Este Día del Libro, queremos proponer un juego a nuestros lectores: tomar el siguiente texto del escritor Alexis Ravelo, e interpretarlo en vídeo.
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Para participar, tan sólo tienes que elegir una de las frases disponibles (aparecen con un doble subrayado), grabarla en vídeo con las imágenes que te inspire (o simplemente, leer la frase frente a la cámara), y subir el fichero del vídeo desde esta misma página.
Puedes ver los vídeos recibidos pulsando en las frases con un subrayado simple.
Las frases que se eligen quedan reservadas, y tienes tres días desde que haces la "reserva" para subir el vídeo a la web. Después de esos tres días, la frase quedará nuevamente disponible para cualquier lector. Las frases reservadas aparecen sin subrayar, cuando aún no ha llegado el vídeo correspondiente.
Una vez seleccionada tu frase y grabado el vídeo, vuelve a visitar esta página y sube el fichero. Te recomendamos tener en cuenta lo siguiente:
Aviso importante: hay ciertos objetos peligrosos con los que debes tener mucha precaución. Escucha atentamente, porque quizá incluso tengas alguno en tu propia casa. Y no hablo de juguetes sexuales, sino de unos objetos igualmente consoladores y desasosegantes. Comúnmente, son denominados "libros". Debes estar alerta, porque son peligrosos.
Los libros se obstinan en desordenarte la casa y no se conforman con ello: te siguen, además, adonde quiera que vayas. Se meten en tu cama, en tu guagua, en tu avión. En tu mochila de la playa. En tu bolsillo. Van contigo hasta a la consulta del médico. No te dejan en paz ni siquiera en el retrete.
Hay libros que se leen en compañía y libros que se leen con una sola mano. También libros que se leen en un solo día y libros que se leen página a página, paladeando cada palabra, poquito a poco, para que no se te acaben demasiado pronto.
En todo caso, supongo que poseemos una idea intuitiva de lo que es un libro. Los conocemos, asimismo, de cerca. Y hay algunos que nos gustan. Y otros que no.
A los que nos gustan, los llamamos libros buenos. A los que no, libros malos. Y hay cientos, miles, millones de libros. Y sólo unos pocos de ellos son buenos. Y los demás, malos.
Entonces, ¿por qué no nos libramos de los malos, que ocupan tanto espacio y acumulan tanto polvo?
Incluso puede darse el caso de que el libro que hoy no-te-dice-nada, mañana te resulte imprescindible. O viceversa. Por eso, porque uno no puede imponer su criterio a los demás (y ni siquiera puede ser firme en ese criterio e imponérselo a sí mismo) estableceremos la siguiente convención: No hay libro malo.
Nunca se sabe el saldo que la posteridad arrojará sobre un libro.
Todo libro es una botella lanzada al mar del tiempo, con un mensaje (o varios), esperando llegar a las orillas de tu biblioteca, al azar de compras dictadas por la curiosidad o reclamos publicitarios; regalos de amigos, familiares o parejas; consejos de conocidos que los leyeron y te los recomendaron y/o te los prestaron o, sencillamente, porque entraste en una librería y el título te saltó a la cara y te enamoraste.
La lucidez llega más tarde. Lo primero que encuentras en el libro es placer.
Ahí ya te has perdido para siempre. Y ese es el peligro sobre el que quería advertirte. Es esa cosa que se llama fruición (o, sencillamente, gustito) y que consiste en un cosquilleo en la nuca o el estómago, una impaciencia por saber qué ocurre en la página siguiente, o una parada en seco para releer las líneas por las que acabas de pasar los ojos, porque son un pasaje radicalmente bello, o evocador, o inquietante.
Por causa de esa fruición visitas luego más y más librerías y te haces amante de los libros. He dicho "amante". Los libros no tienen amigos, tienen amantes. Es muy difícil ser amigo de alguien con quien se hace el amor (tengo una amiga que dice que un buen libro es el único amante que te exige promiscuidad).
¿Aún no has sentido ese gustito? Nadie está fuera de peligro. Seguro que acabará ocurriéndote. Con el amor ocurre lo mismo: no hay quien se salve. Tu libro está ahí, esperando, como un cepo para fieras, a que des con él; para atraparte por siempre jamás.
Así que mucho cuidado, ya sabes: esos objetos de los que he hablado todo el rato, son peligrosos. No sólo porque hacen pensar. Eso ya lo sabíamos. Sino por otra cosa que nos acerca aún más al abismo: porque producen placer y el placer es adictivo.
Ahora que lo pienso, quizá sea mejor que las autoridades no se enteren. Ya sabes que tienen la dichosa costumbre de prohibir todas esas cosas que dan gustito.
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