cuanto ha estado en mi mano para triunfar, pero obviamente he fracasado en el sentido en el que solo he conseguido ser una hormiga obrera más. Quizá el problema también esté en que yo, de base, no tengo el talento que tiene ella ni escribo como lo hace ella ni comunico de la misma manera.

Me gustaría saber si todos los que fuimos a clase con Sara nos sentimos de la misma manera. Me encantaría que me contasen qué se les pasó por la cabeza cuando la vieron en ese enorme mural en medio de la Gran Vía en traje de baño. “Yo fui a clase con ella”, dirán alardeando muchos y muchas. Yo, sinceramente, hay veces que me lo callo. Porque no olvidemos que las comparaciones son odiosas.

Así pues, queridos y queridas, no puedo más que terminar mi alegato en favor de Sara y en contra mío, con una frase de la película ‘Lady Bird’, con la que tanto me identifiqué: “¿Y qué pasa, si ésta es la mejor versión de mí?”.

Ahí lo dejo.