
Nunca creí que fueses un perverso destructor de sueños infantiles, pero después de leer tu libro he llegado a pensar que escondes uno de esos monstruos del subconsciente que te obliga a torturar a tus personajes y llevarlos a la confusión, al caos, a las drogas, al abandono en la calle, a una triste habitación o a la muerte. Presentar esta novela en Reyes y en la calle mayor de Triana, justo la noche en la que arranca el drama de Alejandro, cuando los niños tratan de dormir buscando la rendija por la que entrarán en sus casas esos seres mágicos, es una provocación. Lo es para los niños y para los padres, que enfermos de inocencia, pero ilusionados con el ritual, buscan una última hora de libertad, un detalle que poner sobre los zapatos, la pequeña juerga y a los amigos a los que sonreír y abrazar.
Perder la inocencia. Descubrir que los Reyes son los padres y que todo era de cartón piedra es un drama. Y de eso habla tu libro, aunque la ironía que impones en esta novela y el humor fino con el que se suceden los acontecimientos te lleve a situaciones rocambolescas para desarrollar el drama de Alejandro.
Todos hemos vivido la perdida de la inocencia, algunos como tu protagonista, de forma psicológicamente más violenta, pero creo que no hay otra forma de que la fantasía sea violada. Se derrumban los mundos imaginarios y se impone la realidad y si no tenemos otras oportunidades nos hundimos, como muy acertadamente describe Santiago Gil en su libro 'Queridos Reye Magos' al abrir ese garaje municipal para las cansadas y destartaladas carrozas de las cabalgatas.
Los adultos, como los padres del niño imaginario de Santiago Gil, seguimos siendo responsables de la creación de la fantasía en un intento de sostener la inocencia, la pureza originaria, la del paraíso, la que atribuimos a de los bebés. Queremos prolongar el mundo en el que queremos vivir, el de los cuentos y las hadas, el de la felicidad. Pero también somos los encargados de devolver a los hijos a la realidad o por simple dejación abandonarlos a su suerte en el mundo real; aunque yo dudo sobre los límites entre el mundo de Alejandro y el de sus padres, entre mi mundo y el de mis hijas. Pero ese es otro debate.
Perder la inocencia la noche de Reyes es un drama que marca mucho. Al menos yo lo viví así. Es de las cosas que mejor se han grabado en mi memoria. Me lo dijo mi abuela un día del mes de diciembre, antes de Navidad, subiendo a la Montaña de Guía. Ella con su pañuelo negro de eterno luto y una caja a la cabeza, y yo, con apenas siete años, caminando a tropezones a su alrededor, poniendo en peligro su estabilidad y la de la caja esmeradamente preparada por Juanito el del la tienda con la compra del mes. Discutí con ella. Le rebatí y lloré para tratar de que entendiese que los Reyes sí existían, que era imposible su teoría de que los padres compraban y ponían los juguetes en los zapatos. Ella, fiel a su cruel misión de adulta, no me devolvió la ilusión. Insistió en quitarme toda esperanza. Me imagino que con buena intención, como todo lo que hacía por mí. Por aquel entonces las cosas no estaban para Reyes en mi familia.
La verdad Santiago es que no quiero escribir un relato paralelo al tuyo, pero me he sentido tan identificado con Alejandro que no puedo dejar de contar mi pequeña historia de Reyes. En el fondo, contándola, sólo quiero resaltar la facilidad con la que tus novelas conectan con las vivencias humanas. Si abrimos un debate ahora mismo seguro que todos contamos cómo vivimos esa pérdida de la inocencia, en algunos casos más duros que lo que tu relatas y de lo que podamos imaginar.
Tengo que decirles que, por supuesto, no creí a mi abuela. Como no la creí cuando me decía que el "papel lo aguanta todo" tras leerle algunos panfletos que el régimen franquista nos hacía estudiar sobre las bondades del Fuero de los Españoles. Claro, que ella era republicana y había perdido a su marido en el Lazareto de Gando cuando tenía 23 años y tres hijos que sostener en un mundo en el que habían ganado sus enemigos. Pero esa es otra historia.
Descubrí que era verdad lo que mi abuela me trataba de meter en la cabeza meses después, cuando nació mi hermana. Mi hermana, se llama Reyes, Reyes Natalia; y ya se imaginan por qué le pusieron ese nombre. Nació esa noche, precisamente la noche en la que los Reyes me tenían que dejar mi primera y deseada bicicleta. Mi madre se puso de parto a media tarde. La recuerdo cogida fuertemente del respaldo de una silla dando gritos y desde mi inocencia le pregunté qué es lo que le pasaba. "Este niño es tonto, llévatelo de aquí", le dijo a mi abuela, que había parecido desde que comenzó a dar los primeros alaridos. Creo que Las Boticarias entera se enteró de que mi madre estaba de parto. Todos corrieron al Hospital de San Roque. Nos quedamos solos mi hermana y yo. Apareció mi abuela, nos acostó y se marchó. La noche debió ser ajetreada para mi madre. Tenía unos partos tormentosos.
