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Estoy de vacaciones

Estoy de vacaciones. He aprovechado para las reformillas del hogar, esas que siempre están pendientes por falta de tiempo y del valor necesario para, después de una semana de intenso trabajo, perder un domingo con el taladro en la mano y la aspiradora enredada en los pies a punto de hacerme caer. Les confieso que no he escrito ni una línea, ni si quiera he permitido las actualizaciones del ordenador por temor a que los teletipos me quiten el sueño y el tiempo. Quedé saturado del mes de julio. No faltó de nada, convocatoria de elecciones incluida, justo el día antes de que comenzara mi periodo de descanso.
Hoy, pendiente de la cita en esta columna y sin ganas, me he asomado tímidamente a los periódicos en busca de inspiración. He comprobado que el mundo como lo dejé hace una semana. La situación económica está cada vez peor y Zapatero suspendió sus vacaciones mientras los nacionalistas canarios siguen deshojando la margarita de sus intereses, a la espera de que a alguno de los grupitos que lo conforman lo pierda la necesidad.
De repente me he dejado algo atrás, pero para llegar a esta conclusión no me hacía falta mucha exploración informativa. Los datos son para los análisis, pero el verdadero termómetro está en la calle, en la gente, que en cualquier taxi o en el café, no duda en contar lo mal que lo está pasando y como la crisis ha cambiado sus vidas, sus planes de futuro, los de sus familias. Ahora que tengo más tiempo, me he dedicado a escuchar a la gente y les confieso que lo peor de esta crisis es ver como los que te rodean renuncian a su futuro y al de sus hijos, como se desploman sus economías y sus vidas, quizás al mismo ritmo con el que otros se hacen más ricos. Todos hemos tenido que hacer ajustes, pero algunos más que otros; y los que menos tienen hoy, son más pobres porque han perdido hasta la ilusión.
Una amiga de las de siempre me contó como, después de años de ser 'clienta ejemlar' de un banco de marca canaria, la llamaron el otro día para comunicarle que se acabaron los rojos en su cuenta y el pago aplazado. La misma funcionaria que llevaba sus cuentas, en una absurda discusión le terminó espetando: "Debes vivir con lo que tienes". Dos años antes le había ofrecido una segunda hipoteca, una VISA, un crédito para comprar otro coche y otro para el consumo. Milagros piensa ahora en vender, no en comprar. Quiere deshacerse de su casa y marcharse de alquiler para evitar la subida de la hipoteca y la cascada de impuestos. No quiere oír hablar de comprar otro coche; el que tienen tendrá que tirar muchos años remendado. Con su marido no cuenta mucho. Ha trabajado en la construcción y ahora depende de si le sale alguna chapuza.Su ilusión es tener algún empleo fijo. Su hijo terminó ingeniería, pero no encuentra trabajo a pesar de que es un emprendedor nato. Su hija estudia en la ULPGC y se las arregla bien con las becas y alguna colaboración de fin de semana, pero ya ha renunciado a su sueño de estudiar un máster en Inglaterra. Mi amiga piensa que, si las cosas siguen como van, puede perder su trabajo de funcionaria interina. Maldice a Zapatero porque no ha sabido velar por sus sueños, pero teme que llegue Rajoy y haga lo mismo que Cameron en Inglaterra, que termine de destrozar su vida. Milagros, que siempre ha sido una luchadora, ha decidido congelar su vida, poner en pausa sus sueños y suspender los de sus hijos.

Iván, el hijo de Milagros, es un joven formado, con una imaginación desbordante; tiene proyectos y se mueve con ellos entre las empresas del sector de las tecnologías sin que nadie le haga caso. "Ni la imaginación cotiza bien si no estas dentro de las empresas", me comenta desolado, sabiendo que si las cosas no cambian no habrá futuro. Está pensando en emigrar a Estados Unidos. Marcos tiene 24 años y hace dos años que dejó de estudiar para ayudar a su padre como albañil en una empresa familiar. La crisis los sacó del mercado a patadas y las deudas se han comido lo poco que pudieron ahorrar. Él se echa a la carretera a las cinco de la mañana para recorrer la ciudad durante 12 largas horas en un taxi que no es suyo. Logra sacar, en el mejor día, cuarenta euros que entrega a su madre para pagar las deudas, la comida, la hipoteca y las necesidades de sus hermanos. Está desesperado porque todos sus planes se han truncado.
Les contaría alguna historia más de las que he descubierto esta semana, como la de Javier, esperando un trabajo desde hace cinco con su título bajo el brazo; la de Ariadna, dos carreras, casi con treinta años y cobrado un euro por una hora de trabajo de azafata; o la de Pablo, con casi cincuenta años y sin ninguna esperanza de encontrar trabajo; la de José... pero no les quiero cansar con más historias sobre la crisis. Estamos de vacaciones.

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1 comentarios

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Con cuánta claridad ha reflejado usted la realidad humana y social que se esconde tras la crisis. En esta crisis hay muchas crisis personales, a cuál peor. Me encanta que haya periodistas que conecten así de bien con la realidad humana que es la que importa por encima de tanta crisis, deuda y rescate financiero. Y más en vacaciones que pareciera que mientras duran viviésemos en otro mundo.

Le envío un cordial saludo.

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