Somos vulnerables, tan débiles que las ideas únicas se imponen en nuestra conciencia de forma peligrosa. Al margen de los datos objetivos, las palabras que más repiten una y otra vez los informativos en relación a la crisis económica no tienen nada que ver con la ciencia, sino con la psicología. Hablamos de miedo, de pánico, de inestabilidad, de congoja, de círculos viciosos, de marañas, de inercia, de dudas, de certezas, de deterioro. Hablamos así de la economía. Hablamos de sensaciones que motivan las decisiones. Así es como funciona el ser humano. Al final habrá que darle la razón a Pascal que redujo al hombre a un «corazón», a «una caña que mueve el viento», a un «manojo de sentimientos» e ideas que mueven el mundo.
Por eso en esta crisis gana la batalla la comunicación preñada de sensaciones. Quien de verdad mueve los hilos sabe mucho del ser humano, de sus pasiones y sus miedos y de comunicación. Si de verdad esta crisis la reducimos a razones, son muy pocas las que quedan. La verdadera naturaleza de lo que nos pasa ya no está en las hipotecas basura ni en la deuda externa, los dos ejes de la crisis, sino en las malas vibraciones por las que nos movemos que impiden dar pasos al frente y arriesgar.
En el fondo, como en todas las empresas humanas, estamos ante la construcción de las estructuras desde visiones distintas, nada complejas a pesar del lenguaje, que buscan construir el mundo a imagen y semejanza de nuestras filias y fobias. Total, que cuanto más me adentro en la espinosa economía, como es debido en este momento a los inquietos, más me doy de bruces con el ser humano, que reduce el mundo a ideas para ejecutar y sentimientos desde los que actuar.
Archivos Septiembre 2011
Lo que hay que esperar es que la alianza que ahora se sella, pueda continuar en una reflexión profunda sobre el futuro de Canarias y el papel de los nacionalistas. Si las circunstancias de Canarias en el pasado han sido siempre especiales por su ubicación geográfica, por su papel geoestratégico y por su situación económica, en estos momentos hay más difícil, mayor debilidad. Hay muchas razones para pensar juntos y unir esfuerzos, y no sólo entre los nacionalistas, que deben ser los primeros en mantener su alianza. La crisis amenaza con ser más profunda y permanecer en el tiempo. Se debilitan a las estructuras dependientes del Estado y de la UE, de las que dependemos en todos los sentidos. Una crisis en el seno de la Unión y con el Euro, repercutirá en nuestro mercado turístico de forma inmediata. Nuestra estructura económica está debilitada por su propia configuración, dependiente del turismo. Basta con que el Estado retire o disminuya progresivamente algunas de las ayudas que recibimos, para aislarnos. En estas circunstancias la «lejanía» dejará de ser un derecho sin voz en Madrid o en Bruselas.
La tecnología de las comunicaciones ha hecho plana la tierra (Thomas Friedman) y el valor geoestratégico de Canarias se ha desvirtuado, más bien creo, que se ha convertido en una carga para el Estado y para la Unión Europea, a pesar del concepto de «frontera sur» al que se une los peligros de los movimientos del terrorismo islamita, el crecimiento de la marginación y la pobreza y la colonización china. Pecaré de pesado, pero las razones que deben animar al análisis y a la unidad de los canarios hay que repasarlas y repetirlas una y otra vez, porque, como muy mal justifican los nacionalistas, no se trata de una situación coyuntural, que también, sino de una situación estructural de Canarias y su papel en el mundo. Son esas circunstancias las que obligan a la unidad, no solo de los nacionalistas, sino del resto de partidos y de la sociedad civil.
Es evidente que a los nacionalistas les sobran razones de urgencia, de excepcionalidad, políticas y pragmáticas para el pacto que acaban de suscribir. En las últimas elecciones autonómicas, CC-CCN consiguieron 225.757 votos y NC obtuvo el apoyo de 82.318 ciudadanos. La suma del voto nacionalista los convierte en primera fuerza política de Canarias. Los resultados reflejan que existe una «demanda», que los canarios otorgan su confianza mayoritaria a sus partidos por separado. No existe ninguna razón para pensar que esos ciudadanos no quieren una representación unitaria.
