Nunca antes hubo tantos muertos sobre la mesa. El Gobierno español abandonó con Rodríguez Zapatero el tono exigente en las relaciones con Marruecos para evitar que se produjera otro incidente como el de Perejil, y a cambio se encuentra, al término del año, con el mayor número de muertos bilaterales de las últimas décadas. Sólo en el último trimestre se suman cinco saharauis muertos en los territorios ocupados del Sáhara Occidental (el último, el viernes), silenciados porque mueren a palos, a cuchillo o atropellados; las muertes sin balas parecen accidentes. Sólo en la fronteras de Ceuta y Melilla, decenas de inmigrantes subsaharianos recibieron en septiembre y octubre más disparos que los gastados por los dos ejércitos en Perejil. Sin contar las silenciosas muertes de mar, que los cobardes no suben a la estadística. No, no parece que haya sido un buen año en este lado de África.
Mientras los cadáveres de inmigrantes han sido utilizados para negociar beneficios a Marruecos en Europa, los muertos del Sáhara no han impedido la fiesta permanente de la diplomacia española con los aduladores de Mohamed VI. Sin embargo, el conflicto lejos de mejorar (»vamos a arreglarlo en seis meses», dijo Zapatero en los días de su investidura), ha entrado en el escenario más preocupante de los últimos quince años. Manifestaciones independentistas en todas las ciudades del Sáhara ocupado y reocupado por el Ejército marroquí, protestas en varias ciudades del interior de Marruecos, desde Agadir a Casablanca sin olvidar las palizas a los universitarios en Rabat, y un saldo que mantiene a día de hoy al menos a 55 personas detenidas por el delito de reclamar respeto a los derechos humanos, exponen un balance desolador, por mucho que Moratinos presuma de que están haciendo las cosas bien. ¿Para quién?
El miedo al futuro de Ceuta y Melilla se alimenta como excusa para convertir en cautiva la razón de Estado sin atender el margen atlántico que afecta al Archipiélago. La apuesta por un modelo autonómico similar al canario en el Sáhara es un imposible metafísico, porque el régimen vigente en Marruecos carece de la voluntad democrática de la transición española. Cualquier ecuación que anule el derecho a la autodeterminación del Sáhara traslada inestabilidad a Canarias. Los intentos de equiparar en el plano internacional los derechos de ambos pueblos, saharaui y canario, no tienen cabida en el contexto político actual, salvo que se disuelva la ONU y que se activen los formatos independentistas en el Archipiélago, más allá de las pandillas que cobran de los dos servicios secretos (español y marroquí). Tal vez por eso, Rabat se ha marcado como objetivo comprar Canarias. Valga como botón el perfil de los dos aspirantes conocidos a la presidencia de la Cámara de Comercio de Las Palmas.
Frente a tales maniobras, la única garantía de estabilidad en la región emana del respeto a los derechos humanos. Lo contrario perjudica la salud democrática de los canarios. Tal vez el Comité de Derechos Humanos de la ONU debiera instalarse en la zona; para que dejen de matar a la gente.