Los socialistas españoles se enfrentan a un momento histórico en el congreso que se celebrará en Sevilla a principios del mes de febrero del próximo año. Porque es histórico deberían hablar menos de personas y más de las ideas, aunque las personas representen una cosmovisión y saludables corrientes internas. No es lo mismo Rubalcaba, con una pesada carga del pasado en su mochila, que Carme Chacón, una joven promesa de la progresía adinerada de Cataluña.
Al PSOE no le queda otra salida que reinventarse, refundarse después de la debacle electoral y el cambio de rumbo ideológico que impuso el mercado a Zapatero. El partido se regenerará con nuevas ideas, las que necesita la izquierda para identificarse y sobrevivir a la ola neoliberal que impera en todo el mundo. Lo hará si son capaces de renunciar a lo viejo para que nuevas caras puedan recuperar la confianza de la izquierda en el partido que mejor los ha representado en España. Hacerlo sobre pugnas de candidatos, personalismos o corrientes internas será otro error.
Zapatero ya no tiene patrimonio alguno que dejar a los militantes socialistas. Empecinarse en quedarse y tutelar a uno de los candidatos será otro error para el futuro. Su política en los últimos dos años condujo a la pérdida de un millón y medio de votos en las elecciones autonómicas del mes de mayo y cuatro millones en las últimas generales. El cambio de políticas para contentar a los mercados arrastró a la crisis a muchas federaciones socialistas, que ahora se enfrentan también a la reconstrucción del partido a nivel local.
El felipismo que perdió las elecciones contra Aznar, también las ha perdido contra Rajoy con Rubalcaba a la cabeza. Su proyecto está agotado y sus rostros también. Felipe González apostó por las mismas políticas que aplicó Zapatero para hacer frente a la crisis, refugiarse en liberalismo y sus propuestas, abandonando los postulados de la izquierda tradicional con la que se inició la legislatura.
El desgaste de las ideas y la imposición de la vieja guardia ha impedido el desarrollo de las nuevas generaciones. Los jóvenes, que aún ven en el socialismo una salida a sus ideales, tampoco brillan con luz propia más allá de los viejos rescoldos ideológicos del siglo pasado.
A nivel internacional la desorientación de los socialistas es patente y el debate es el mismo que sostienen los españoles. La desubicación ideológica hace mella en los grandes líderes de la Internacional Socialista. Una corriente importante mantiene los ideales de la socialdemocracia y de progreso. Aseguran que esto es solo un momento, que volverá la calma y ocuparán los gobiernos de los que ahora son expulsados por la crisis. Otro sector cree que se trata de una crisis más profunda, de identidad de la izquierda.
Sea como sea, los socialistas españoles tendrán que elaborar un ideario realista, atrevido y atractivo para recuperar el orgullo de la izquierda. Deberá sostenerlo en los rasgos de su identidad, como la defensa de los valores democráticos y del Estado de Derecho, el crecimiento económico como fórmula para la regeneración de empleo que posibilite el sostenimiento del estado del bienestar, la supremacía de la política y del Estado frente a los poderes económicos, el Estado de las Autonomías y la solidaridad interterritorial, la regeneración de la vida política e institucional, la transparencia democrática, la recuperación de la sociedad civil y los valores éticos y la paz social para que el entendimiento sea posible.
El PSOE tiene aún más de siete millones de votos que creen en el partido, sean quien sea el candidato y sean las que sean las ideas. Las tentaciones son enormes, porque, aún en la oposición, el poder en esta nueva etapa es inmenso. Su nueva organización y las ideas sobre las que se oriente la representación de la izquierda moderada y mayoritaria en España debe contar con ese caudal.
España necesita del socialismo serio y renovado, comprometido con los valores democráticos y la regeneración de la vida pública, un socialismo que evite la tentación de tomar en la calle como campo de batalla y desprestigiar aún más a las instituciones desde las que en dos ocasiones han desarrollado sus ideales.
Archivos Noviembre 2011
No pongo la mano en el fuego por nadie, pero sí me mojo, como he hecho en otras ocasiones, para criticar la investigación y la instrucción del caso Las Teresitas. Me pregunto cuánto ha costado al Estado esta investigación para que acabe desinflándose como una sopladera que se le escapa de las manos a un niño, como ha ocurrido con todas las iniciativas policiales que desde 2006 se pusieron en marcha en Canarias.
