Hay momentos negros, y este que vivimos es uno de ellos, pero también es verdad que los ha habido peores y me resisto a la jodida melancolía que padece más de la mitad de la humanidad. Tengo que hacer muchos esfuerzos para no dejarme contaminar por tanto desánimo, por la incertidumbre y por la cascada de nuevos ideales en los que dicen que tenemos que vivir en el futuro. Les confieso que dudo sobre si esta es una melancolía profesional o algo más que no me atrevo ni a nombrar. Leo muchos periódicos, oigo la radio, veo la televisión... y tengo la sensación de estar en una mala película de triste final en la que sobreviven los listos, los malos y los bufones. Como los monjes, a diario tengo que renovar los votos con letanías para evitar la inmensa masa de contaminación ideológica y afectiva que nos aplasta para convencernos de nuevo de que la tierra es plana y de que hay un orden económico y emocional que obliga a la resignación. La melancolía, la decepción, el desencanto, que lo sufren millones de empresarios, profesionales liberales y trabajadores, son las consecuencias del derribo de los pequeños mundos de seguridad que nos habíamos construido a nuestro alrededor gracias al dinero fácil, pero la burbuja es la sombra de la caverna de Platón, lo real es la crisis.
Y no es una cuestión de indignación, como la que describe Hermann Hessel en su bestseller, sino de superviviencia, emocional y cultural. Si la razón ya no rige el universo y sus reglas han creado más caos, si los Estados no protegen al hombre y sus necesidades y si el mercado no funciona de forma virtuosa por sí mismo... ¿entonces en qué debo creer para salvar mi integridad y mi seguridad? ¿Qué debo salvar de todo lo que me rodea para estar bien? ¿De qué debo prescindir y hasta dónde para escapar a la sensación de engaño y a la melancolía de la cultura de la resignación? ¿Cómo espantar al totalitarismo de la nueva era?
Cada día son más los desencantados, los melancólicos... y menos los indignados, confundidos por la lucha de ideales y por el poder. Los primeros son legión, porque todos nos sentimos un poco así, perdidos en nuestros sueños, en nuestros deseos, nuestros proyectos de futuro y en nuestros compromisos. Todos vivimos el peso de la incertidumbre. Todos olemos el peligro para el que las razones ya no sirven. Esa legión contempla un cambio de paradigma en sus vidas y en el mundo. Es la vuelta a la caverna de Robinson Crusoe; la crisis es el mundo real, en el que hay que sobrevivir con imaginación para ser un poco más felices con la herencia de la razón. La naturaleza del hombre es otra: es riego, libertad, elección... Siempre quedan mundos por descubrir, aventuras que emprender y sueños que conquistar.
Yo, como Bill Drayton, me empeño en creer que la crisis es una oportunidad y ofrece mil formas de esperanza. La más importante: el reencuentro con la verdad, con el hombre, que se produce, -y permítanme la licencia teológica-, en el sufrimiento, en el pecado, entre ellos, el más grave, el de la miseria del poder. ¿Señores! ¿Qué hay más allá de todo lo que nos rodea, del poder, el dinero, la política, el juego...? «Recuerda que vas a morir», reza el lema de los trapenses. Y así es. Solo estás tú ante la muerte. Es el destino universal, donde todos somos iguales, «donde todos coincidimos», recordaba Steve Jobs cuando supo que tenía cáncer.
Como Bill Drayton pienso que este puede ser un momento importante para la historia, porque todos tenemos la oportunidad de contribuir con algo cuando todo está cuestionado. Como Drayton creo que por algún lugar hay que comenzar, y lo más inmediato es uno mismo y los que nos rodean. Hay mil maneras de comenzar a hacer las cosas con más riesgo, de forma atrevida, con más corazón y menos razón, con más vocación... Como también dice el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación y Desarrollo, no sólo se trata de trabajar más, hay que vivir más intensamente y comenzar a crear pequeñas realidades, redes de emprendedores positivos, de pensamiento arriesgado y solidario.
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