La situación económica y social de Canarias es grave por los efectos de la crisis. Acumulamos indicadores económicos desastrosos y la cifra más alta de paro de nuestra historia; y es en este contexto en el que urge que el Estado siga cumpliendo con Canarias con los recursos económicos que permitan evitar que la situación empeore.
De forma inmediata, una victoria arrolladora del PP, como prevén todas las encuestas, supondría más recortes para Canarias; y no por ser Canarias, ni por el hecho de que gobierne un partido como CC en alianza con el PSOE, sino porque los recortes generalizados del gasto y la subida de impuestos, son las únicas vías que tiene el Estado para reducir el déficit y cumplir con los mercados. No existe ninguna razón de peso político para que Rajoy deje al margen de los recortes a las Islas y el PP de Canarias está en clave nacional; es más, si como se prevé, José Manuel Soria entra en el Gobierno que pueda formar Rajoy, su margen de maniobra se reducirá considerablemente.
Al margen de las coyunturas, los nacionalistas deben pensar en que las «razones» que más cuestan en Canarias son las que a largo plazo diseñan nuestro estatus en el Estado, en Europa y en la estructura económica mundial. No bastará con preservar las ayudas y las subvenciones, hay que insistir en las nuevas vías de independencia económica, que son las que constituyen la verdadera identidad de la región, más allá del folklore, las banderas o el recuento de votos, muchos de ellos cautivos.
Pedir responsabilidad a quienes llevan años manejando pequeñas cuotas de poder y administrando miserias personales en la política y en la vida económica y social de Canarias es inútil. El último episodio lo vienen protagonizando las viejas glorias de Coalición Canaria en Gran Canaria, que se comportan como empleados envilecidos y quemados por el empuje de los que vienen con más fuerza y mejor preparados. Los votos los expulsan de la representación pública, pero ni así se ha logrado hacer razonar con cierto grado de sensatez y humildad a las viejas glorias del nacionalismo de CC. Conciben el poder desde el partido, el órgano que les ha permitido sobrevivir en la política, pisar alfombras y estar bajo la luz de los focos. ¡Qué decepción! Todavía resuenan en mis oídos los discursos del nacionalismo de regeneración que ofrecía un proyecto político como servicio en Gran Canaria.
Los nacionalistas están perdiendo mucho, y no hablo de poder, que también, hablo del espacio que para la identidad, para lo local deja la globalización. Se están perdiendo la búsqueda de un proyecto común desde lo público por no remover a tiempo las estructuras generadas en estos años de al frente del poder. ¿Qué proyecto común pueden ofrecer a los canarios los que viven del caciquismo insular, de los ochenta mil votos secuestrados en algunas instituciones, o del poder de lobby en su partido político?
Esta resistencia en Canarias no es solo de los viejos nacionalistas, capaces de empantanar cualquier proyecto. Hablo de Casimiro Curbelo, que ha convertido La Gomera en un feudo desde el que imponer sus criterios a su partido; hablo de los padrones, capaces de hacer de la isla un paraíso ecológico para impedir el desarrollo turístico, la entrada de nuevos habitantes y la pérdida del control de la conciencia de los herreños. Hablo del alcalde de Agüimes, Antonio Morales, incapaz de dar un paso al frente y comprometerse con la política regional o nacional y hacer lo que dice que está bien hecho en su municipio. Hablo de Ignacio González, que ha creado una especie de partido-empresa con la que se ha colocado en el mercado político de las prebendas. Hablo de don José Rodríguez, editor de El Día, empeñado desde hace años en dividir Canarias sin que nadie le rechiste.
La lista puede ser tan larga como los obstáculos que han puesto en el camino del entendimiento desde esta forma de entender la política, las relaciones económicas y sociales en las islas.
Yo creo que no se enteran, que el vicio del poder les impide ver más allá de sus propias corbatas, de las alfombras, los escotes y los zapatos de tacón alto. Canarias no da para más. No hay, a corto y a medio plazo, otra forma de sostener esta región, sin perder lo que se ha conquistado, que estar todos a una, los nacionalistas los primeros. No hay otra fórmula para, a largo plazo, diseñar un modelo que permita a Canarias dejar de ser una región de segunda y a los canarios unos ciudadanos subvencionados, ultraperiféricos, que la unidad y el consenso.