En este caso la investigación se inicia por decisión e «impulso policial» que recoge «soplos» de «fuentes confidenciales» en una serie de entrevistas que se traducen en un «informe» que asume la fiscal en forma de querella y la jueza instruyendo. No soy juez, -Bellini tampoco lo es de carrera-, pero no me parece acertado admitir «informes» sobre soplos para pinchar teléfonos. Debió exigir a la policía pruebas y testigos que acreditasen lo que estaban diciendo esas fuentes anónimas de la investigación.
El auto que desinfla el caso Las Teresitas llega a dar los nombres de empresarios que no han estado imputados. Los coloca por escrito, con las cantidades que dicen los soplones que cobraron por la operación inmobiliaria, para concluir que no «ha quedado acreditado de forma cierta e inequívoca la existencia de indicios sobre el cohecho».
El auto es incomprensible. La magistrada constata una serie de hechos después de cinco años de investigación, un millón de movimientos bancarios de las cuentas de Zerolo, pinchazos telefónicos, cientos de declaraciones... de los que dice son meras «suposiciones» de los que no se puede obtener «un juicio de referencia razonable». Una investigación para acabar poniendo sobre la mesa el valor de las compras de Zerolo en el supermercado y el precio de unos ceniceros de plata regalados por Vultesa.
El bebé de Soraya Sáenz de Santamaría no piensa mucho, no está en edad de eso, pero echará de menos la teta de su madre, el olor y el calorcito de las recién paridas. Si es verdad lo que dicen todos los expertos sobre la necesidad de los niños recién nacidos de estar cerca de su mamá, de su teta y de su piel el bebé de Soraya la echará de menos. Me imagino que estará con su padre, con la tata, con sus abuelos y con su madre, que correrá a su lado nada más acabar con las tareas de Estado que le ha encomendado Rajoy. No sé es como aguanta Soya tanta presión, porque mira que los niños dan la lata de noche. Llantos, pañales, teta, biberón... y a Jáuregui, haciéndose el remolón con la información. Pero cada uno organiza su vida como quiere. Al menos el chico podrá celebrar que nació cuando su madre ganó por goleada en España y que cuando él lloraba en la cuna, ella se ocupaba de solucionar la más grave situación por la que ha pasado España en democracia.
En nacionalismo canario es como un queso gruyere. Tiene una estructura esférica, casi perfecta, pero lleno de agujeros de aire por la acción de las bacterias. Estas elecciones eran importantes para los nacionalistas canarios. Se jugaban su presencia en Madrid y la capacidad de influir desde la tribuna de oradores con tres o cuatro diputados. Yo no estoy de acuerdo con Paulino Rivero cuando dice que la gente no ha entendido el mensaje. Era muy claro; lo que pasa es que los canarios sólo han escuchado en estos últimos años el ruido del desastre de Gobierno que lideró Zapatero y el susurro de Mariano Rajoy como esperanza en medio de la tormenta. El proceso sí fue precipitado y forzado por los acontecimientos. Sonó a conveniencia. Dos facciones del nacionalismo canario, crudamente enfrentadas cuatro meses antes, se presentaban a la sociedad como tabla de salvación de Canarias. Pero eso tampoco les importó a los electores nacionalistas de Gran Canaria que dieron un diputado en Madrid; y eso a pesar de no ser Pedro Quevedo y Manuel Lobo el mejor cartel electoral de las dos formaciones.
El problema de CC está en Tenerife, donde desde las elecciones autonómicas, en el mes de mayo, viene perdiendo fuerza frente al PP. No es una cuestión de mensaje de campaña, sino un cúmulo de errores. Rivero centró mucho sus esfuerzos durante años en debilitar al PSOE y se olvidó de que por la derecha venía el PP con mucha más fuerza. En esta última etapa Ana Oramas se pegó demasiado en la foto a Zapatero y se quemó en la misma hoguera que Rubalcaba. Además, Coalición tiene otros problemas internos no resueltos, que tienen que ver con su idiosincrasia, con el propio origen de ATI y con la gestión de Paulino Rivero, un hombre que no está en el núcleo «puro» del chicharrerismo.
La lectura política de los resultados electorales en Canarias tiene muchas aristas, sobre todo para los que han visto comprometida su seguridad ante la ola del PP que ha barrido el archipiélago. El triunfo de Rajoy y el poder que acumula el PP en todo el Estado y en las instituciones canarias ha despertado el recelo de socialistas y nacionalistas, que ven comprometido el pacto de Gobierno. En esta contienda los nacionalistas pierden fuelle en Tenerife donde el PP los arrolla. En Gran Canaria Román Rodríguez logra sus objetivos y se hace fuerte en el nacionalismo regional.
