Por Rafael Falcón.
Había una vez, un circo que alegraba siempre el corazón... Pasen y vean, el mayor espectáculo del mundo. No hablo del circo de Rody Aragón, pero sí de otro que cada día nos muestran los candidatos a las elecciones del 22 de mayo.
Hay domadores de perros, chef que ponen mojo picón a las papas arrugadas con un arte inusual, malabaristas que viajan en bicicleta sin miedo a ser atropellados por los coches, musculosos que nos enseñan en plena función como hacer estiramientos y correr sin riesgo a lesionarse, malabaristas que van subidos al techo de un tren hasta el Sur, acróbatas que meten canastas en un pabellón ficticio pero espectacular... No hay tiempo para aburrirse. Las funciones son diarias y gratuitas, a todas horas, y las sorpresas son constantes.
Y no se preocupen, ellos pasan por su casa. El espectáculo también nos lleva a un mundo de fantasía, con paseos por el Guiniguada donde puedo disfrutar con mis hijos de lo lindo, zonas ajardinadas, con la Gran Marina de telón de fondo, con el Sur de Gran Canaria como ejemplo de belleza arquitectónica, con nuestros mayores bien atendidos en instalaciones adecuadas...
Pero hay un fallo. Este circo nos presenta propuestas innovadoras, fórmulas mágicas, bajadas de impuestos, etc. Y la realidad de este espectáculo es bien distinta.
Ahora todos proponen, hacen el pino puente, saltan al vacío, con agua o sin agua, pero la gente no se chupa el dedo. El circo es ilusión, pero un show circense como éste, en la época en la que vivimos, cada día es menos creíble.






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