El viernes Zapatero firmaba con la directora del Programa Mundial de Alimentos (PMA), Josette Sheeran, la puesta en marcha de un depósito estratégico de alimentos en Las Palmas de Gran Canaria para abastecer a África, lo que significa colocar en el mapa de la ONU a Canarias, tráfico de mercancías, puestos de trabajo... ¿Es este el resultado de un esfuerzo colectivo de quienes tienen responsabilidad en Canarias o la quieren tener? No. Es de algunas persona que se han empeñado en sacarlo adelante; muchos solo han asentido o se han limitado a poner dificultades para entorpecer o desviar la decisión, como ha ocurrido con otros grandes proyectos para las islas. Si seguimos practicando esta política de miserables caciques de intereses propios tendremos que rendirnos definitivamente.
La crisis está arrasando con los más débiles, y Canarias es una región sin interés para los grandes, prescindible de los proyectos europeos y mundiales si no nos empeñamos en hacernos notar y en tener un buen proyecto que nos coloque en el mundo. En esta tesitura, todos tenemos que ceder algo, y algunos renunciar a los rescoldos del poder y del caciquismo que aún perdura entre nosotros.
Las cosas están mal, pero hay quienes quieren que tengamos la sensación de que van peor, quizás por eso de que a río revuelto, ganancia de pescadores. Lo cierto es que en esta crisis económica global y política local gana quien más alarma y desazón causa. Quienes dominan el marketing internacional nos colocan información para convencernos de que hay que pagar la deuda pública como sea, dejando abierta la puerta a la sensación de que si pagamos todo irá mejor. Para mí que la crisis, que es real, es de más calado porque está desmontando el artificio financiero y vital en el que nos hemos movido durante los últimos 20 años, pero la opinión pública es como una vía de doble dirección, que solo admite una sensación por carril, la propia y la contraria.
Quizás por eso, desde el PP y desde algunos sectores del PSOE, Felipe González, por ejemplo, soplan en la matriz de la espiral, consiguiendo que nos rindamos ante lo que parece el caos inacabado o el final del mundo. El resultado final es que esa opinión pública lo da todo por perdido y se resigna a lo que venga; porque alegría, lo que se dice alegría, es lo menos que se respira en este país y en esta convocatoria electoral que se aproxima.
En Canarias, igual. El Gobierno da la impresión de que está «sobrecogido», «expectante» ante la que está cayendo, «tímido» ante el caos. Los partidos del pacto están más pendientes de sus crisis, de sus reajustes internos y de lo bien que le va a Soria, porque, todo hay que decirlo, le va bien con sus expectativas en Madrid y en su política de tierra quemada en las islas. Pero yo, al margen de Soria, vivo con la extraña sensación de que nos engañan, de que sobra zozobra y resignación y falta empuje y esperanza.
Los impuestos llevan camino de convertirse en la fuente de la demagogia de la campaña electoral de todos los partidos políticos y en el principio de sus discursos ideológicos. Ir contra los ricos, defender a los pobres, generar empleo y reactivar la economía son los principios de la demagogia mitinera sobre los que giran los absurdos discursos políticos. Nadie, en este momento, sabe muy bien cómo evolucionará la crisis. La realidad supera los las previsiones más catastrofistas. La inseguridad y el vértigo son las sensaciones de empresarios y trabajadores cada día que nos asomamos a la información. La realidad económica se mueve en dirección contraria a la demagogia de los que buscan el voto. La crisis de deuda solo tiene una cara: pagar; y sólo se puede pagar con más impuestos y recortando el gasto, y en ambos casos hay un enorme costo social. ¿De verdad cree Rubalcaba que las grandes fortunas declaran su patrimonio ante el fisco?
En 2007 en España declararon patrimonios de más de un millón de euros 94.049 personas y de más de diez, 1.618. ¿Dónde está el dinero? Pues en las Sicav, en la Reserva de Inversiones, en los bonos... tributando al 1% y al 21% en el mejor de los casos, mientras que los prisioneros de la nómina lo hacemos al 45%. ¿De verdad cree Rajoy en el viejo discurso de Rato que cree que bajando impuestos se genera actividad económica porque la gente gasta más? ¿De verdad cree que la reactivación económica vendrá porque en España se bajen impuestos?