1. El Partido Popular aumenta en casi cien mil los votos respecto de obtenidos en las últimas elecciones, traducidos en nueve diputados, lo que supone una gran victoria electoral para José Manuel Soria, al que solo se le resiste el Gobierno regional. Soria podrá presentar muy buenos resultados en Génova, donde tiene garantizada una plaza en algún ámbito del poder estatal, pero además se convierte en el hombre fuerte de Madrid en las Islas. Algunos le atribuyen ya el papel de «conseguidor». Esté o no esté en el Gobierno de Rajoy, por Soria tendrá que pasar gran parte de lo que el Ejecutivo central decida sobre Canarias y lo que el PP sostenga sobre las relaciones con los nacionalistas canarios.
2. La sobriedad y la mesura que imponen las circunstancias pueden frenar la estrategia del presidente del PP de Canarias para desestabilizar el pacto CC-PSOE, pero no dejará de intentarlo. En el PP se habla abiertamente de que un pacto con una parte de los socialistas, una vez éstos descabalguen a José Miguel Pérez. En voz baja, la cúpula de los populares canarios no esconden su deseo de sacar a Paulino Rivero de la Presidencia del Gobierno y a CC de algunas instituciones, como el Ayuntamiento de Santa Cruz o el Cabildo de La Palma.
3. En esta contienda electoral se consolida la tendencia de crecimiento del PP en Tenerife. Poco a poco el poder de decisión en el PP se traslada a esa isla, donde los resultados electorales son mucho mejores que los de Las Palmas. Pablo Matos sacó a Soria casi diecisiete mil votos en Tenerife. El PP de Tenerife redobla sus resultados con más de 56.000 votos, mientras que en Las Palmas José Manuel Soria alcanzó su los 38.000. Los tinerfeños pueden poner sobre la mesa lo que no ha puesto Soria en estos últimos cuatro años: la sangre de Paulino Rivero, al que sacan una considerable ventaja y le quitan un diputado. Tras la salida de Soria de las Islas, serán los conservadores chicharreros los que reivindiquen la presidencia del partido con varias victorias en sus manos.
4. Antonio Alarcó, con una brutal campaña en contra, obtuvo en Tenerife 167.000 votos y ha logrado en dos ocasiones lo que parecía impensable: expulsar de su reino al todopoderoso presidente del Cabildo de Tenerife, Ricardo Melchior, quemado en su propia hoguera de vanidades. A pesar del triunfo, la pugna en el PP tinerfeño sigue abierta entre el propio Alarcó con aspiraciones mayores, Matos, con influencias en Madrid y Cristina Tavío, desplazada ahora a un papel secundario en el Parlamento de Canarias.
5. A Ignacio González no se le quema la tortilla. Está siempre al lado del poder. En un pacto con José Manuel Soria ha logrado colocar en Madrid a la esposa del vicepresidente 1º del Cabildo de Gran Canaria, Juan Domínguez, el mismo que traicionó a Coalición Canaria de Gran Canaria pactando con José Miguel Bravo. Ignacio González se garantiza cierta inmunidad en los próximos cuatro años que se le antojan prósperos. El pacto de ganadores con el PP hace incompatible su cargo de portavoz adjunto de Coalición Canaria en el Parlamento de Canarias, de donde, si en CC no se chupan el dedo, será expulsado. Por medio está la posición de Nacho, decidido con el PP a echa a los socialistas y nacionalistas del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.
6. El nacionalismo canario entra en zona de peligro. En esta contienda pierde más de 31.000 votos respecto de 2008 y casi sesenta mil respecto de las autonómicas del pasado mes de mayo. Los pierde en Tenerife, en su bastión histórico. Paulino Rivero pierde en Tenerife más de 54.000 votos y un diputado. En su partido se han levantado las espadas para abrir una crisis y pasarle factura por algunos errores de bulto. El reproche llega desde el corazón de ATI: «el equipo de Rivero no vio venir al PP y se aisló en los despachos del Gobierno». Los acuerdos con los socialistas, la dura campaña mediática de El Día y el abandono de la estructura del partido más otras cuitas propias del tinerfeñismo profundo, pasan factura a Rivero, que pierde fuelle y poder en su isla, con efectos inmediatos a nivel regional. Rivero tendrá que hilar fino desde el Gobierno porque sólo le queda, y no es poco, mantener intacto el pacto con el PSOE y Boletín Oficial.
