El próximo lunes, 14 de noviembre. se cumplen 30 años de la firma del Acuerdo Tripartido por el que España entregó el Sáhara Occidental a Marruecos y Mauritania. Un acuerdo nunca admitido por la comunidad internacional y que quedaría aún más en entredicho cuando cuatro años más tarde Mauritania se retiró del sur de la zona ocupada incapaz de soportar la guerra con el Polisario, permitiendo que Marruecos ampliase su anexión. El entonces presidente del Gobierno español, Carlos Arias Navarro, con un Franco agonizante, cedió al «chantaje horrible, pero legítimo», como lo calificó el propio Hasán II, de la Marcha Verde y consumó uno de los episodios políticos más vergonzantes de la historia reciente de España. No sólo se desatendieron las demandas de la ONU, que exigía, y exige aún, un referéndum de autodeterminación y la descolonización del territorio, sino que además se abandonó a su suerte a los habitantes de, hasta ese momento, una provincia española más.
Hace 30 años, pues, España se enajenó de su responsabilidad como potencia colonial administradora y, además, abocó a un pueblo al exilio y dio pie a una guerra que aún perdura, aunque desde 1991 se mantenga un precario alto el fuego.
Hoy, tres décadas, después toca recordar como las Islas se encontraron, de repente, teniendo que asumir su condición de última frontera, con un conflicto bélico en sus puertas que se cobraría vida isleñas, con la desaparición de su caladero pesquero, con el retorno apresurado de miles de paisanos que habían encontrado allí su lugar de trabajo y que aquí fueron alojados en muchos casos en inmundos barracones en Pedro Hidalgo, con la pérdida de una zona con la que se mantenían estrechísimos lazos comerciales y humanos, con el acantonamiento de tropas que distorsionó la plácida vida de Islas como Fuerteventura... Para el recuerdo queda, también, la llamada que hiciera al resto de España un diputado en Cortes canario reclamando la solidaridad de todas las regiones para con este Archipìélago que no podía soportar en soledad esta descolonización y la sonrojante respuesta que recibiera de que éste era el tributo que había que pagar por ser tierra española. En la memoria queda la sensación de orfandad que invadió a todos los canarios en aquellas infaustas fechas.
Han pasado 30 años. El conflicto sigue irresoluto. La incertidumbre sigue planeando sobre el territorio vecino. Demasiadas buenas palabras se las han llevado el viento. Muchas mentiras se han repetido hasta la saciedad. 30 años después de la Marcha Verde, de la firma del Acuerdo Tripartido, no se debe olvidar que quienes mantienen viva la bandera de la causa saharaui han apostado por la vía diplomática y política; que no se les responda, pues, con la violencia.
Vecinos y tan sensibles que somos los canarios a la coyuntura internacional conviene que sigamos teniendo presente que en la hamada argelina, en ese desierto que parece no existir pero que es tan real y duro como las piedras, un par de cientos de miles de saharauis siguen a la espera de que se restituya la legalidad internacional, de que se cumplan los mandatos de la ONU, de que se ponga fin a la violencia.