El argumento de socialistas y populares para distinguirse en este asunto de la reforma constitucional es el déficit o el déficit cero. Una vez superado el debate por el acuerdo entre ambos partidos, el argumento no deja de ser otra falacia destinada a confundir a los ciudadanos y a los votantes. No somos tontos y sabemos que en cualquier contexto, de crisis o de bonanza, no deber dinero a los bancos -ni a nadie- es la mejor garantía de libertad e independencia, es la mejor manera de no estar en manos de los tiburones financieros; y éste, que es un argumento de sensatez, no es de derechas ni de izquierdas; y si me pongo a graduarlo ideológicamente, en la ficticia escala de ideales que se utiliza en este país, creo que es más progresista quien mantiene a los tiburones financieros alejados del dinero público que quien acude a ellos con el argumento de sostener el estado de bienestar social y los derechos de los ciudadanos para derrochar o ganar elecciones.
Lo he dicho varias veces aquí y lo sostengo. El grave error de Zapatero, por el que traicionó a los españoles y a su propia ideología, fue no ver que la crisis era real y no tomar las medidas para proteger nuestro bienestar y nuestro futuro, para no dejar que las garras de los especuladores nos tocasen. Ese es el éxito de Alemania, convertida en tiburón. Pero contener el gasto y reducir el déficit, hace cuatro años, era una medida de derechas porque el bienestar estaba en la tarjeta de crédito que Zapatero heredó saneada y que ahora hay que pagar a costa de lo que sea.
No tiene explicación alguna que Zapatero no haya entendido en estos años que la única manera de ser independiente y hacer política de izquierda era no pedir dinero al supuesto enemigo y echarse en sus manos, salvo si recurrimos a la «indigencia intelectual», que le atribuyó Gustavo Bueno en su libro Zapatero y el pensamiento Alicia (2006), o de forma más ácida a la «imbecilidad» que le atribuye Arturo Pérez-Reverte en un reciente artículo (Magazine 21 de agosto de 20011).
Zapatero nunca alcanzó a entender la dimensión de la crisis y, endiosado en su segunda legislatura, no quiso oír, o no pudo por incapacidad, a quienes le explicaban con tesón que el camino para proteger a los españoles no era aumentar el gasto.
De la misma manera y en sentido contrario, ¿quién piensa que es una medida de izquierdas endeudarse en límites razonables para garantizar algunas cuestiones básicas del estado del bienestar?, ¿piensa de verdad Rubalcaba, en su fuero interno, en su conciencia intelectual, que el «déficit no es de izquierdas» como viene repitiendo en ese deseo de ponerle apellidos ideológicos a todo lo que se mueve y poniendo de manifiesto una grave contradicción con las ideas y las prácticas de su Gobierno?
Sinceramente, estas son diferencias ideológicas estúpidas que nada tienen que ver con la práctica real de la economía de los estados. La derecha se ha endeudado siempre y ha vivido del crédito; de hecho lo inventó. Gobiernos de izquierdas, en muchas instituciones y en esta última etapa, han sabido adoptar las medidas adecuadas para tener un mínimo déficit y garantizar los servicios que debían prestar a los ciudadanos. El problema es que no hay margen para la ideología, que el déficit cero o el 0,4 son criterios de economía neoliberal, que no hay nada más allá de Keynes, que no hay alternativa y que la izquierda no ha sido capaz de crearla, mientras la crisis se come la libertad, la democracia y el poder real de los ciudadanos.
En la conducción de la crisis por parte de Zapatero y de su Gobierno lo menos que se ha despachado es sensatez, además de poca transparencia. En el fondo, como la inmensa mayoría de los creyentes, no ha pensado mucho; se ha conducido por las doctrinas, los credos, las arengas y letanías, además caducadas a medida que la crisis avanzó en el tiempo. Tampoco se ha dicho la verdad. Han primado los intereses electorales y se ha menospreciado la capacidad de los ciudadanos para decidir sobre sus vidas y sobre la del país.
Pero lo más grave para mí es que la estupidez de Zapatero es, desgraciadamente, la de este país en peso. Un país que todo lo ideologiza, lo pone al servicio de ideas simples, de derechas o de izquierdas, que nos obliga a no pensar, a tomar postura, a evitar los matices, los contrastes, que no quiere el diálogo, el debate, sino opciones de catecismo. Con absoluta honradez lo digo: creo que la indigencia intelectual de Zapatero es la misma que padecemos todos los españoles que en época de bonanza presumíamos de llevar en la cartera una visa oro, de usarla y echarnos en manos de nuestros mercaderes.
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De acuerdo con su análisis. En éste pais falta sentido común y sobra sectarismo.
Saludos