7. Román Rodríguez es el gran ganador. Resuelve una parte de su problema interno en Nueva Canarias al ganar autoridad. Gana un diputado y una posición de fuerza en el nacionalismo. Reunificado o no, Rodríguez se queda con el espacio nacionalista frente a Coalición Canaria en Gran Canaria. La isla vuelve a ser el feudo de los nacionalistas escindidos. En la política real, Pedro Quevedo es «su» diputado, el de Román Rodríguez. No es de CC, y si quieren una «refundación», como anunció Ana Oramas, su poder tendrá que aumentar, en el armazón de la estructura orgánica de un futuro pacto y, posiblemente, dentro del Gobierno regional.
8. Como es habitual en Canarias, ganadores y perdedores controlan el poder. Los hombres fuertes de la política canaria son, de nuevo, Soria en Madrid y Paulino Rivero en las Islas. Tendrán que entenderse o morir matándose.
9. El pacto regional de CC-PSOE está debilitado después de los resultados de ambas formaciones. Soria jugará desde Madrid a romper ese pacto, aunque Mariano Rajoy no le permita excesivas tensiones tal y como están las cosas. El mejor refugio para Paulino Rivero y José Miguel Pérez es el pacto. Fuera de él, Pérez es hombre muerto a manos de los de «siempre» en el PSOE. Rivero no podrá nunca ceder la presidencia al PP y podrá influir en Madrid a través del Gobierno y de los propios enemigos de Soria, que los tiene.
10. José Miguel Pérez paga la factura de Zapatero y la de la crisis que su partido sufrió tras la traumática salida de Juan Fernando López Aguilar de las Islas. Los socialistas canarios pierden 163.000 votos. El PSC ha dado un espectáculo poco edificante a lo largo de estos dos últimos años en Tenerife, en La Gomera o la desobediencia de algunos sectores en el pacto con CC. Los cuchillos están más afilados que nunca y con la estimada colaboración del PP, algunos destacados miembros del PSC se disponen al ajustar cuentas y sacar a Pérez de la Secretaria General y del Gobierno de Canarias.
11. El descontento de la izquierda se vio reflejado también la subida de partidos como Izquierda Unida, que junto a los Verdes y sin una gran campaña, logra más de 27.000 votos, lo que le otorga un buen margen de autoridad para movilizar a sus simpatizantes en la calle. En esta provincia el voto progresista y el descontento ciudadano se refugió en esta opción política y abandonó al PSOE.
12. La formación de Rosa Díez en las Islas es otra de las favorecidas por la deserción de votos del PSOE. El partido que en toda España obtuvo cinco escaños, en las Islas logra más de 20.000 votos respecto de las últimas elecciones generales.
Es una gran victoria. Después del fracaso socialista, Rajoy es la última esperanza del país ante la devastadora crisis económica y así lo han expresado, sin ninguna reserva, los españoles.
Una victoria que el PP tendrá que administrar con prudencia y generosidad. La situación económica del país es grave y Rajoy reconoce que necesita de todos para gobernar. La holgada victoria no puede llevar al PP a cometer el mismo error que Zapatero y timonear la situación desde la soledad y el partidismo. Rajoy no se escondió ayer para reconocer la gravedad de la crisis y en un discurso sobrio, lleno de contenido político, sin algarada, sin triunfalismos, con un análisis realista del país, sin reproches desmedidos al PSOE, invitó a los españoles a sumar esfuerzos.
No le arriendo las ganancias a Marino Rajoy en esta situación. Le espera una dura tarea. Su gobierno está obligado a tomar medidas mucho más duras que las que ha tomado el PSOE ante la exigencia de los mercados. Algunas están anunciadas y otras están por definir, pero la democracia ha funcionado y los españoles le han otorgado la confianza al PP para que intente sacarnos de la crisis y frenar la sangría del paro.
En este difícil contexto, el PP tendrá que hacer un gran esfuerzo de entendimiento. No debe el PP mover el cuchillo en la herida del PSOE ni dejar fuera de juego al resto de partidos y agentes sociales ante un estado de emergencia como el que vive la economía nacional. El país necesita que Rajoy cuente con todos y que los que quieran ocupar la calle, como es previsible, lo hagan sin argumentos.
