El mundo se desploma y la campaña electoral del PSOE y del PP sigue como si nada pasara. ¿A nadie le asusta que dos economistas, dos tecnócratas amamantados en los mejores círculos del mercado internacional, sustituyan a los presidentes elegidos democráticamente en Grecia e Italia? Tal y como dice Cayo Lara, y creo que con razón, Papademos y Monti han sido elegidos por los mercados, no por los ciudadanos. Me asustan los políticos y su ineficacia, pero más me preocupa que los mercados y sus empleados se hagan cargo de regir la vida de dos países europeos de tradición democrática. Me dirán ustedes que son los parlamentos electos los que lo han decidido, y así es, pero han obviado la voluntad de los ciudadanos. ¿Cómo es posible que alguien no electo sea el presidente de un país por el simple hecho de ser economista y de estar bien visto por los mercados internacionales, aunque lo digan unos políticos asustados?
No quiero ser alarmista, pero la historia reciente de Europa nos dice que fueron las «emergencias», las crisis económicas y las prebélicas las que impusieron los cambios de régimen que nos llevaron a sucesivos desastres. Entonces eran militares los mejor preparados para las emergencias; ahora son los empleados de la gran banca.
Los tecnócratas son auditores a los que los nuevos dueños de las empresas han encargado ejecutar sus planes de ajuste que, con toda seguridad, mellaran el Estado del Bienestar y la estabilidad social de los países afectados. Papademos y Monti tendrán que despedir a más funcionarios, rebajar salarios, subir impuestos y recortar los gastos sociales como el de las pensiones, el salario de los parados, la educación o la sanidad. Lo harán como quien corta con un bisturí, sin tener en cuenta el dolor o la sangre que les salpica. Mientras, los políticos se mantienen al margen gracias a acuerdos en nombre de un falso consenso impulsado por el miedo, no por el compromiso con los que los eligieron. Ahí se quedan, en sus escaños, limpios para, si dura el sistema, seguir gestionando los restos.
La excepción por motivos de urgencia debe ser la mínima y el mínimo tiempo posible, de lo contrario las democracias se resentirán y serán los mercados los que gobiernen los estados como empresas y a sus ciudadanos como trabajadores y consumidores. No es cuestión de deslegitimar las democracias que deciden en sus parlamentos que sean los tecnócratas los que gobiernen, pero es una grave señal de alarma que esconde una desconfianza hacia el sistema.
Entregar el gobierno a tecnócratas sin apenas resistencia es otro síntoma del descreimiento y la desilusión que viven los ciudadanos con los políticos. Ya no creen que los políticos puedan resolver adecuadamente los problemas económicos y los políticos se sienten desplazados por el poder de los mercados, a los que no pueden hacer frente.
Es otro síntoma la renuncia que los ciudadanos hacen a la participación política, por muy indirecta que sea, cuando creen que alguien imparcial, que en realidad no lo es, podrá poner orden allí donde la política ha fracasado. Se impone también la falsa idea del ocaso de las ideologías, de que están en retroceso y que la única diferencia está en las distintas soluciones que aportan los economistas de cabecera de unos y otros partidos. No existe una solución aséptica para resolver los problemas económicos y en democracia también se elige una opción y una solución política para la economía.
Así las cosas, los políticos se resignan a defender sus parcelas, haciendo dejación del control sobre las grandes corporaciones que operan globalmente, sin que se sepa muy bien quién es quién. Los mercados se han convertido en una especie de entes que deciden, hablan, dictan normas, cobran pero no tienen rostro alguno. La crisis, lo que revela, en definitiva, es la gran incapacidad de los políticos para la gestión y sobre todo para el consenso en función del bien común.
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