Canarias7
Loreto Gutiérrez

La noche que Aretha nos rozó el alma

Las más de 2.000 personas que aquella noche del 14 de marzo de 2015 llenaban el NJPAC (New Jersey Performing Arts Center) de Newark, 25 kilómetros al oeste de Manhattan -entre las que por una afortunada pirueta del destino, algo de tesón y mucho de anhelo tuve la suerte de encontrarme- rompieron en una cerrada ovación atronadora, que estuvo a punto de echar el teatro abajo cuando en escena apareció ella. Cadenciosa, grande, sabiéndose diva, envuelta en un abrigo de piel blanca y una boa de marabú de idéntica blancura, comiéndose el escenario con su inmensa presencia y su voz portentosa. Se produjo entonces uno de esos instantes electrizantes que atraviesan la epidermis y pasan de golpe y sin filtro a la vitrina de sensaciones imborrables y eternas. ¿De qué otra cosa sino de momentos está hecha la vida?

Al ritmo de Higher and higher (Your love keeps lifting me) la entregada audiencia se convirtió en un único ser vivo movido por los hilos que salían de la garganta de la reina del soul.

El espectáculo no estaba solo en el escenario, también en el patio de butacas, donde la mayoría eran mujeres de raza negra ataviadas para la ocasión con sus mejores galas -en los últimos años Aretha se prodigó poco y sus conciertos adquirieron la categoría de acontecimiento-, con vestidos multicolores y toda clase de tocados, turbantes y alegres sombreros alzándose sobre sus cabezas.

«You are the queen (Eres la reina)», le gritaban en pie mientras movían los elegantes brazos y las manos de estridentes manicuras en una suerte de danza hipnótica que cualquier mortal blanco solo podría aspirar a imitar torpemente.

Al poco, la diva se desprendió con gesto teatral del níveo abrigo de piel que quedó tirado en el suelo como un hibernante oso polar sacado de contexto -un auxiliar diligente salió de entre bastidores a recogerlo y quizás cepillarlo con esmero en el camerino-, bamboleó las plumas hasta el otro extremo del escenario y sobre los acordes del piano entonó Think, el clásico inmortalizado en la película The Blues Brothers, por alguna inescrutable razón titulada en España Granujas a todo ritmo: You better think, think about what you´re trying to do to me.

Y se cumplió entonces el sueño de aquella chiquilla que en una isla atlántica con apenas catorce años había descubierto la música negra husmeando entre los vinilos de los primos mayores, y que al escuchar en un cuarto de azotea de barrio con el mar de fondo aquel tema cantado por aquella voz se conjuró para algún día disfrutarlo en vivo.

Llegaron luego (You make me feel like) A natural woman, Midnight train to Georgia o I never loved a man (The way I love you), la ineludible Respect que ella convirtió en un himno por la igualdad y hasta una bella versión de My cup runneth over que la propia Aretha Franklin tocó al piano para casi detener el tiempo.

Avanzado el espectáculo, la reina ordenó a la orquesta que la siguiera y comenzó a contar en tono de rap su relación con el cáncer que le diagnosticaron cinco años antes, en lo que fue uno de los momentos más emocionantes del concierto.

«Cuando el médico me dijo que me quedaba poco lo miré y le dije: usted no sabe con quién está hablando. Y aquí estoy», dijo.

Ahora que se ha ido valga el relato de aquella noche en la que su voz nos rozó el alma como pequeño homenaje a la inmortal reina del soul. Gracias, Aretha, por la música.