Canarias7
Emilio González Déniz

Bardinia

La riqueza forestal de Gran Canaria

Cada ola de calor, los incendios forestales vuelven a ser motivo de comentarios, los campesinos se quejan de que las directrices políticas impiden la prevención que se hacía antes de manera tradicional, y la gente tiende a creer cualquier cosa que le digan con tal de que sea alarmista y negativa. Por ello es necesario hacer un poco de memoria. Hace cuarenta años, Jaume Perich creó una viñeta en la que se veía un árbol en llamas con esta leyenda: “Cuando el bosque se quema, algo suyo se quema, señor Conde”. Se valía el gran humorista gráfico del lema de una campaña del gobierno para concienciar sobre los incendios forestales, sin el añadido del señor Conde, por supuesto. Sabemos que los bosques son propiedad de todos y a todos nos afecta su deterioro, pero entonces buena parte de ellos pertenecían a zonas privadas, a fincas de grandes terratenientes, que aunque estaban supuestamente sometidos a normas de protección, no dependían directamente de las administraciones públicas.

Si esto sucedía en toda España, Gran Canaria no era la excepción. Y es que la masa forestal isleña ha tenido distintas épocas y tamaños. Después de la conquista, la colonización y los repartimientos, se roturaron tierras para el cultivo, y se fue perdiendo bosque y monte bajo, porque no todo es laurisilva y pinar. Las calderas de vapor de los barcos que anclaban en nuestro puerto consumieron mucha madera que provenía de nuestras medianías y cumbres, y la superficie arbolada de la isla se iba reduciendo cada vez más. Había pequeños bosquecillos muy separados, y si se incendiaba uno el fuego moría en él. No es que hubiera cortafuegos, es que no existía, como ahora, una masa forestal continuada. En esa época, el historiador Agustín Millares Torres se quejaba de los carboneros que iban a los pinares a hacer carbón vegetal, y advertía que serían los que finalmente dejarían la isla completamente calva. Además, en contra de lo que es creencia común, las zonas más altas apenas tuvieron grandes bosques, y la frondosidad de la isla acababa cuando se llegaba al piso de vegetación pre-alpino y ya no crecía la laurisilva ni el fayal-brezal. El proceso de deterioro de la mítica foresta grancanaria está perfectamente descrito en el libro “El bosque de Doramas”, que es una novela juvenil pero que cuenta con el rigor documental propio de su autor, el recordado historiador José Miguel Alzola, quien, siendo ya un hombre centenario, acometió su último libro, que fue a la vez su primer y único trabajo de ficción, para contar unos episodios reales que fueron origen de violentos conflictos entre los campesinos y los grandes propietarios y que cambiaron el rostro de buena parte de la isla en siglos pasados.

Fue a mediados del siglo XX cuando, desde el Cabildo que presidía un personaje tan controvertido como Matías Vega Guerra, se emprendió una política forestal de recuperación de especies endémicas en el Jardín Botánico Viera y Clavijo, fundado en 1952 y cuyo primer director fue el botánico Eric Sventenius. También se impulsó una política seria y eficaz de repoblación forestal, población en muchos casos, porque se plantaron árboles incluso en zonas donde nunca los hubo, esas zonas más altas que apenas eran veredas de pastoreo de hierbajos y depósitos de nieves invernales que duraban en los pozos hasta el final de la primavera. Esos depósitos estaban en los alrededores del Pico de la Nieves (de ahí lo de Pozos de la Nieve) y eran propiedad del cabildo de la catedral de Santa Ana. De ahí sacaban la nieve de madrugada y la llevaban hasta la ciudad a lomos de mulas, para vender a las familias más poderosas la que aún no se había derretido, para mezclarla con frutas y esencias y hacer helados, y el saldo final se solía realizar el Día de Corpus, para celebrar con helado la festividad.

Es a partir de entonces cuando empieza a crecer la superficie arbolada en Gran Canaria, que sigue conservándose a pesar de catástrofes como la del gran incendio de 2007. Se ha seguido ampliando esa superficie, lo que no está claro es si las medidas de prevención son suficientes, porque la continuidad del bosque hace que un incendio en una parte de la isla pueda extenderse a otros puntos muy lejanos, como sucedió en el episodio del año pasado. Ahora que hemos visto los grandes incendios de California, Grecia, Valencia, Huelva y Portugal, temblamos por nuestros montes, como años anteriores y cada vez que nos llega una ola de calor. En Gran Canaria, el bosque ya no es del señor Conde del chiste de Perich, es de todos, y ha costado varias generaciones y casi setenta años conseguir una masa forestal que, hace un siglo, era impensable. Somos muchos los isleños que, en el Día del Árbol, hemos sembrado de vegetación nuestras montañas, que han ganado en las tierras más altas el verde que se perdió en medianías. Incluso en ese sentido, el bosque es nuestro, y en este caso, cualquier tiempo pasado no fue mejor; por eso es tan importante que pongamos las medidas necesarias para mantenerlo. En ello nos va la vida.