Habrá que ser un poco más realistas y sinceros con la gente en este tema, porque la recuperación económica no va a depender de que sólo suban o bajen los impuestos, ni de España. Aquí queda mucho por hacer para que la economía española funcione al margen de la apología fiscal de los partidos.
Zapatero y Rubalcaba han podido tener sus más y sus menos con esto de la precipitada reforma electoral, pero ni se distancian, ni están enfrentados. En contra de lo que expresan con sus gestos y después de superado el desconcierto inicial, complementan sus mensajes y se apoyan mutuamente. Primero, porque es impensable que un Zapatero en retirada quiera entrar en una disputa por seguir mandando en el Partido Socialista y segundo, por una cuestión de estrategia electoral.
Zapatero, quemado y sin futuro, hace de víctima de los tiburones. Manda mensajes tranquilizadores a los mercados, a Merkel y a Sarkozy. Objetiva la situación tratando de evitar la intervención y traduce algunas cuestiones a la izquierda. A los mercados les dice que el pago de la deuda está garantizado y a los simpatizantes de toda la vida, que voten a Rubalcaba, que es más de izquierdas que él.
Rubalcaba apoya las reformas, pero susurra en voz baja a la militancia de izquierdas: «Yo no lo hubiese hecho así». Marca las distancias con el derechón y abducido Zapatero para ganar identidad electoral. «No quiero ni una cifra en la Constitución», susurró a través de sus habituales canales de comunicación indirecta.
Pero como se trata de defender ante el torpe electorado lo uno y su contrario, el líder del PSOE encontraba un sensato argumento para colocarse en la izquierda. Rubalcaba cree que el sobreendeudamiento puede llevar a recortes sociales y que si no hay deuda no estaremos en manos de los mercados. Cierto y sensato porque lo que ha hecho él y su Gobierno durante estos últimos años es todo lo contrario: ponernos en manos de los mercados a fuerza de pedir créditos para gastar a manos llenas lo que no teníamos.
En algunos sectores del PP ya están vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. La crisis y la expectativa de un amplio triunfo popular están abriendo peligrosas propuestas y debates sobre el futuro de algunas cuestiones que han definido la convivencia de los españoles, entre ellas la territorialidad y el papel del Estado. De forma triunfalista, en algunos medios se habla ya de una «etapa constituyente» después de las elecciones generales de noviembre. Se adelanta una reforma profunda de la constitución para redefinir el mapa autonómico y para reducir el nivel competencial de las comunidades. El despilfarro de algunos gobiernos autónomos y la corrupción detectada está empujando a poner en cuestión el estado de las autonomías, la fórmula que mejor ha conjugado la unidad del país. La arrogancia de los nacionalistas, acostumbrados a ser siempre la llave del Estado, está siendo explotada para su peligrosa criminalización.
Si se abre la caja de los truenos, que hay que abrirla en algún momento, tendrá que ser con mesura, con respeto y con la participación de todos; con los nacionalistas, con los comunistas, con la derecha, con el centro y con los españoles. Lo dije de Zapatero y lo digo ahora de la derecha. Zapatero fracasó en su intento de reformular el Estado por querer hacerlo solo desde la izquierda y con los nacionalistas. Ahora la crisis económica no puede ser la excusa para acabar con el consenso; todo lo contrario. La crisis, la «emergencia nacional», debe ser el elemento que estimule la reflexión democrática y fortalezcan los principios de consenso que inspiraron la salida de la dictadura y de la grave crisis económica que padecía España en aquel delicado momento.
