Canarias7
Manuel Mederos

La arista

Ryanair merece el rechazo social

Los negocios agresivos y sin alma siempre terminan igual, perjudicando a sus clientes, a sus trabajadores y a sus accionistas. La irrupción del low cost en la aviación comercial entusiasmó a muchos que vieron el modelo una forma de liberalización del negocio aéreo, hasta ese momento controlado por pocas compañías y muy intervenido por los poderes públicos.

El low cost inventado por Ryanair recibió el aplauso unánime de los consumidores. Por fin una compañía aérea proporcionaba billetes baratos para viajar a partes del mundo hasta ese momento vedadas por los caros asientos de las compañías bandera. A cambio el cliente renunciaba a los pequeños lujos y ventajas, al trato exquisito de las azafatas, a la comodidad de asientos más o menos holgados, a un catering a bordo y a las garantías absolutas de las compañías que siempre respondieron a sus clientes en casos de retrasos.

Los entusiasmados clientes del low cost se dejaban humillar por Ryanair. Todo está permitido y justificado porque es barato. Te sometes a carreras por los pasillos, a controles, a abrir la maleta y sacar tu ropa íntima delante de todos para aligerar la maleta y que quepa en sus medidores, a discusiones por un kilo más o menos, a sobreprecios desorbitados si no acatas las reglas del deprisa... deprisa.

Una vez a bordo, en el santo nombre de lo barato, tienes que soportar los constantes anuncios de ventas de colonias, relojes, toallas, pan, manises, bollos y refrescos... Y cuando creías que podías leer un rato o echar una cabezadita comenzaba la venta de lotería para los sorteos a bordo de viajes o vacaciones en lugares mágicos. Los viajes en Ryanair son una pesadilla que acaba con un ridículo toque de corneta que anuncia la llegada al destino y la celebración del pasaje y la tripulación de que han cumplido de sobra con el reloj.

«El ‘low cost’ nos fascinó a todos los consumidores, pero esconde demasiadas trampas y prácticas poco sostenibles de la moral y la éticas que merecen el rechazo social»

Cada uno elige la compañía aérea en la que quiere viajar, cómo hacerlo y hasta qué nivel quiere humillarse por el precio o ser un cliente más de la tienda a bordo. Pero lo barato no debe estar reñido con el respeto, el buen hacer y hasta la elegancia, todo una norma comercial que predica que el cliente es el rey. Ahora bien, a lo que no se puede renunciar es a la seguridad y hay serias sospechas de que Ryanair la ha comprometido en algunos momentos para abaratar los costos de sus viajes. Ahí nadie ninguna autoridad, debe ceder lo más mínimo, ni hacer la vista gorda.

Ryanair inventó un modelo cuyos beneficios se sustentan en servicios de muy mala calidad, y lo que es peor, en la explotación directa de sus trabajadores. La compañía ha devaluado de tal modo las profesiones que sostienen el modelo de la aviación comercial que los ha convertido en mileuristas y en esclavos de sus caprichos. No sólo se trata de que los contratos se hagan en Irlanda, una especie de incomprensible paraíso fiscal dentro de Unión Europea, cuando los puntos de trabajo están en otros países, sino de las propias condiciones laborales a las que someten a sus trabajadores. Bajos sueldos, condiciones de trabajo que suponen un riesgo para sus pilotos y choteo de la dignidad del personal auxiliar obligado a vender colonia en los pasillos de los aviones.

En esta última etapa, en la que el personal de Ryanair ha logrado empoderarse, la compañía ha derivado hacia la soberbia, el cinismo y la chulería. Un «no» imperativo a los contratos fuera de Irlanda y la amenaza de cerrar trayectos y líneas, y ahora, ante la huelga de pilotos, desentenderse de ellos argumentando que no es su problema. Hay aspectos que la sociedad consciente, la que busca la sostenibilidad y la ética en las relaciones entre empresas, clientes y trabajadores, comienza a no perdonar, y es la falta de responsabilidad social con sus propios trabajadores y la falta de ética ante la sociedad en la gestión del negocio.

El low cost nos fascinó a todos los consumidores, pero esconde demasiadas trampas y prácticas poco sostenibles de la moral y la éticas que merecen el rechazo social. Ya no es de recibo sustentar el negocio en la mala calidad del producto, en el engaño al cliente, en los salarios de miseria y contratos precarios, en la explotación de personas en el tercer mundo y en prácticas económicas que tratan de evitar pagar impuestos. Ryanair no merece estar en el mercado.