Antonio F. de la Gándara
Las Palmas de Gran Canaria
Como digo, de aquella carallada en el Satchmo -cuando aún no le habían partido la pierna a Coppini tirándole una botella de cerveza desde el público- han pasado más de cuatro lustros. De aquel punk sólo quedan restos de serie en la planta de oportunidades del Corte Inglés y la banda que se presentó ante el público grancanario el sábado en el Felo Monzón -un espacio excelente, ideal para la convocatoria- ejerce de decana del rock nacional con todos los méritos. Como decía aquel recopilatorio de Devo, Now it can be told (ahora se puede contar): Los miembros de Siniestro no tiene por qué ocultar su magisterio y desde luego, no lo hacen. Ya hace tiempo que han cambiado el cuero negro por el terno de los bluesman canallas, no lucen crestas -va quedando poco pelo- y su sonido encaja mejor con los tugurios de Memphis que con el neón de aquel CBGB de Nueva York donde se desgañitaban los Ramones (irónicamente, el nombre de la histórica catedral del punk se forma con las siglas de Country BlueGrass Blues, como si el viaje del No Future ya estuviera escrito). En fin, son la banda que siempre quiso tener Julián Hernández, enamorado del blues desde que era un crío, y los años le han sentado estupendamente.
Pero, como dice la canción, cuanta puta, y yo que viejo. Ya no arrastran los de Vigo masas de jovencitos pendencieros con pantalones a cuadros, pelos teñidos y botas militares, claro. Todos hemos criado barriga, que decía Ginsberg, y ahora el núcleo duro de la parroquia de Siniestro es una tranquila confederación de veteranos de guerra encantados de volver a encontrase, mostrar sus heridas y recordar a los caídos. ¿Esa luz en la mano del vecino de butaca es el fuego de un mechero calentado una china? No, es la pantalla de su móvil, que parpadea con un mensaje. En la noche del sábado, en el Monzón, aún se veía a unos pocos bailando a empujones al estilo de los viejos akelarrres punk, pero los trompicones quedaban en familia en un ambiente general de buen rollito. De muy buen rollito.
El concierto en cuestión. Presentaban Popular, democrático y científico, su último disco. Un sonido cristalino, atronador -lo que requería la ocasión-. Las gibson de Julián y Soto -el primero, una Les Paul ocre; Soto, una SG bermellona- acuchillando la atmósfera , incisivas. Soto es una fiera en el punteo y en el slay, un guitarrista de rock mayúsculo .
Abrieron con Diga que le debo, cerraron con Miña Terra Galega y, en el paquete central, despacharon clásicos y material fresco a partes iguales. De lo nuevo, ejecutaron Monstruos, una corrosiva visión del estamento familiar, el loto azul, el mercado fluctúa o las piernas de Cristo. Del paquete oldies rescataron Alégrame el día, torero, Fuimos un grupo vigués, Todo por la napia, Llega el verano, Yo quiero ser Emilio Cao, Bailaré sobre tu tumba, Cuánta puta y yo qué viejo o Miña Terra Galega.
Julián jalonó el contacto con el público con sútiles pero insistentes invitaciones al voto contra Fraga. Se despidieron con el puño en alto y haciendo reverencias mientras sonaba el himno de la URSS interpretado por los coros del ejército soviético. La peña, tragando saliva.
La primera vez que vi a Siniestro Total, en el bar Satchmo de Vigo, el concierto se celebraba a primera hora de la noche porque los padres del que entonces era su cantante -Germán Coppini- no le dejaban llegar tarde a casa.