El argumento de socialistas y populares para distinguirse en este asunto de la reforma constitucional es el déficit o el déficit cero. Una vez superado el debate por el acuerdo entre ambos partidos, el argumento no deja de ser otra falacia destinada a confundir a los ciudadanos y a los votantes. No somos tontos y sabemos que en cualquier contexto, de crisis o de bonanza, no deber dinero a los bancos -ni a nadie- es la mejor garantía de libertad e independencia, es la mejor manera de no estar en manos de los tiburones financieros; y éste, que es un argumento de sensatez, no es de derechas ni de izquierdas; y si me pongo a graduarlo ideológicamente, en la ficticia escala de ideales que se utiliza en este país, creo que es más progresista quien mantiene a los tiburones financieros alejados del dinero público que quien acude a ellos con el argumento de sostener el estado de bienestar social y los derechos de los ciudadanos para derrochar o ganar elecciones.
Lo he dicho varias veces aquí y lo sostengo. El grave error de Zapatero, por el que traicionó a los españoles y a su propia ideología, fue no ver que la crisis era real y no tomar las medidas para proteger nuestro bienestar y nuestro futuro, para no dejar que las garras de los especuladores nos tocasen. Ese es el éxito de Alemania, convertida en tiburón. Pero contener el gasto y reducir el déficit, hace cuatro años, era una medida de derechas porque el bienestar estaba en la tarjeta de crédito que Zapatero heredó saneada y que ahora hay que pagar a costa de lo que sea.
No tiene explicación alguna que Zapatero no haya entendido en estos años que la única manera de ser independiente y hacer política de izquierda era no pedir dinero al supuesto enemigo y echarse en sus manos, salvo si recurrimos a la «indigencia intelectual», que le atribuyó Gustavo Bueno en su libro Zapatero y el pensamiento Alicia (2006), o de forma más ácida a la «imbecilidad» que le atribuye Arturo Pérez-Reverte en un reciente artículo (Magazine 21 de agosto de 20011).
Zapatero nunca alcanzó a entender la dimensión de la crisis y, endiosado en su segunda legislatura, no quiso oír, o no pudo por incapacidad, a quienes le explicaban con tesón que el camino para proteger a los españoles no era aumentar el gasto.
De la misma manera y en sentido contrario, ¿quién piensa que es una medida de izquierdas endeudarse en límites razonables para garantizar algunas cuestiones básicas del estado del bienestar?, ¿piensa de verdad Rubalcaba, en su fuero interno, en su conciencia intelectual, que el «déficit no es de izquierdas» como viene repitiendo en ese deseo de ponerle apellidos ideológicos a todo lo que se mueve y poniendo de manifiesto una grave contradicción con las ideas y las prácticas de su Gobierno?
Sinceramente, estas son diferencias ideológicas estúpidas que nada tienen que ver con la práctica real de la economía de los estados. La derecha se ha endeudado siempre y ha vivido del crédito; de hecho lo inventó. Gobiernos de izquierdas, en muchas instituciones y en esta última etapa, han sabido adoptar las medidas adecuadas para tener un mínimo déficit y garantizar los servicios que debían prestar a los ciudadanos. El problema es que no hay margen para la ideología, que el déficit cero o el 0,4 son criterios de economía neoliberal, que no hay nada más allá de Keynes, que no hay alternativa y que la izquierda no ha sido capaz de crearla, mientras la crisis se come la libertad, la democracia y el poder real de los ciudadanos.
En la conducción de la crisis por parte de Zapatero y de su Gobierno lo menos que se ha despachado es sensatez, además de poca transparencia. En el fondo, como la inmensa mayoría de los creyentes, no ha pensado mucho; se ha conducido por las doctrinas, los credos, las arengas y letanías, además caducadas a medida que la crisis avanzó en el tiempo. Tampoco se ha dicho la verdad. Han primado los intereses electorales y se ha menospreciado la capacidad de los ciudadanos para decidir sobre sus vidas y sobre la del país.
Pero lo más grave para mí es que la estupidez de Zapatero es, desgraciadamente, la de este país en peso. Un país que todo lo ideologiza, lo pone al servicio de ideas simples, de derechas o de izquierdas, que nos obliga a no pensar, a tomar postura, a evitar los matices, los contrastes, que no quiere el diálogo, el debate, sino opciones de catecismo. Con absoluta honradez lo digo: creo que la indigencia intelectual de Zapatero es la misma que padecemos todos los españoles que en época de bonanza presumíamos de llevar en la cartera una visa oro, de usarla y echarnos en manos de nuestros mercaderes.