Es imprevisible lo que pueda ocurrir en el PSOE. No podrán evitar una dura crisis interna, por la representación y por las ideas, pero se espera de un partido responsable que esté a la altura de las circunstancias y reme en la dirección correcta para evitar el caos que algunos ya prevén para amargar la victoria a la derecha en los próximos meses.
En Canarias, el PP también ha tenido una amplia victoria, favorecida por la ola nacional. La coyuntura económica en las Islas es más delicada si cabe por la debilidad estructural del Archipiélago y la debilidad en la que quedan los partidos del pacto CC-PSOE, y requiere grandes dosis de diálogo y generosidad por parte del el Estado.
Coalición Canaria pierde muchos votos en su bastión natural, en Tenerife, lo que pone en una delicada situación a la organización en esa isla y su autoridad a nivel regional. Ha sido, precisamente, CC-Nueva Canarias en Gran Canaria quien ha salvado los muebles al nacionalismo Canario en el Estado.
La crisis económica nos ha revelado el gran déficit de la política. Los partidos no seducen a los ciudadanos y nos hemos quedado sin referentes, sin ideologías y sin líderes. El último episodio en Italia y Grecia, facilitando el poder a los tecnócratas, por muy legítimo que sea, porque se hace dentro del marco legal, es el primer síntoma del fracaso de los políticos en la defensa de los intereses de los ciudadanos y un acto de cobardía histórica. Los políticos italianos y griegos, de derechas y de izquierdas, más que ceder a las presiones de los mercados, han hecho dejación de su responsabilidad en la de administración del bien común o en consensuar salidas al margen de sus intereses partidistas. Por muy legítimo que parezca, la clase política ha menoscabado la esencia de la voluntad, del consensus fidelium, de los ciudadanos, que no votan al presidente, pero es quien se presenta y quien nos representa. En esta escalada de despropósitos los políticos han dado una vuelta más de tuerca a su descrédito.
En España, la convocatoria de elecciones anticipadas salvó una intervención en el proceso democrático, pero la propia crisis sigue deteriorando el marco surgido del consenso de la Transición. La indignación y el enfado de los españoles no procede exclusivamente de la crisis y sus consecuencias, sino de la falta de nuevos acuerdos para conservar la esencia de la convivencia, para garantizar el pluralismo y los beneficios del pacto social y político que representa un país, la profunda convicción de los beneficios de la herencia Española. Es innegable que el consenso que surgió de la Transición ha perdido fuerza y sólo es ya un paradigma. La crisis ha demostrado que es ineficaz y necesita una renovación. Los políticos se han distanciado de ese espíritu y los ciudadanos no lo reconocen. Se ha impuesto el bipartidismo. Mandan los dos grandes partidos que no logran acuerdos generales. La sociedad civil está institucionalizada, secuestrada por las subvenciones. La crisis ha revelado el alto costo de una administración mastodóntica y los múltiples «vicios» de las instituciones, que no dan respuestas eficaces, como ocurre con la Justicia.
El fracaso de la regeneración por la que abogaba Zapatero tiene su origen en la falta de consenso y en el resentimiento histórico sobre la que intentó refundar la territorialidad y las relaciones políticas. Si la crisis lo permite y existe voluntad política, sólo nos queda construir de forma positiva nuevos espacios que garanticen la participación de todos, desde la convicción de que España quiere ser un pueblo de ciudadanos libres, iguales, desde la diversidad y desde la pluralidad.
La crisis nos coloca también frente al desgaste de las ideologías. La socialdemocracia es la primera víctima. Es imposible saber cuál es el futuro de los socialistas, cómo y con qué discurso se recolocarán en el mundo y en Europa y con qué líderes contarán. La crisis acabó con los líderes ficticios, como el de Zapatero, construido en los laboratorios de marketing, o con el de Obama, renacido de la esperanza contra los desaguisados de Bush y de la necesidad de culminar el proceso de integración de los negros con un representante en la Casa Blanca.