Cuando me levanté no había nadie en la casa. Saqué de la cama a mi hermana para ir a lugar donde habíamos dejado los zapatos el día anterior, la hierba fresca y el agua, además de un par de galletas 'Tamarán'. Allí estaba todo. Nadie lo había tocado. No estaba la bici, ni un triste regalo. Mi hermana y yo nos preguntamos qué podría haber pasado, y la explicación nos la dio mi padre horas después cuando llegó: "Los reyes les han traído una nueva hermana". El hombre había pasado la noche en el hospital de San Roque con mi madre. Aún así, delante de nosotros, sin pensarlo dos veces, cogió una silla y bajó los regalos de encima del armario. Aquel ropero que tantos secretos escondía y al que no llegábamos ni con la silla más alta de la casa. Ni siquiera estaban envueltos. Para mí era un gran coche blanco, un deportivo, no recuerdo de qué marca. Con aquella carcasa blanca de plástico se desvaneció mi última esperanza sobre los Reyes Magos y mi esperada bicicleta.
La verdad que no recuerdo sufrir un trauma. A lo mejor ya había perdido la inocencia y los Reyes eran una de mis últimas etapas en este proceso de cambio que sufrimos lentamente cuando pasamos de la niñez a la madurez. Esto de la adolescencia es cosa de países ricos. Ni tan siquiera recuerdo agravios. Creo que estábamos acostumbrados a ser pobres. Jamás fueron comparables mis reyes con los de los niños del casco, con los que iba a clase, ni estábamos sometidos al consumo, a la apariencia social, como describe Santiago de sus personajes ubicados en una zona céntrica de la capital, con estudios y ejerciendo profesiones liberales. Pero fue un mazazo.
Querido Santiago. Tu sabes que no soy crítico literario y que haberme invitado a estar en la presentación de tu nuevo libro no tiene otra explicación que el cariño y la amistad que desde la infancia nos profesamos, pero me atrevo a hacer una valoración: el final de tu novela es magistral. Las fantasías terminan como las carrozas de la cabalgata del día de Reyes... en los garajes municipales. Son como los barcos fantasmas que surcan los mares. Nos sentimos como papahuevos almacenados, como carrozas destrozadas después de la batalla de flores, como disfraces aparcados en un armario esperando a que alguien los elija cuando llega el carnaval. Ese parece el destino final de los que sucumben a la fantasía en una sociedad construida a base de excesivas razones y escasas ilusiones. Como Alejandro, somos hijos de la razón, ese engaño masivo en el que hemos caído y que nos obliga a aparcar nuestros sueños para dejar paso a un mundo ordenado por las ideas, a la apariencia social y a los deberes impuestos, de los que, siempre terminamos siendo víctimas. Alguien ha escrito de forma errónea que nuestro destino, como el de Alejandro, es renunciar a lo que queremos, a nuestras ilusiones, a las aspiraciones, a los proyectos, a los deseos a los sueños. Hemos decidido que nuestro destino es abandonarnos a un mundo ordenado en el que está preestablecido lo que tenemos que hacer.
Los que intentamos escapar a ese remedo de siglos de historia también tenemos la tentación permanente de sucumbir a al poder de fantasía. Pero yo, ni tú, ni muchos de los que hoy nos sentamos aquí, hemos estado dispuestos a terminar en ese almacén municipal y quizás por eso nos gusta la literatura, la creación, la sabiduría, la fantasía, los sentimientos, ese cúmulo de sensaciones que dejas en tus libros y que nos hacen vivir. Porque, debajo de la crítica y del sufrimiento de tus personajes no hay otra cosa que tu propia búsqueda de la felicidad. Te conozco desde que éramos niños y sé cuáles son algunos de tus deseos más profundos.
Un día un niño se paró ante un pensador y le preguntó:
¿De qué tamaño es el universo?
El universo tiene el tamaño de tu mundo, le contestó el sabio.
El niño, confundido, preguntó de nuevo:
¿Y de qué tamaño es mi mundo?
Del tamaño de tus sueños, le contestó el sabio.
Si tus sueños son pequeños, tu mundo es pequeño, tus metas serán limitadas, tu camino será estrecho, tu capacidad para soportar la adversidad será endeble.
Los sueños dan sentido a la existencia. Si tus sueños son débiles tu comida no tendrá sabor, tus primaveras no tendrá flores, tus mañanas no tendrán rocío, tus emociones no tendrán romances.
Un abrazo y felicidades por dedicarte a esto querido amigo.

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