El problema del liderazgo no es sólo de la izquierda. No existen, y los que mandan lo hacen sin reconocimiento social. Nacen de las pugnas internas de los partidos, a fuerza de grandes sumas de dinero, de promoción y marketing, a expensas de las coyunturas electorales. Los líderes políticos no nacen de la capacidad, del reconocimiento, el carisma, la fuerza, el esfuerzo el empuje, la capacidad para entusiasmar, la sinceridad y la honradez. Esta campaña electoral que acabó ayer es el ejemplo más evidente. Nuestros líderes políticos han repetido las mismas consignas, los mismos valores, las mismas hechuras... son los viejos personajes sin alma que pululan por el universo del poder, almas en pena que no contagian alegría, futuro... Siguen con sus discursos aprendidos en manuales de dialéctica política. Ha sido la campaña de lo «irremediable» y de la mediocridad. Me pregunto por qué son los cantantes, los actores, los futbolistas o los empresarios de éxito y en el peor de los casos las Belén Esteban quienes ejercen ese papel de referentes de la sociedad.
El mundo se desploma y la campaña electoral del PSOE y del PP sigue como si nada pasara. ¿A nadie le asusta que dos economistas, dos tecnócratas amamantados en los mejores círculos del mercado internacional, sustituyan a los presidentes elegidos democráticamente en Grecia e Italia? Tal y como dice Cayo Lara, y creo que con razón, Papademos y Monti han sido elegidos por los mercados, no por los ciudadanos. Me asustan los políticos y su ineficacia, pero más me preocupa que los mercados y sus empleados se hagan cargo de regir la vida de dos países europeos de tradición democrática. Me dirán ustedes que son los parlamentos electos los que lo han decidido, y así es, pero han obviado la voluntad de los ciudadanos. ¿Cómo es posible que alguien no electo sea el presidente de un país por el simple hecho de ser economista y de estar bien visto por los mercados internacionales, aunque lo digan unos políticos asustados?
No quiero ser alarmista, pero la historia reciente de Europa nos dice que fueron las «emergencias», las crisis económicas y las prebélicas las que impusieron los cambios de régimen que nos llevaron a sucesivos desastres. Entonces eran militares los mejor preparados para las emergencias; ahora son los empleados de la gran banca.
Los tecnócratas son auditores a los que los nuevos dueños de las empresas han encargado ejecutar sus planes de ajuste que, con toda seguridad, mellaran el Estado del Bienestar y la estabilidad social de los países afectados. Papademos y Monti tendrán que despedir a más funcionarios, rebajar salarios, subir impuestos y recortar los gastos sociales como el de las pensiones, el salario de los parados, la educación o la sanidad. Lo harán como quien corta con un bisturí, sin tener en cuenta el dolor o la sangre que les salpica. Mientras, los políticos se mantienen al margen gracias a acuerdos en nombre de un falso consenso impulsado por el miedo, no por el compromiso con los que los eligieron. Ahí se quedan, en sus escaños, limpios para, si dura el sistema, seguir gestionando los restos.
La excepción por motivos de urgencia debe ser la mínima y el mínimo tiempo posible, de lo contrario las democracias se resentirán y serán los mercados los que gobiernen los estados como empresas y a sus ciudadanos como trabajadores y consumidores. No es cuestión de deslegitimar las democracias que deciden en sus parlamentos que sean los tecnócratas los que gobiernen, pero es una grave señal de alarma que esconde una desconfianza hacia el sistema.
Entregar el gobierno a tecnócratas sin apenas resistencia es otro síntoma del descreimiento y la desilusión que viven los ciudadanos con los políticos. Ya no creen que los políticos puedan resolver adecuadamente los problemas económicos y los políticos se sienten desplazados por el poder de los mercados, a los que no pueden hacer frente.
Es otro síntoma la renuncia que los ciudadanos hacen a la participación política, por muy indirecta que sea, cuando creen que alguien imparcial, que en realidad no lo es, podrá poner orden allí donde la política ha fracasado. Se impone también la falsa idea del ocaso de las ideologías, de que están en retroceso y que la única diferencia está en las distintas soluciones que aportan los economistas de cabecera de unos y otros partidos. No existe una solución aséptica para resolver los problemas económicos y en democracia también se elige una opción y una solución política para la economía.
Así las cosas, los políticos se resignan a defender sus parcelas, haciendo dejación del control sobre las grandes corporaciones que operan globalmente, sin que se sepa muy bien quién es quién. Los mercados se han convertido en una especie de entes que deciden, hablan, dictan normas, cobran pero no tienen rostro alguno. La crisis, lo que revela, en definitiva, es la gran incapacidad de los políticos para la gestión y sobre todo para el consenso en función del bien común.
